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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
TERCER GRUPO DE OBISPOS DE BRASIL EN VISITA "AD LIMINA"
Sábado14
de septiembre de 2002
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Queridos hermanos en el episcopado:
1. Me alegra recibiros hoy, pastores de la Iglesia que está en Brasil, en
representación de las regiones Norte-1 y Noroeste de la Conferencia episcopal
de Brasil. La visita ad limina os ofrece la ocasión de encontraros con
el Sucesor de Pedro y con sus colaboradores, y recibir de ellos el apoyo
necesario para vuestra acción pastoral.
De todo corazón agradezco a mons. Luiz Soares Vieira, arzobispo de
Manaus, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos, para renovar
vuestras expresiones de afecto y estima y hacerme partícipe de las
preocupaciones y esperanzas de la Iglesia que guía en aquella región. Por
medio de vosotros, saludo también a los sacerdotes, a las religiosas, a los
religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis. Llevadles el recuerdo
lleno de afecto del Papa, que los tiene presentes en su oración para que
crezcan en la fe en Cristo y en la caridad con el prójimo.
Modelos de comunión
2. La nota distintiva de vuestra misión de pastores del pueblo que se os
ha confiado es la de ser, ante todo, promotores y modelos de comunión.
Como la Iglesia es una, así también el Episcopado es uno solo, y, como afirma
el concilio Vaticano II, el Papa constituye "el principio y fundamento
perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de
fieles" (Lumen gentium, 23). Por eso, la unión colegial del
Episcopado entre sí es uno de los elementos constitutivos de la unidad de la
Iglesia.
Esta unión entre los obispos es particularmente necesaria en nuestros días,
dado que las iniciativas pastorales tienen múltiples formas y trascienden los límites
de la propia diócesis. Además, la comunión debe concretarse en una cooperación
pastoral mediante programas y proyectos comunes "en temas de mayor
importancia, sobre todo los que afectan a los pobres" (Ecclesia in
America, 37). La región amazónica es, sin duda, sensible a los problemas
del desarrollo vinculado a la explotación de las riquezas del subsuelo, y es
también conocida como el granero de la biodiversidad. Por eso, tiene un
conjunto de factores relacionados con el hombre y con su hábitat que
requieren la debida atención, para proporcionar la justa protección a buena
parte de sus habitantes, incluyendo a los que viven en los límites ínfimos de
la pobreza .
Por otra parte, las comunidades eclesiales necesitan pastores que sean hombres
de fe y estén unidos entre sí, capaces de afrontar los desafíos de una
sociedad cada vez más propensa a la secularización y al consumismo. En efecto,
aunque buena parte del pueblo ha recibido el bautismo en la Iglesia católica y
practica diversas formas de religiosidad popular, a veces carece de una fe sólida
e iluminada. En este sentido, la falta de un vigor vivencial y eclesial de la fe
y la indiferencia ante los valores religiosos y los principios éticos son un
fuerte obstáculo para la evangelización. Todo esto se complica aún más por
la presencia de sectas y nuevos grupos seudorreligiosos, cuya expansión tiene
lugar también en ambientes tradicionalmente católicos. Este fenómeno exige un
estudio profundo "para descubrir los motivos por los que no pocos católicos
abandonan la Iglesia" (ib., 73).
Como maestros de la sana doctrina, llamados a señalar el camino seguro que
lleva al Padre, y como servidores de la luz que es Cristo, "imagen de Dios
invisible" (Col 1, 15), no dejéis de ofrecer unidos, como sucesores
de los Apóstoles, la enseñanza del magisterio eclesial.
3. "El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con
la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de
Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos
participamos de un solo pan" (1 Co 10, 16-17). Esta afirmación del
Apóstol de los gentiles, dirigida a todo el pueblo de Dios, cobra mayor relieve
cuando se refiere a la espiritualidad de comunión entre los obispos,
llamados a vivir, con especial empeño, la colegialidad (cf. Novo millennio
ineunte, 44).
La Iglesia es una, como el cuerpo de Cristo es uno. La unidad de la Iglesia no
es sólo una "nota" para que sea reconocida en el mundo, sino "su
misma naturaleza". De esta forma, es el inicio de su existencia, su
fundamento y su meta, don original y tarea por realizar y llevar a cabo. Los
fieles, "alimentados en la sagrada eucaristía con el cuerpo de Cristo,
muestran de manera concreta la unidad del pueblo de Dios, que este santísimo
sacramento significa tan perfectamente y realiza tan maravillosamente" (Lumen
gentium, 11). No es sólo la comunidad local de los fieles la que se reúne
ante el altar, sino la Iglesia católica, toda entera y en su conjunto, que se
hace presente en cada celebración del sacramento de la unidad.
La Eucaristía, al unir más estrechamente a los hombres con Cristo, hace de
ellos un solo cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, hasta el
punto de poder llamar a la Eucaristía sacramentum unitatis (cf. santo
Tomás de Aquino, Supplementum, q. 71, a. 9). Recogiendo la enseñanza bíblico-patrística,
mi predecesor san Pío X afirmó con vigor que la "Eucaristía es símbolo,
principio y raíz de la unidad católica, factor de concordia entre los espíritus"
(Constitutio apostolica de SS. Eucharistia promiscuo sumenda: AAS
[1912] 675). Como sabemos, el mismo concilio Vaticano II destacó que es
"signo de unidad, vínculo de amor" (Sacrosanctum Concilio,
47).
He querido recordar estas conclusiones, que sin duda tenéis presentes, pensando
precisamente en aquellas inmensas regiones que os son tan familiares y que, por
obra y gracia del Espíritu Consolador, han sido confiadas a vuestro celo
pastoral. No debéis sentiros distantes unos de otros, a pesar de la vastísima
superficie que tenéis que recorrer frecuentemente, no sólo para llegar a las
zonas más remotas del Estado, sino también para mantener el contacto
necesario, más aún, indispensable en el ejercicio del ministerio episcopal.
Deseo manifestar aquí mi aprecio sincero por el gran esfuerzo misionero que habéis
realizado vosotros y tantos presbíteros, religiosos, religiosas y laicos en
aquellas regiones del norte de Brasil. Que Dios os recompense con abundantes
frutos de alegría y de paz.
4. Dice el profeta Isaías: "Non est abbreviata manus Domini"
(Is 59, 1): no es demasiado corta la mano de Dios. Él no es hoy
menos poderoso que en otras épocas, ni es menos verdadero su amor a los
hombres. Su acción, también hoy, es una realidad que el fiel sabe reconocer a
la luz de los signos de los tiempos, y a la cual procura corresponder con júbilo
y gratitud.
Cristo dio a su Iglesia la seguridad de la doctrina, cuidando de que tuviera
personas que orientaran con su luz, que condujeran y recordaran constantemente
el camino trazado por él. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la
palabra de Dios, conservada por la Iglesia; la gracia de Cristo, confiada a sus
pastores, a través de la administración de los sacramentos. Y ¡cómo no
recordar el testimonio y el ejemplo de los que viven con rectitud junto a
nosotros, y han sabido construir con su vida un camino de fidelidad a Dios!
Esta es la Iglesia de Cristo, venerables hermanos en el episcopado, que nos ha
engendrado y ahora nos acompaña, perdonando nuestros pecados y animándonos a
una vida nueva, con confianza en aquel que "resucitó verdaderamente"
(Mt 28, 6).
A esta Iglesia no podemos por menos de demostrarle nuestro amor y nuestra
veneración. Es la actitud natural de los hijos con su madre. A sus pastores les
corresponde un amor de predilección, una entrega sin límites y un servicio
abnegado, sintiéndose capaces de renunciar a cualquier interés personal para
vivir la misma obediencia con que Cristo padeció en la cruz.
5. Además de esta dimensión de koinonía eclesial afectiva,
conviene recordar también la dimensión efectiva, pues, como sabemos,
existe una única Iglesia, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por
el Sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él.
Venerables hermanos en el episcopado, aquí vuelve a iluminar nuestro encuentro
fraterno la eclesiología eucarística, de innegable trascendencia cuando se
trata de destacar que en la unidad de la Iglesia reside también la unidad del
Episcopado.
Al aprobar la carta que dirigí al Episcopado mundial precisamente sobre este
tema, hice mía la afirmación según la cual la "unidad de la Eucaristía
y la unidad del Episcopado con Pedro y bajo Pedro no son raíces
independientes de la unidad de la Iglesia, porque Cristo instituyó la Eucaristía
y el Episcopado como realidades esencialmente vinculadas. El Episcopado es uno
como una es la Eucaristía: el único sacrificio del único Cristo muerto
y resucitado" (Congregación para la doctrina de la fe, Carta a los
obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada
como comunión, n. 14). Y, más adelante, se concluía: "Toda válida
celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro
y con la Iglesia entera" (ib.).
Con evidente objetividad, san Cipriano alertaba: "Debemos mantener y
defender con toda energía esta unidad, especialmente los obispos, que hemos
sido puestos al frente de la Iglesia, para demostrar que el mismo Episcopado es
uno e indivisible" (Sobre la unidad de la Iglesia católica, 4-6).
Por eso, vuestro esfuerzo al viajar a Roma para venir a ver a Pedro
"en obediencia a la fe" (Rm 1, 5) y vivir, en vuestro
ministerio, bajo Pedro, sólo podrá traducirse en la unidad de espíritu
y de acción que se convertirá en obras, para una mayor edificación del reino
de Dios en este mundo.
6. A lo largo de este pontificado, el Señor me ha permitido, siguiendo la
línea de mis dos inmediatos predecesores en la Sede de Pedro, valorar con mayor
profundidad aquellas verdades que siempre han estado implícitas en la
conciencia eclesial, como el papel de los laicos en la Iglesia, el origen
sacramental de la potestad de jurisdicción de los obispos, la necesidad de una
cristianización de las estructuras terrenas y de una aplicación de las
directrices sobre los derechos del hombre y de la familia, el respeto a la vida,
la importancia extraordinaria de todas las manifestaciones sinceras de la
libertad, etc.
Se podría decir que son muchos los documentos publicados por esta Sede apostólica
y, ante la urgencia de los trabajos pastorales, no hay tiempo para
profundizarlos, como sería de desear. Como ya tuve ocasión de decir, "el
Romano Pontífice cumple su misión universal ayudado por los organismos de la
Curia romana y, en particular, por la Congregación para la doctrina de la fe en
lo que se refiere a la doctrina sobre la fe y la moral" (cf. constitución
apostólica Pastor bonus, 48-55). Por eso, compete a los obispos,
personalmente o a través de los presbíteros y de la catequesis, cumplir
autorizadamente esta misión intransferible de enseñar la verdad evangélica.
Aprovecho esta ocasión para recordar la importancia de la prioridad en la
formación de las vocaciones, a través de una formación adecuada de los
candidatos al sacerdocio (cf. Ecclesia in America, 40). Al mismo tiempo,
es conveniente empeñarse en el acompañamiento de los presbíteros en sus
funciones ministeriales, con una adecuada formación permanente humana,
espiritual, intelectual y pastoral, dentro de los límites de las posibilidades
de cada diócesis, o con iniciativas de carácter regional o nacional.
Por último, a veces se oye decir que el Papa desconoce la realidad local, o la
más amplia del continente latinoamericano. Sin embargo, procura poner la máxima
atención en lo que le dicen periódicamente sus hermanos en el episcopado
durante las visitas ad limina. Además, las numerosas ocasiones en la
que, con la gracia de Dios, le ha sido posible visitar América Latina y tener
un contacto directo con las poblaciones de aquella tierra rica en promesas
evangelizadoras, han confirmado una vez más la confianza que el Sucesor de
Pedro deposita en vuestra misión de pastores. Por tanto, expreso mi deseo de
que los mensajes que se os dirigen contribuyan a la orientación de los fieles
del que es considerado el continente de la esperanza.
7. Queridos hermanos en el episcopado, estamos llamados a escuchar como un
discípulo lo que el Espíritu dice a las Iglesias (cf. Ap 2, 7), para
hablar como maestros en nombre de Cristo, declarando, llenos de alegría, como
hizo san Juan Damasceno: "Y vosotros, noble cumbre de la más íntegra
pureza, ilustre asamblea de la Iglesia, que esperáis la ayuda de Dios,
vosotros, en quienes mora Dios, recibís de nuestras manos la doctrina de la fe,
que fortalece a la Iglesia, tal como nos la han transmitido nuestros
padres" (Exposición sobre la fe, 1). Pido a Dios que tengáis éxito
en esta importante tarea pastoral, para que la Iglesia que está en Brasil, y más
particularmente en Amazonia, resplandezca con toda su gloria como Esposa de
Cristo, que él eligió con amor infinito. Encomendando vuestra misión apostólica
a la intercesión de la Virgen María, que en todas las épocas es la Estrella
resplandeciente de la evangelización, os imparto de corazón mi bendición
apostólica a vosotros, a los sacerdotes, a las religiosas, a los religiosos y a
los laicos de vuestras diócesis.
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