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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
ALCALDE DE ROMA CON MOTIVO DE LA CONCESIÓN DE LA CIUDADANÍA HONORARIA
Jueves
31 de octubre de 2002
Señor alcalde; señores representantes del Ayuntamiento
de Roma:
1. Me alegra acogeros en esta audiencia especial con motivo de la concesión
de la ciudadanía honoraria que, en nombre del amado pueblo de Roma, habéis
decidido otorgarme. Lo saludo ante todo a usted, honorable señor alcalde, y le
agradezco los sentimientos manifestados en las amables palabras que me ha
dirigido. Saludo, asimismo, a los administradores y a los representantes de las
instituciones de esta ciudad, que he aprendido a conocer y amar desde noviembre
de 1946, cuando llegué aquí para estudiar. El vínculo afectivo que se
estableció entonces se ha reforzado en mí en los últimos 24 años, durante
los cuales he sentido diariamente la cercanía y el cariño de sus habitantes.
2. Roma, heredera de una cultura milenaria, en la que se ha injertado el
fecundo germen del anuncio evangélico, no sólo conserva tesoros del pasado. Es
consciente de que tiene un papel fundamental que desempeñar también para el
futuro, al servicio de la humanidad de hoy y de mañana.
Ciertamente, los problemas no faltan. Es necesario el compromiso de todos para
legar a la posteridad el rico patrimonio civil, moral y espiritual de Roma, de
modo que sostenga a las nuevas generaciones mientras se abren con confianza a la
vida. También en este ámbito la Iglesia, como ha hecho siempre, seguirá
cumpliendo su deber, en el respeto de las competencias propias y ajenas,
buscando siempre, mediante un diálogo sincero, los acuerdos deseables con las
autoridades civiles sobre temas y problemas específicos.
3. Señor alcalde, su presencia hoy despierta en mí los mismos
sentimientos que experimenté el 15 de enero de 1998, cuando visité el
Capitolio y me dirigí, en la sala del Concejo municipal, a los representantes
de los ciudadanos reunidos en sesión extraordinaria, y cuando saludé después,
desde la casa municipal, al pueblo romano.
El Obispo de Roma se siente honrado de poder repetir hoy, con un significado
particularmente intenso, las palabras del apóstol san Pablo: "Civis
romanus sum" (cf. Hch 22, 27). A la vez que renuevo la expresión
de mi profundo aprecio por el gesto que se realiza hoy, invoco la intercesión
de María, Salus populi romani, y de san Pedro y san Pablo sobre cuantos
viven en nuestra maravillosa ciudad. Acompaño estos sentimientos con mi bendición,
que extiendo con afecto a todos mis conciudadanos.
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