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DISCURSO DEL PAPA
JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DEL SÍNODO DE LA IGLESIA CALDEA
Miércoles
3 de diciembre de 2003
Beatitudes; queridos hermanos en el episcopado; pastores e hijos de la venerada
Iglesia caldea:
1. "A vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo" (Rm 1, 7). Os acojo con gran afecto al concluir el Sínodo
extraordinario de vuestra Iglesia, que ha procedido a la elección del nuevo
patriarca de Babilonia de los caldeos, "cabeza y padre" de vuestra Iglesia,
sucesor del recordado patriarca Raphael I Bidawid.
A usted, querido Emmanuel III Delly, le saludo cordialmente, a la vez que invoco
sobre usted una abundante efusión de dones espirituales.
Saludo al cardenal prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, al
que he encomendado la presidencia de los trabajos sinodales. Le agradezco su
obra y las amables palabras que acaba de pronunciar.
Os saludo a todos vosotros, venerados hermanos, que habéis venido a San Pedro
para realizar el acto más alto de la responsabilidad sinodal. Os pido que
llevéis a las comunidades de las que sois pastores mi saludo afectuoso y la
seguridad de mi oración. El Papa está cerca de todos los iraquíes y conoce sus
aspiraciones a la paz, a la seguridad y a la libertad.
2. Beatitud, usted ha solicitado la communio ecclesiastica. De buen grado
accedo a su petición. Desde esta perspectiva, he encargado al cardenal Moussa I
Daoud que la confirme, según la praxis, en la concelebración eucarística que
tendrá lugar en la basílica de San Pedro. La comunión con el Obispo de Roma,
Sucesor de Pedro, principio y fundamento visible de la unidad en la fe y en la
caridad, hace que las Iglesias particulares vivan y actúen en el misterio de la
Iglesia una, santa, católica y apostólica.
La Iglesia caldea se siente orgullosa de testimoniar a Cristo en la tierra de la
que partió "Abraham, nuestro padre en la fe", y de remontar sus orígenes
apostólicos a la predicación de "Tomás, uno de los Doce". Participando en la
única savia vital que mana de Cristo, debe seguir floreciendo, fiel a su
identidad, dando abundantes frutos para el bien de todo el cuerpo eclesial.
3. Venerados hermanos, desarrollad cada vez más la unánime armonía que se ha
manifestado en este Sínodo. En efecto, la unidad de propósitos permitirá el
pleno desarrollo de la vida eclesial.
La concordia resulta muy necesaria si miramos a vuestra tierra, que hoy necesita
más que nunca la verdadera paz y la tranquilidad en el orden. Esforzaos por
"unir las fuerzas" de todos los creyentes en un diálogo respetuoso, que
favorezca en todos los niveles la edificación de una sociedad estable y libre.
Al mismo tiempo que invoco la intercesión de la santa Madre de Dios, que dio al
mundo al Príncipe de la paz, os imparto la bendición apostólica, que de corazón
extiendo a todos los hijos e hijas de la amada Iglesia caldea.
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