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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Queridos hermanos en el episcopado:
A la vez que agradezco al cardenal Eugênio de Araújo Sales las palabras que me ha dirigido para expresar sentimientos de afecto y devoción, os saludo a todos vosotros aquí presentes y, por medio de vosotros, dirijo mi saludo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los catequistas y a los demás laicos de vuestras diócesis. El Señor les dé fuerza y audacia para ser, en todas las circunstancias, testigos vigilantes del amor de Dios en medio de sus hermanos.
Está aún vivo en mi memoria el gran encuentro con el Episcopado latinoamericano en Santo Domingo, en 1992. Los temas abordados en aquella ocasión abarcaban circunstancias y situaciones de la Iglesia, que superaban los estrechos límites de una o de algunas naciones. En ellos retomaba uno de los motivos principales que exigía aquella gran asamblea. En esa ocasión dije: "Condición indispensable para la nueva evangelización es poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados. Por ello, la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como de otros agentes de pastoral, ha de ser una prioridad de los obispos y un compromiso de todo el pueblo de Dios" (Discurso inaugural de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano, 12 de octubre de 1992, n. 26: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de octubre de 1992, p. 12).
Pasados ya casi diez años, no cabe duda de que se ha hecho mucho en este sentido, especialmente en vuestra tierra, donde el crecimiento demográfico sigue a ritmo acelerado, y la necesidad de delimitar las nuevas fronteras eclesiásticas ha tratado de acompañar, con gran esfuerzo, esa evolución. Pensando en la inmensidad del territorio brasileño y en la falta de sacerdotes, colaboradores inmediatos en el ministerio profético, sacerdotal y real, quiero compartir con vosotros, como quien debe confirmar en la fe a sus hermanos, este problema que es de la Iglesia universal. Nuestros sentimientos deben ser los mismos del Señor, que "al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella" y dijo: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38). La debilidad humana, por la oración, se transforma en fuerza divina, pues todo lo podemos en Aquel que nos conforta (cf. Flp 4, 13).
Así pues, es oportuno mirar con fe la situación de las vocaciones sacerdotales. Por un lado, nos encontramos ante la confortadora realidad del aumento, en número y calidad, de las vocaciones sacerdotales. Existen muchas experiencias nuevas válidas, como las jornadas vocacionales, los discernimientos vocacionales, el acompañamiento de los posibles candidatos antes de su ingreso en el seminario, y otras más. Está también la consoladora experiencia del aumento de vocaciones en las diócesis cuyos seminarios procuran seguir con rigor las orientaciones del concilio Vaticano II y de la Santa Sede y, de modo especial, aplicando la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, que insiste en cultivar las dimensiones humano-afectiva, espiritual, intelectual y pastoral; las mismas Directrices básicas de la Conferencia episcopal de Brasil (cf. n. 55) han proporcionado valiosas ayudas para esa finalidad. Pero, por otro lado, la influencia que el mundo moderno, con su tendencia secularizante y hedonista, ejerce en los cristianos, sobre todo en los jóvenes, deberá afrontarse con mayor decisión, para recordar y cultivar en los que tienen vocación el amor profundo a Cristo y a su reino. Es fundamental una sólida formación en la vida de oración y en la liturgia, por la cual, desde ahora, la Iglesia participa de la liturgia en la gloria del cielo. En este sentido, la fidelidad a la doctrina sobre el celibato sacerdotal por el reino de los cielos debe ser "altamente estimada por la Iglesia de manera especial para la vida sacerdotal" (cf. Presbyterorum ordinis, 16), cuando se trata de discernir en los candidatos al sacerdocio la llamada a una entrega incondicional y total. Es necesario recordarles que el celibato no es un elemento extrínseco e inútil -una superestructura- de su sacerdocio, sino una conveniencia íntima para participar en la dignidad de Cristo y en el servicio a la nueva humanidad que en él y por él tiene origen y que lleva a la plenitud.
Por eso, es mi deber recomendar una renovada atención en la selección de las vocaciones para el seminario, utilizando todos los medios posibles con vistas a un conocimiento adecuado de los candidatos, sobre todo desde el punto de vista moral y afectivo. Que ningún obispo se sienta dispensado de este deber de conciencia, del que deberá dar cuenta directamente a Dios; sería lamentable que, por una tolerancia mal entendida, llegaran a ordenarse jóvenes inmaduros, o con signos evidentes de desviaciones afectivas, que, como es tristemente conocido, podrían causar graves anomalías en la conciencia del pueblo fiel, con evidente daño para toda la Iglesia.
De modo especial, juntamente con la cristología, la eclesiología es hoy la piedra de toque de una formación sana de los candidatos al sacerdocio. El estudio y la enseñanza de la teología tienen exigencias que derivan de su misma naturaleza; una de ellas, sin duda imprescindible, es que la teología debe conservar en la Iglesia su identidad propia, que no depende intrínsecamente del momento histórico que atraviesa. Los esfuerzos, ciertamente legítimos y necesarios, por armonizar el mensaje cristiano con la mentalidad y la sensibilidad del hombre moderno, y por exponer la verdad de la fe con instrumentos tomados de la filosofía moderna y de las ciencias positivas, o partiendo de la situación del hombre y de la sociedad contemporánea, si no están debidamente controlados, pueden poner en peligro la naturaleza misma de la teología e incluso el contenido de la fe. Es necesario que la razón, guiada por la palabra de Dios y por su mayor conocimiento, se oriente para evitar "caminos que la podrían conducir fuera de la verdad revelada" (Fides et ratio, 73).
En ciertas partes del mundo, y al parecer también en Brasil, en algunas facultades o institutos de teología se ha defendido una visión mutilada de la Iglesia, según determinadas ideologías reinantes, olvidándose de lo esencial: que la Iglesia es participación en el misterio del Verbo encarnado. Por eso urge insistir en la necesidad de que la teología conserve, en la Iglesia, su identidad propia.
Esto no impide confirmar la finalidad pastoral de los estudios teológicos, para que "todas las dimensiones de la formación: espiritual, intelectual y disciplinar, se orienten conjuntamente a esta finalidad pastoral; para conseguirla, todos los formadores y profesores han de esforzarse mediante una acción diligente y concorde, obedeciendo fielmente al obispo" (ib., 4).
Esto lleva, en definitiva, al elemento formal, que está en el centro mismo de la teología: el espíritu misionero. El Concilio fue muy explícito a este respecto, cuando en el decreto Ad gentes sobre la actividad misionera exhortó a los profesores de seminarios y universidades a destacar siempre, de modo especial en las disciplinas dogmáticas, bíblicas, morales e históricas, "los aspectos misioneros contenidos en ellas, para que de este modo se forme la conciencia misionera en los futuros sacerdotes" (n. 39). Una formación adecuada en los seminarios aportará un gran beneficio a la Iglesia, tanto para la acción evangelizadora como para una auténtica promoción humana.
En este inicio de milenio, deseo a todos un tiempo de gracia, que anuncie una nueva primavera de vida cristiana y les permita responder con audacia a las llamadas del Espíritu. Encomiendo a la Virgen María, Madre del Redentor, vuestro ministerio y la vida de vuestras comunidades eclesiales, para que guíe vuestros pasos hacia su Hijo Jesús. De corazón os imparto la bendición apostólica, que extiendo a los sacerdotes, a los seminaristas, a los religiosos y religiosas, a los catequistas y a todos los fieles diocesanos.
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