 |
DECLARACIÓN COMÚN DEL
PAPA JUAN PABLO II Y DE SU BEATITUD EL PATRIARCA TEOCTIST
"Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno
como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean
perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado
a ellos como me has amado a mí" (Jn 17, 22-23).
En la alegría profunda de nuestro nuevo encuentro en la ciudad de Roma, junto a
la tumba de los apóstoles san Pedro y san Pablo, nos intercambiamos el beso de
la paz bajo la mirada de Aquel que vela sobre su Iglesia y guía nuestros pasos;
y meditamos una vez más en estas palabras que el evangelista san Juan nos ha
transmitido y que constituyen la conmovedora oración de Cristo en la víspera
de su pasión.
1. Nuestro encuentro se sitúa en la línea del abrazo que nos dimos en
Bucarest, en el mes de mayo de 1999, mientras resuena aún en nuestro corazón
el apremiante llamamiento: "¡Unitate, unitate! ¡Unidad,
unidad!", que una gran multitud de fieles hizo espontáneamente ante
nosotros en aquella ocasión. Ese llamamiento se hacía eco de la oración de
nuestro Señor, "para que todos sean uno" (Jn 17, 21).
El encuentro de este día refuerza nuestro compromiso de orar y trabajar para
alcanzar la plena unidad visible de todos los discípulos de Cristo. Nuestro
objetivo y nuestro deseo ardiente es la comunión plena, que no es absorción,
sino comunión en la verdad y en el amor. Es un camino irreversible, para el que
no hay alternativas: es el camino de la Iglesia.
2. Las comunidades cristianas en Rumanía, marcadas todavía por el triste
período histórico durante el cual se negó el nombre y el señorío del
Redentor, encuentran frecuentemente, aún hoy, dificultades para superar los
efectos negativos que esos años produjeron en el ejercicio de la fraternidad y
de la participación, así como en la búsqueda de la comunión. Nuestro
encuentro debe considerarse un ejemplo: los hermanos deben encontrarse
para reconciliarse, para reflexionar juntos, para descubrir los medios que
permitan llegar a entenderse, y para exponer y explicar las razones de unos y de
otros. Por tanto, a los que están llamados a convivir en la misma tierra rumana
los exhortamos a encontrar soluciones justas y caritativas. Es necesario
superar, mediante un diálogo sincero, los conflictos, los malentendidos y las
sospechas surgidos en el pasado, para que, en este período decisivo de su
historia, los cristianos en Rumanía sean testigos de paz y reconciliación.
3. Nuestras relaciones deben reflejar la comunión real y profunda en
Cristo que ya existe entre nosotros, aunque no sea aún plena. En efecto,
reconocemos con alegría que compartimos la tradición de la Iglesia indivisa,
centrada en el misterio de la Eucaristía, que testimonian los santos que
tenemos en común en nuestros calendarios. Por otra parte, los numerosos
testigos de la fe en los tiempos de opresión y persecución del siglo pasado,
que demostraron su fidelidad a Cristo, son un germen de esperanza en las
dificultades actuales.
Para alimentar la búsqueda de la comunión plena, incluso en las divergencias
doctrinales que aún subsisten, es preciso encontrar medios concretos,
estableciendo consultas regulares, con la convicción de que ninguna situación
difícil está destinada a perdurar de manera irremediable y que, gracias a la
actitud de escucha y de diálogo y al intercambio regular de informaciones, se
pueden encontrar soluciones satisfactorias para allanar los puntos de fricción
y llegar a una solución justa de los problemas concretos. Conviene reforzar
este proceso para que la verdad plena de la fe se convierta en patrimonio común,
compartido por unos y otros, y capaz de crear una convivencia verdaderamente pacífica,
arraigada y fundada en la caridad.
Sabemos bien cómo comportarnos para establecer las orientaciones que deben
guiar la obra de evangelización, tan necesaria después del sombrío período
del ateísmo de Estado. Estamos de acuerdo en reconocer la tradición religiosa
y cultural de cada pueblo, pero también la libertad religiosa.
La evangelización no puede basarse en un espíritu de competitividad, sino en
el respeto recíproco y en la cooperación, que reconocen a cada uno la libertad
de vivir según sus propias convicciones, en el respeto de su pertenencia
religiosa.
4. En el desarrollo de nuestros contactos, a partir de las Conferencias
panortodoxas y del concilio Vaticano II, hemos sido testigos de un acercamiento
prometedor entre Oriente y Occidente, fundado en la oración y en el diálogo en
la caridad y en la verdad, tan lleno de momentos de profunda comunión. Por eso
vemos con preocupación las dificultades que atraviesa actualmente la Comisión
mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la
Iglesia ortodoxa, y, con ocasión de nuestro encuentro, deseamos formular el
deseo de que no se descuide ninguna iniciativa para reactivar el diálogo teológico
e impulsar la actividad de la Comisión. Tenemos el deber de hacerlo, puesto que
el diálogo teológico hará más fuerte la afirmación de nuestra voluntad de
comunión frente a la situación actual de división.
5. La Iglesia no es una realidad cerrada en sí misma: es enviada al
mundo y está abierta al mundo. Las nuevas posibilidades que se crean en una
Europa ya unida, y en proceso de ampliar sus fronteras para asociar a los
pueblos y las culturas de la parte central y oriental del continente,
constituyen un desafío que los cristianos de Oriente y de Occidente deben
afrontar juntos. Cuanto más unidos estén los cristianos en su testimonio del
único Señor, tanto más contribuirán a dar voz, consistencia y espacio al
alma cristiana de Europa: a la santidad de la vida, a la dignidad y a los
derechos fundamentales de la persona humana, a la justicia y a la solidaridad, a
la paz, a la reconciliación, a los valores de la familia y a la protección de
la creación. Europa entera necesita la riqueza cultural forjada por el
cristianismo.
La Iglesia ortodoxa de Rumanía, centro de contactos e intercambios entre las
fecundas tradiciones eslavas y bizantinas de Oriente, y la Iglesia de Roma, que
en su componente latino evoca la voz occidental de la única Iglesia de Cristo,
deben contribuir juntas a una tarea que caracteriza al tercer milenio. Según
una expresión tradicional, muy hermosa, las Iglesias particulares suelen
llamarse Iglesias hermanas. Abrirse a esta dimensión significa colaborar para
devolver a Europa su ethos más profundo y su rostro auténticamente
humano.
Con estas perspectivas y con estas disposiciones nos encomendamos juntos al Señor,
implorándole que nos haga dignos de edificar el Cuerpo de Cristo, "hasta
que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de
Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo"
(Ef 4, 13).
Vaticano, 12 de octubre de 2002
|