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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II AL SEMINARIO SOBRE "CIENCIA, RELIGI ÓN
E HISTORIA"
Castelgandolfo, viernes 8 de agosto de 2003
Ilustres señores; queridos amigos:
Deseo expresar mi cordial gratitud por esta reflexión común, que nos ha unido
durante estos días en la búsqueda de la verdad. Doy gracias a Dios porque, por
duodécima vez, hemos podido reunirnos aquí para meditar en los problemas
concernientes a las grandes cuestiones que deciden la especificidad de la
cultura humana. En la encíclica
Fides et ratio subrayé el papel de estos
problemas. En la cultura contemporánea no pueden faltar las preguntas
fundamentales sobre el sentido y la verdad, sobre la belleza y el sufrimiento,
sobre la infinidad y la contingencia. Os agradezco que hayamos podido tratarlas
desde una perspectiva en la que se completan recíprocamente los nuevos
descubrimientos de la ciencia y la reflexión sobre la filosofía clásica.
Nuestra comunidad ha expresado simbólicamente el vínculo entre la Iglesia y la
Academia. Este vínculo es particularmente importante en esta época de grandes
cambios culturales. Para que los testigos contemporáneos de la verdad no se
sientan solos, es necesario promover una gran solidaridad de espíritu entre
todos los que están al servicio del pensamiento. La Iglesia no puede quedar
indiferente ante las conquistas de la ciencia, que ha surgido y se ha
desarrollado en el ámbito de las influencias culturales de la cristiandad.
También es necesario recordar que la verdad y la libertad están inseparablemente
unidas en la gran obra de edificación de la cultura al servicio del pleno
desarrollo de la persona humana. Recordando las palabras de Cristo, "la verdad
os hará libres" (Jn 8, 32), queremos edificar la cultura evangélica libre
de las ilusiones y de las utopías que causaron tantos sufrimientos en el siglo
XX.
Mi pensamiento va a todos los que en el pasado han participado en nuestros
seminarios. Muchos de ellos ya están en la presencia del Señor y, ciertamente,
en su luz ven con mayor claridad las verdades que nosotros debemos descubrir en
la semioscuridad de las investigaciones y de las discusiones. Los encomiendo a
Dios a todos ellos, al igual que a vosotros aquí presentes. Ojalá nos una el
sentido de la responsabilidad cristiana con respecto al futuro de la cultura.
Este sentido nos permite crear una gran armonía de vida que señala a Cristo como
fuente de todo bien. A él os encomiendo a todos vosotros, a todos vuestros seres
queridos y vuestros programas para el futuro.
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