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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PLENARIA
DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA


Viernes 18 de octubre de 2002

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado;
queridos esposos: 


1. Me alegra recibiros con ocasión de la XV asamblea plenaria del Consejo pontificio para la familia. Os dirijo a todos mi saludo cordial. Agradezco de corazón al señor cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo pontificio para la familia, las amables palabras con que ha interpretado los sentimientos de los presentes. Extiendo mi agradecimiento a cada uno de vosotros y a cuantos, de diferentes modos, trabajan en este dicasterio, realizando con generosidad y competencia una tarea tan importante para la Iglesia y para la sociedad, al servicio de la familia, santuario doméstico y cuna de la vida. Se ha hecho mucho en estos años, pero queda aún mucho por hacer. Os exhorto a no desanimaros ante la magnitud de los desafíos actuales y a proseguir sin cesar en vuestro compromiso de salvaguardar y promover el bien inestimable del matrimonio y de la familia. De este esfuerzo dependen, en gran parte, el destino de la sociedad y el futuro mismo de la evangelización.

El tema propuesto para esta plenaria es particularmente actual:  Pastoral familiar y matrimonios en dificultad. Se trata de una cuestión amplia y compleja, de la que queréis considerar sólo algunos aspectos, habiendo tenido ya la oportunidad de afrontarla en otras circunstancias. A este respecto, quisiera ofreceros algunas pautas de reflexión y orientación.

2. En un mundo que se va secularizando cada vez más, es muy importante que la familia creyente tome conciencia de su vocación y de su misión. El punto de partida, en todo ámbito y circunstancia, es salvaguardar e intensificar la oración, una oración incesante al Señor, para que su fe crezca y sea cada vez más vigorosa. Como escribí en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae:  "La familia que reza unida, permanece unida" (n. 41).

Es verdad que, cuando se atraviesan momentos particulares, el recurso a la ciencia puede prestar una gran ayuda, pero nada podrá sustituir a una fe ardiente, personal y confiada, que se abre al Señor, el cual dijo:  "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso" (Mt 11, 28).

El encuentro con Cristo vivo, Señor de la alianza, es fuente indispensable de energía y renovación, precisamente cuando aumentan la fragilidad y la debilidad. Por eso, es necesario recurrir a una intensa vida espiritual, abriendo el corazón a la Palabra de vida. Es preciso que en lo íntimo del corazón resuene la voz de Dios, la cual, aunque a veces parece callar, en realidad resuena constantemente en los corazones y nos acompaña a lo largo del camino marcado por el dolor, como sucedió con los dos peregrinos de Emaús.

Hay que dedicar especial solicitud a los esposos jóvenes, para que no se rindan ante los problemas y conflictos. Jamás hay que abandonar la oración, el recurso frecuente al sacramento de la reconciliación y la dirección espiritual, pensando en sustituirlos con otras técnicas de apoyo humano y psicológico. Jamás hay que relegar al olvido lo esencial, o sea, vivir en familia bajo la mirada tierna y misericordiosa de Dios.

La riqueza de la vida sacramental, en el ámbito de una familia que participa en la Eucaristía todos los domingos (cf. Dies Domini, 81), es, sin duda alguna, el mejor antídoto para afrontar y superar obstáculos y tensiones.

3. Esto resulta aún más necesario cuando proliferan estilos de vida y se difunden modas y culturas que ponen en duda el valor del matrimonio, llegando incluso a considerar imposible la entrega recíproca de los esposos hasta la muerte, en una fidelidad gozosa (cf. Carta a las familias, 10).

La fragilidad aumenta si domina la mentalidad divorcista, que el Concilio denunció con vigor, porque lleva, muchas veces, a separaciones y a rupturas definitivas. También una educación sexual mal concebida perjudica a la vida de la familia. Cuando falta una preparación integral para el matrimonio, que respete las etapas progresivas del crecimiento en el noviazgo (cf. Familiaris consortio, 66), se reducen las posibilidades de defensa en la familia.

Por el contrario, no hay ninguna situación difícil que no pueda afrontarse adecuadamente cuando se cultiva un clima coherente de vida cristiana. El amor mismo, herido por el pecado, es también un amor redimido (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1608). Es evidente que si falla la vida sacramental, la familia cede más fácilmente a las insidias, porque se queda sin defensas.

¡Qué importante es favorecer el apoyo familiar a los matrimonios, especialmente jóvenes, de parte de familias sólidas espiritual y moralmente! Es un apostolado fecundo y necesario, sobre todo en este momento histórico.

4. Aquí quisiera añadir una consideración sobre el diálogo que se debe cultivar en el proceso formativo con los hijos. A menudo falta el tiempo para vivir y dialogar en familia. Muchas veces los padres no se sienten preparados, e incluso temen asumir, como es su deber, la tarea de la educación integral de sus hijos. Puede suceder que estos, precisamente a causa de la falta de diálogo, encuentren serios obstáculos para considerar a sus padres como auténticos modelos que imitar y vayan a buscar a otra parte modelos y estilos de vida que resultan a menudo falsos y nocivos para la dignidad del hombre y para el verdadero amor. La trivialización del sexo, en una sociedad saturada de erotismo, y la falta de referencia a principios éticos pueden arruinar la vida de niños, adolescentes y jóvenes, impidiendo que se formen en un amor responsable y maduro y desarrollen armoniosamente su personalidad.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, gracias por la atención que dedicáis en vuestra asamblea a un tema tan actual y que tanto me preocupa. Dios os ayude a descubrir lo más conveniente para la familia hoy. Proseguid también con entusiasmo la preparación del Encuentro mundial de las familias, que se celebrará en Manila en enero del año próximo. Espero de corazón que ese encuentro, que convoqué con ocasión de la celebración del Jubileo de las familias y al que señalé como tema:  "La familia cristiana:  una buena nueva para el tercer milenio", contribuya al aumento del impulso misionero de las familias en el mundo.

Encomiendo todo esto a María, Reina de la familia. Que ella os acompañe y proteja siempre. Os bendigo con afecto a vosotros y a cuantos colaboran con vosotros al servicio del verdadero bien de la familia.

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