 |
MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
CAPÍTULO GENERAL DE LAS RELIGIOSAS HOSPITALARIAS DE LA MISERICORDIA
A la reverenda madre
AURELIA DAMIANI
Superiora general de la Congregación
de las Religiosas Hospitalarias
de la Misericordia
1. Me alegra dirigirle a usted y a las hermanas mi saludo cordial con ocasión
del XLII capítulo general, durante el cual estáis comprometidas en la búsqueda
concorde de la voluntad de Dios con respecto a vuestro instituto, en este
singular momento de la historia, al inicio de un nuevo milenio.
Extiendo la expresión de mi aprecio paterno a todas las hermanas Hospitalarias
de la Misericordia, que cumplen su misión en Italia y en otras naciones.
Queridas hermanas, ¡qué valioso es el servicio que prestáis a tantas personas
necesitadas, con intenso celo pastoral! ¡Qué gran mérito tiene vuestra misión!
Al trabajar en el ámbito hospitalario, lleváis alivio a los enfermos y a las
personas que sufren, y les testimoniáis la providente misericordia divina.
Conservad siempre vivo este singular carisma, confirmado por el vínculo de un
voto especial.
2. Cada día en la cabecera de los enfermos y en contacto con sus
familiares, así como con el personal sanitario, tenéis la posibilidad de dar a
cada uno un elocuente testimonio evangélico, en plena fidelidad al mandato de
Cristo: "Id y anunciad el reino de Dios y curad a los enfermos"
(cf. Lc 5, 1-2).
Se trata de una de las formas más urgentes de evangelización, a la que, como
reafirmasteis con ocasión del gran jubileo del año 2000, y aún más en el
actual capítulo, vuestra familia religiosa quiere dedicarse, profundizando en
el sentido y en las modalidades concretas de vuestra tarea. Así, practicáis la
"creatividad de la caridad", de la que hablé en la carta apostólica Novo
millennio ineunte, advirtiendo que debe promover "no tanto y no sólo
la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de mostrarse cercanos y
solidarios con quien sufre" (n. 50). En esta misma perspectiva se sitúa el
tema de vuestro capítulo: "Arraigadas en la caridad, para vivir y
testimoniar la misericordia de Cristo, buen samaritano de todos los tiempos y de
todas las culturas".
A los hermanos y a las hermanas necesitados debéis asegurarles, con la palabra
y el ejemplo, que "fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente
de esperanza para el hombre" (Homilía durante la misa de consagración
del santuario de la Misericordia Divina en Lagiewniki, Cracovia, 17 de
agosto de 2002, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
23 de agosto de 2002, p. 4).
3. En efecto, en esta línea se sitúa toda vuestra historia desde los
comienzos, cuando nacisteis para curar a los enfermos del Estado pontificio.
Reconociendo las necesidades más urgentes del tiempo, la princesa Teresa Orsini
de Doria Pamphili, con la ayuda del cardenal Giuseppe Antonio Sala y bajo el
patrocinio del Papa Pío VII, dio inicio a vuestra congregación en el hospital
de San Juan, en Roma. Doy gracias, juntamente con vosotras, al Señor que, por
medio de su Espíritu, suscitó en la Iglesia vuestro instituto para servir a
Cristo en el enfermo, y os animo de buen grado a perseverar en este compromiso
de amor y fidelidad a Dios y a la Iglesia, encarnando en las situaciones
actuales el carisma típico que os distingue y que representa un don para toda
la sociedad.
El desafío de la inculturación exige hoy a los creyentes anunciar la buena
nueva con lenguajes y modos comprensibles a los hombres de este tiempo. Una misión
urgente y vastas perspectivas apostólicas se abren también para vosotras,
queridas hermanas Hospitalarias de la Misericordia. Un atento discernimiento de
las realidades socioculturales modernas ofrece indicaciones concretas para que
la presencia de vuestro instituto en el ámbito del cuidado de la salud sea más
eficaz, descubriendo al mismo tiempo itinerarios más idóneos de penetración
apostólica.
Conservad siempre ante vuestros ojos el rostro sufriente de Cristo. Recomenzad
desde él cada día con valentía humilde, para ser testigos de su amor
misericordioso en el vasto campo de la enfermedad y del dolor. Como escribí en
la citada carta Novo millennio ineunte, "no se trata de inventar un
nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el
Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo"
(n. 29).
4. Reverenda madre, sé bien cuán valiosa es la labor de quien está
diariamente al servicio de los enfermos, y soy consciente de las numerosas
dificultades que se encuentran. Hallaréis la fuerza para superarlas todas, si
os esforzáis por ver a Cristo en cada persona. Pero es necesario que no falte
jamás esta tensión espiritual en vuestra difícil actividad apostólica. Por
eso, vivificad vuestra jornada con una oración intensa y vigilante. La
contemplación ha de ser el apoyo de vuestra acción.
El modelo en el que debéis inspiraros es María, Madre de misericordia e imagen
de viva adhesión a la voluntad de Dios. A ella le encomiendo vuestro capítulo
general, para que surjan de él opciones valientes y sabias para todo el
instituto; opciones que se hagan manteniendo siempre la mirada fija en el rostro
de Cristo.
Con estos sentimientos, le imparto de corazón a usted y a su consejo, a las
capitulares y a todas las hermanas Hospitalarias de la Misericordia, una
especial bendición apostólica.
Castelgandolfo, 14 de septiembre de 2002
|