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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ESCANDINAVIA
CON OCASIÓN DE SU VISITA "AD LIMINA" 


Sábado 5 de abril de 2003

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. "Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro" (1 Tm 1, 2). Con afecto fraterno os doy una cordial bienvenida, obispos de Escandinavia. Vuestra primera visita ad limina Apostolorum de este nuevo milenio es una ocasión para renovar vuestro compromiso de proclamar cada vez con más valentía el Evangelio de Jesucristo en la verdad y en el amor. Como peregrinos a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, venís a "ver a Pedro" (cf. Ga 1, 18) y a sus colaboradores en el servicio a la Iglesia universal. Así confirmáis vuestra "unidad en la fe, esperanza y caridad", y conocéis y apreciáis cada vez más "el inmenso patrimonio de valores espirituales y morales que toda la Iglesia, en comunión con el Obispo de Roma, ha difundido en el mundo entero" (Pastor bonus, Anexo I, 3).

2. Como obispos, habéis sido revestidos de la autoridad de Cristo (cf. Lumen gentium, 25) y se os ha confiado la tarea de testimoniar su Evangelio de salvación. Los fieles de Escandinavia, con grandes expectativas, esperan de vosotros que seáis sólidos maestros en la fe y generosos en vuestra disponibilidad a proclamar la verdad "a tiempo y a destiempo" (2 Tm 4, 2). Mediante vuestro testimonio personal del misterio vivo de Dios (cf. Catechesi tradendae, 7), dais a conocer el amor ilimitado de aquel que se ha revelado a sí mismo y su designio sobre la humanidad a través de Jesucristo. De este modo, se da un elocuente testimonio del extraordinario "sí" de Dios a la humanidad (cf. 2 Co 1, 20), y vosotros mismos os afianzáis en vuestra predicación de Jesucristo, que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).

Este es el mensaje que es preciso proclamar hoy, con claridad y sin ambigüedad. En un mundo lleno de escepticismo y confusión, alguien podría pensar que la luz de Cristo se ha oscurecido. En efecto, las sociedades y las culturas modernas se caracterizan a menudo por un secularismo que lleva fácilmente a la pérdida del sentido de Dios, y sin Dios se pierde rápidamente el verdadero sentido del hombre. "Cuando se olvida al Creador, la criatura misma resulta incomprensible" (cf. Gaudium et spes, 36):  los hombres ya no son capaces de verse a sí mismos como "misteriosamente diferentes" de las demás criaturas terrenas, y pierden de vista el carácter trascendente de la existencia humana. Este es el contexto en el que la verdad liberadora de Cristo debe resonar:  "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32). Hablamos aquí de la plenitud de vida, que trasciende los límites de la existencia terrena y forma la base del Evangelio que predicamos, el "Evangelio de la vida". En efecto, el eco profundo y persuasivo de esta sublime verdad en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente, "superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente" (Evangelium vitae, 2).

3. Un aspecto central de la "nueva evangelización" a la que he invitado a toda la Iglesia es la evangelización de la cultura, porque "el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande:  el misterio de Dios. (...) Cuando se elimina esta pregunta, se corrompen la cultura y la vida moral de las naciones" (Centesimus annus, 24). El desafío que afrontáis, queridos hermanos, es hacer que la voz del cristianismo se oiga en el ámbito público y que los valores del Evangelio influyan en vuestras sociedades y culturas. A este respecto, me complace constatar el impacto positivo de vuestras cartas pastorales y declaraciones en asuntos de actualidad en vuestros países.

Por ejemplo, en vuestra reciente carta pastoral sobre el matrimonio y la vida familiar habéis afrontado muchas dificultades que afligen a las familias cristianas. Observando cómo la santidad del matrimonio se ve ofuscada por su equiparación con formas diversas de cohabitación y percibiendo los efectos negativos del divorcio en vuestras sociedades, animáis a los cónyuges a preservar y desarrollar el valor de la indisolubilidad del matrimonio. Así les ayudáis a convertirse en signo valioso de la fidelidad inquebrantable y del amor abnegado de Cristo mismo (cf. Familiaris consortio, 20).

En efecto, la institución del matrimonio ha sido querida por Dios desde el principio, y tiene su sentido más pleno en la enseñanza de Cristo. ¿Hay un momento más maravilloso y gozoso para los matrimonios, cuando participan en el acto creador de Dios, que el nacimiento de sus hijos? Y ¿existe un signo de esperanza más grande para la humanidad que una nueva vida? La verdad de la sexualidad humana se manifiesta con más claridad en el amor mutuo de los esposos y en su aceptación "de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana" (ib., 14). Animar a los fieles a promover la dignidad del matrimonio y enseñarles a apreciar su naturaleza indisoluble significa ayudarles a participar en el amor de Dios, que es perfecto, completo y siempre vivificante.

4. Los habitantes de Escandinavia son conocidos por su participación en misiones para mantener la paz, por su profundo sentido de responsabilidad frente a las crisis ecológicas y por su generosidad al proporcionar ayuda humanitaria. De cualquier modo, el auténtico humanismo incluye siempre a Dios; de lo contrario, aun sin querer, acabará por negar a los seres humanos el lugar que les corresponde en la creación y no logrará reconocer plenamente la dignidad propia de cada persona (cf. Christifideles laici, 5). Por eso, debéis ayudar a vuestras respectivas culturas a recurrir a su rica herencia cristiana para formar su concepción de la persona humana. En Cristo todos los hombres son hermanos y hermanas, y nuestros gestos de solidaridad con ellos se convierten en actos de amor y fidelidad a Cristo, el cual dijo que lo que hacemos a uno de los más pequeños, se lo hacemos a él (cf. Mt 25, 45). Este es el fundamento de la cultura de la vida y de la civilización del amor que tratamos de construir, y es también la perspectiva en la que se basan vuestros esfuerzos por acoger el número cada vez mayor de inmigrantes en los países nórdicos.

5. Vuestros programas ecuménicos locales son también una fuente de aliento, ya que el testimonio común de todos los cristianos contribuirá en gran medida a lograr que los valores del Evangelio influyan en la sociedad y se extienda el reino de Dios entre nosotros. La conciencia de la historia común de los cristianos ha dado vida a una "fraternidad redescubierta", de la que brotan muchos de los frutos del diálogo ecuménico:  declaraciones conjuntas (entre las que cabe destacar la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación), oración común y solidaridad al servicio de la humanidad. El ecumenismo, correctamente entendido, forma parte del compromiso de todos los cristianos de dar testimonio de su fe. Aunque el camino ecuménico destaca con razón lo que tenemos en común, por supuesto no debe descuidar o pasar por alto las dificultades muy reales que aún afrontamos en el camino hacia la unidad. A pesar de que no existe todavía la plena comunión en la fe, eso no debería llevar a perder la esperanza; más bien, debería impulsar a todos los creyentes a intensificar su compromiso de rezar con fervor y trabajar con decisión por la unidad que Cristo quiere para su Iglesia (cf. Jn 17, 20-21).

6. Hermanos, el nuevo milenio exige "un renovado impulso en la vida cristiana" (Novo millennio ineunte, 29). Hombres y mujeres en todo el mundo buscan un sentido a su vida; necesitan creyentes que no sólo les "hablen" de Cristo, sino que también se lo "muestren". Con nuestra contemplación del rostro de Cristo (cf. ib., 16) hacemos que su luz brille cada vez más para los demás. A este respecto, es indispensable proporcionar programas de formación para niños, jóvenes y adultos. Estas iniciativas pastorales, adaptadas a las circunstancias particulares de vuestras poblaciones, darán grandes frutos de santidad en medio de ellas, y ayudará a los que aún conocen poco a Jesucristo a buscar una orientación en la vida.

Son fundamentales para vuestra misión la formación permanente del clero diocesano y religioso, y la formación adecuada de los seminaristas. Por otra parte, para afrontar los desafíos de la evangelización en el tercer milenio cristiano, una de vuestras prioridades ha de ser la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. De esta manera, trabajaréis para garantizar que un número suficiente de hombres y mujeres responda a la llamada de Cristo. Algunas de vuestras Iglesias locales están experimentando ahora incluso un aumento de vocaciones a la vida consagrada. Se trata de un signo claro de un renovado interés por la espiritualidad, y refleja el deseo, especialmente entre los jóvenes, de profundizar en el conocimiento y la comprensión de la fe. En vuestra misión de pastores, os exhorto a alimentar este crecimiento, haciendo todo lo posible por facilitar la presencia dinámica de las comunidades religiosas y contemplativas entre vuestra gente, y proporcionando el necesario apoyo humano y espiritual a vuestros sacerdotes diocesanos.

7. Queridos hermanos en el episcopado, con afecto fraterno comparto de buen grado estas reflexiones con vosotros, y os animo en el ejercicio del carisma de la verdad, que el Espíritu os ha concedido. Os aseguro mis oraciones mientras seguís apacentando con amor la grey confiada a vuestro cuidado. Unidos en nuestro anuncio de la buena nueva de Jesucristo, renovados en el entusiasmo de los primeros cristianos, y guiados por el ejemplo de los santos, prosigamos con esperanza. En este Año del Rosario, María, Madre de la Iglesia, sea vuestra guía segura mientras "tratáis de hacer lo que Jesús os dice" (cf. Jn 2, 5). Encomendándoos a su protección materna, de corazón os imparto mi bendición apostólica a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis.

 

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