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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS OBISPOS NOMBRADOS RECIENTEMENTE QUE PARTICIPABAN EN UN CONGRESO EN ROMA
Lunes
23 de septiembre de 2002
Amadísimos hermanos en el episcopado:
1. Con gran alegría os doy mi cordial bienvenida a todos vosotros, obispos
jóvenes, procedentes de diferentes países del mundo, que os habéis reunido en
Roma con ocasión del congreso anual organizado por la Congregación para los
obispos. Os saludo con afecto fraterno, dirigiéndoos las palabras del Apóstol:
"A vosotros gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor
Jesucristo" (Rm 1, 7).
Agradezco al señor cardenal Giovanni Battista Re las amables palabras que,
también en nombre de todos vosotros, me ha dirigido para manifestar vuestra
firme voluntad de plena comunión con el Sucesor de Pedro.
Doy las gracias, asimismo, a los Legionarios de Cristo por la solícita acogida
que, también este año, han brindado a los participantes en el congreso.
Expreso mi aprecio por la iniciativa de este encuentro, en Roma, de oración,
reflexión y estudio sobre algunos compromisos, desafíos y problemas
principales que los obispos están llamados a afrontar.
2. Queridos hermanos en el episcopado, vuestro encuentro con el Papa se
inserta muy bien entre las finalidades de vuestro congreso, porque quiere ser
también una peregrinación a la tumba del apóstol san Pedro. En efecto, tiende
a consolidar el vínculo de comunión con su Sucesor, que ha recibido la misión
de confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22, 32), constituyendo "el
principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión"
(Lumen gentium, 18).
En la solemne concelebración conclusiva del Sínodo del año pasado sobre el
ministerio y la vida de los obispos, afirmé: "Sólo si es
claramente perceptible una profunda y convencida unidad de los
pastores entre sí y con el Sucesor de Pedro, como también de los obispos con
sus sacerdotes, se podrá dar una respuesta creíble a los desafíos que
provienen del actual contexto social y cultural" (Homilía durante la
misa de clausura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, 27
de octubre de 2001, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 2 de noviembre de 2001, p. 8).
Por mi parte, deseo confirmaros mi afecto, mi apoyo y mi cercanía espiritual, y
aseguraros que comparto los anhelos y las preocupaciones de vuestro servicio
apostólico que, en el alba del tercer milenio, se anuncia muy difícil, pero
también singularmente estimulante.
3. La figura del obispo, tal como se presentó en el reciente Sínodo
episcopal, es la del pastor que, configurado con Cristo en la santidad de vida,
se entrega generosamente en favor de su grey. Con el sacramento del orden,
mediante una nueva efusión del Espíritu Santo, hemos sido configurados con
Cristo, sumo y eterno Sacerdote, Pastor y Obispo de las almas (cf. 1 P 2,
25). Y, al mismo tiempo, como recuerda el decreto conciliar Christus Dominus,
hemos sido destinados al ministerio del anuncio, de la santificación
y de la animación, para la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia
(cf. Christus Dominus, 2).
La eficacia y la fecundidad de nuestro ministerio dependen en gran parte de
nuestra configuración con Cristo y de nuestra santidad personal. En la carta
apostólica Novo millennio ineunte recordé que "la perspectiva en
la que debe situarse todo el camino pastoral es la santidad" (n. 30). La
tarea principal del pastor consiste en hacer crecer en todos los creyentes un
auténtico deseo de santidad, a la que todos estamos llamados y en la que
culminan las aspiraciones del ser humano. A esto se orienta nuestro ministerio
pastoral. Si la santidad es "el alto grado" de la vida cristiana
ordinaria, con mayor razón debe resplandecer en la vida de un obispo,
inspirando todos sus actos (cf. ib., 31).
4. Queridos hermanos, otra prioridad que quisiera subrayar es la atención
a vuestros sacerdotes, que son los colaboradores más estrechos de vuestro
ministerio.
Tened un afecto privilegiado a los presbíteros y velad por su formación
permanente. La atención espiritual del presbiterio es un deber primario para
todo obispo diocesano. El gesto del sacerdote que, el día de la ordenación
presbiteral, pone sus manos en las manos del obispo prometiéndole "respeto
y obediencia filial", puede parecer a primera vista un gesto con sentido único.
En realidad, el gesto compromete a ambos: al sacerdote y al obispo. El
joven presbítero decide encomendarse al obispo y, por su parte, el obispo se
compromete a custodiar esas manos. De ese modo, el obispo es responsable del
destino de esas manos, que acepta estrechar entre las suyas. Un sacerdote debe
sentir, especialmente en los momentos de dificultad o de soledad, que sus manos
son estrechadas por las del obispo.
Además, dedicaos con celo a promover auténticas vocaciones al sacerdocio, con
la oración, con el testimonio de vida y con la solicitud pastoral.
5. En el centro de vuestro congreso, en el centro de las reflexiones de
estos días, está la voluntad de responder del mejor modo posible a la misión
que se os ha confiado, para comunicar a Cristo al hombre de hoy, en el mundo de
hoy. Haced vuestro el ideal apasionado del Apóstol, que decía: "¡Ay
de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16).
Cada día experimentamos que nuestro tiempo, tan rico en medios técnicos, en
medios materiales y en comodidades, se presenta dramáticamente pobre en
objetivos, en valores y en ideales. El hombre de hoy, privado de referencias a
los valores, a menudo se repliega en horizontes estrechos y limitados. En este
contexto agnóstico y a veces hostil, la misión de un obispo no es fácil. Pero
no debemos caer en el pesimismo o en el desaliento, porque el Espíritu es quien
guía a la Iglesia y le da, con su soplo vigoroso, la valentía y la audacia al
buscar nuevos métodos de evangelización para llegar a ámbitos hasta ahora
inexplorados. La verdad cristiana es atractiva y persuasiva precisamente porque
sabe imprimir fuertes orientaciones a la existencia humana, anunciando de modo
convincente que Cristo es el único Salvador de todo el género humano. Este
anuncio sigue siendo hoy tan válido como lo fue al inicio del cristianismo,
cuando se realizó la primera gran expansión misionera del Evangelio.
6. Queridos obispos nombrados recientemente, en estos días habéis podido
escuchar el testimonio de obispos ya experimentados en el servicio episcopal, así
como de jefes de dicasterios de la Curia romana, con vistas a una serena
profundización de algunos temas y problemas prácticos que más interpelan la
vida de un obispo. Espero de corazón que esta experiencia contribuya a suscitar
en vosotros, revestidos recientemente del mandato apostólico, generosidad y
grandeza de alma, dando nuevo impulso a vuestro ministerio.
Juntamente con vosotros, recuerdo ante el Señor a cada una de vuestras
Iglesias, a vuestros amados sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y
religiosas, a los fieles laicos y a sus familias, y a todo el pueblo de Dios.
A la vez que encomiendo vuestra misión apostólica a la intercesión de la
Virgen María, imparto a todos la bendición apostólica, propiciadora de la
continua asistencia divina.
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