Señor Embajador
1. Me es grato recibir las cartas que acreditan a Vuestra
Excelencia como Embajador extraordinario y plenipotenciario de la República
Oriental del Uruguay ante la Santa Sede, en este acto solemne en el cual quiero
darle mi más cordial bienvenida.
Deseo manifestar también mi sincero agradecimiento por el
deferente saludo del Señor Presidente de la República, del que Vuestra
Excelencia se ha hecho portavoz, rogando al mismo tiempo que le haga llegar mi
especial cercanía al pueblo uruguayo, que encomiendo al Todopoderoso para que,
en la actual singladura de su vida social y económica, pueda encontrar las
soluciones más idóneas para alcanzar metas cada vez más altas de justicia,
solidaridad y progreso, según el espíritu cristiano que tanto ha contribuido a
forjar la identidad nacional.
2. La Misión que su Gobierno le ha encomendado inicia en unos
momentos en que diversas circunstancias atraen poderosamente la atención, tanto
en el concierto de las Naciones como en su propio País. Nuevas e inesperadas
inquietudes parecen hacer zozobrar, en este comienzo de milenio, los equilibrios
y el progreso que se creían alcanzados, una vez superados los turbulentos
acontecimientos que han caracterizado el siglo pasado.
En este contexto, la Iglesia sigue proclamando con fuerza la
necesidad de unas relaciones fluidas y cordiales entre las diversas naciones,
asegurando así los cauces apropiados para un diálogo ininterrumpido que ayude
eficazmente a resolver los conflictos, aunar los esfuerzos para promover la
concordia y construir, con la colaboración de todos, el bien común de la
sociedad.
El mensaje cristiano, al invitar a esperar ‘contra toda
esperanza’ (Rm
4, 18), proclama su confianza en el ser humano y en su capacidad, con la ayuda
de Dios, de no sucumbir a las dificultades, advirtiendo al mismo tiempo de que
los progresos obtenidos en cada momento de la historia, no obstante la
fascinación que pueden producir, son transitorios, susceptibles de mejoras y, en
todo caso, necesitan ser reafirmados constantemente por las personas e
instituciones para encauzar las más nobles aspiraciones del ser humano.
Por eso “la Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los
deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la
vocación humana, devolviendo la esperanza a quienes ya no esperan” (Gaudium et spes,
21). En ello funda su misión de contribuir al bien común de los pueblos,
colaborando con las autoridades civiles y manteniéndose siempre en el ámbito
que le es propio, sin pretender usurpar competencias ajenas. A ella le compete
también promover los valores que son, a la vez, el alma de una nación y que
favorecen la democracia, pues “una democracia sin valores se convierte con
facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”
(Centesimus annus, 46).
3.
Recientemente ha tenido lugar también en el Uruguay una crisis social y
económica
de inusuales proporciones, que ha afectado gravemente a numerosos hogares. Esta situación, si bien obedece a factores complejos, algunos
de ellos de origen externo a la Nación, debe llevarnos no obstante a una reflexión
serena y realista sobre aquellas premisas que la han provocado o favorecido.
A
este respecto, es oportuno recordar que la situación social no mejora aplicando
exclusivamente unas medidas técnicas. Como Usted ha hecho presente, se ha de
cuidar especialmente el cultivo de los valores y el respeto a la dimensión ética
de la persona, de la familia y de la sociedad. Para un auténtico progreso
de los pueblos se ha de fomentar la honestidad, la austeridad, la
responsabilidad por el bien común, la solidaridad, el espíritu de sacrificio
y la cultura del trabajo. De este modo será más fácil asegurar un desarrollo
integral para todos los miembros de la comunidad nacional, para que no
falten a cada uruguayo los bienes necesarios para desarrollarse como persona y
como ciudadano, teniendo siempre en cuenta que, en épocas de dificultad y de
crisis, se ha de prestar un especial cuidado en no seguir deteriorando la
situación de aquellos que ya sufren la pobreza en sus múltiples formas.
4.
En el ámbito de la asistencia a los más desfavorecidos, la Iglesia “está
presente desde siempre con sus obras que tienden a ofrecer al hombre necesitado
un apoyo material que no lo humille ni lo reduzca a ser únicamente objeto de
asistencia, sino que lo ayude a salir de su situación precaria, promoviendo su
dignidad de persona” (ibíd., 49). Así ha sido y continúa siendo en
Uruguay, por lo que la coordinación y colaboración con las Instituciones
civiles en tantos campos que promueven el bien de los ciudadanos, como la
educación, la atención sanitaria o la asistencia a los marginados o
desprotegidos, es un modo de contribuir validamente al bien común de toda la
comunidad nacional.
Al
mismo tiempo, la Iglesia, precisamente por el total respeto a la dignidad de
todo ser humano, cualquiera que sea su condición o situación social, defiende
siempre sus derechos inalienables, como el de la vida desde su concepción
hasta su ocaso natural, el derecho a nacer y crecer en una familia, a construir
un hogar estable y a profesar sin obstáculos, tanto privada como públicamente,
su fe religiosa. En efecto, los derechos fundamentales de la persona no pueden
sacrificarse en aras de otros objetivos considerados falazmente como benéficos,
pues esto atentaría contra la verdadera dignidad de todo ser humano.
5.
Señor Embajador, al concluir este encuentro, le reitero mis mejores augurios
en el desempeño de la alta misión que se le ha encomendado, para que las
relaciones entre el Uruguay y la Santa Sede, como Usted ha puesto de relieve, se
refuercen y progresen, reflejando así el gran aprecio que por el Sucesor de
Pedro siente el pueblo uruguayo, el cual ha querido perpetuar la memoria de mi
primera visita a ese País manteniendo como monumento nacional la Cruz que
presidió la Eucaristía allí celebrada.
Le
ruego que se haga portavoz de mi sincero reconocimiento por todo ello, así como
de mi especial cercanía y afecto a todos los queridos hijos e hijas del
Uruguay, para los que invoco siempre la maternal protección de la Virgen de los
Treinta y Tres en su camino hacia una sociedad más justa, solidaria y pacífica.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXV/2 p.273-276.
L'Osservatore Romano 7.9.2002 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.37 p.5.
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