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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON OCASIÓN DEL "HOLODOMOR",
LA GRAN CARESTÍA QUE SUFRIÓ UCRANIA
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A los venerados hermanos
Cardenal LUBOMYR HUSAR
Arzobispo mayor de Lvov de los ucranios
Cardenal MARIAN JAWORSKI
Arzobispo de Lvov de los latinos
1. El recuerdo de los acontecimientos dramáticos de un pueblo, además de ser en
sí mismo justo, resulta muy útil para suscitar en las nuevas generaciones el
compromiso de ser, en toda circunstancia, centinelas vigilantes del respeto de
la dignidad de todo hombre. Asimismo, la oración de sufragio que brota de ese
recuerdo es para los creyentes bálsamo que alivia el dolor y súplica eficaz al
Dios de los vivos, para que conceda el descanso eterno a cuantos fueron
injustamente privados del bien de la existencia. Por último, la debida memoria
del pasado adquiere un valor que supera las fronteras de una nación, alcanzando
a los demás pueblos que fueron víctimas de acontecimientos igualmente funestos y
pueden encontrar consuelo al compartirla.
Estos son los sentimientos que me inspira el 70° aniversario de los tristes
sucesos del holodomor: millones de personas sufrieron una muerte atroz
por la nefasta eficacia de una ideología que, a lo largo de todo el siglo XX,
causó sufrimientos y lutos en muchas partes del mundo. Por esta razón, venerados
hermanos, quiero hacerme presente espiritualmente en las celebraciones que
tendrán lugar en recuerdo de las innumerables víctimas de la gran carestía
provocada en Ucrania durante el régimen comunista. Se trató de un proyecto
inhumano que llevaron a cabo con fría determinación quienes ejercían el poder en
aquella época.
2. Al evocar aquellos tristes acontecimientos, os pido a vosotros, venerados
hermanos, que transmitáis mi saludo solidario y la seguridad de mi oración a las
autoridades del país y a vuestros compatriotas, tan queridos para mí. Las
celebraciones previstas, destinadas a fortalecer el justo amor a la patria en
recuerdo del sacrificio de sus hijos, no se dirigen contra otras naciones; más
bien, quieren reavivar en el corazón de cada uno el sentido de la dignidad de
toda persona, independientemente del pueblo al que pertenezca.
Vuelven a la mente las fuertes palabras de mi predecesor el Papa Pío XI, de
venerada memoria, el cual, refiriéndose a las políticas de los gobernantes
soviéticos de aquel tiempo, distinguía netamente entre gobernantes y súbditos y,
mientras exculpaba a estos últimos, denunciaba abiertamente las
responsabilidades del sistema "que desconocía el auténtico origen de la
naturaleza y del fin del Estado, y que negaba los derechos de la persona humana,
de su dignidad y libertad" (carta encíclica Divini Redemptoris, 18 de
marzo de 1937, II: AAS 29 [1937] 77).
¿Cómo no pensar, a este propósito, en la destrucción de tantas familias, en el
dolor de los innumerables huérfanos, en la ruina de toda la sociedad? A la vez
que me siento cercano a cuantos han sufrido las consecuencias del triste drama
de 1933, deseo reafirmar la necesidad de hacer memoria de aquellos hechos, para
poder repetir juntos, una vez más: ¡Nunca jamás! La conciencia de las
aberraciones del pasado se traduce en un constante estímulo a construir un
futuro más a la medida del hombre, contrastando toda ideología que profane la
vida, la dignidad y las justas aspiraciones de la persona.
3. La experiencia de aquella tragedia debe impulsar hoy el sentir y el obrar del
pueblo ucraniano hacia perspectivas de concordia y cooperación. Por desgracia,
la ideología comunista contribuyó a profundizar las divisiones también en el
ámbito de la vida social y religiosa. Es preciso comprometerse en favor de una
pacificación sincera y efectiva: de este modo puede honrarse adecuadamente a
las víctimas pertenecientes a la entera familia ucraniana.
El sentimiento del sufragio cristiano por cuantos murieron a causa de un
insensato proyecto homicida debe ir acompañado por la voluntad de edificar una
sociedad donde el bien común, la ley natural, la justicia para todos y el
derecho de gentes sean guías constantes para una eficaz renovación de los
corazones y de las mentes de cuantos se enorgullecen de pertenecer al pueblo
ucraniano. Así, la memoria de los acontecimientos pasados se convertirá en
fuente de inspiración para la generación presente y para las futuras.
4. Durante el inolvidable viaje que realicé a vuestra patria hace dos años,
aludiendo al luctuoso período vivido por Ucrania setenta años antes, recordé
"los años terribles de la dictadura soviética y la durísima carestía de los
primeros años de la década de 1930, cuando vuestro país, "granero de Europa", ya
no logró alimentar a sus propios hijos, que murieron a millones" (Discurso a
los representantes de la política, la cultura, la ciencia y la empresa en el
Palacio presidencial, 23 de junio de 2001, n. 3: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 29 de junio de 2001, p. 10).
Es de esperar que, con la ayuda de la gracia de Dios, las lecciones de la
historia ayuden a encontrar sólidos motivos de entendimiento, con vistas a una
cooperación constructiva, para edificar juntos un país que se desarrolle de
manera armoniosa y pacífica en todos los niveles.
Alcanzar este noble objetivo depende, en primer lugar, de los ucranios, a los
que se ha encomendado la custodia de la herencia cristiana oriental y
occidental, y la responsabilidad de hacer que llegue a una síntesis original de
cultura y de civilización. En esto estriba la contribución específica que
Ucrania está llamada a dar a la edificación de la "casa común europea", en la
que cada pueblo pueda encontrar una conveniente acogida, en el respeto de los
valores de su identidad.
5. Venerados hermanos, en esta circunstancia tan solemne, ¿cómo no ir con el
pensamiento a la siembra evangélica realizada por san Cirilo y san Metodio?
¿Cómo no pensar de nuevo con gratitud en el testimonio de san Vladimiro y de su
madre santa Olga, por medio de los cuales Dios donó a vuestro pueblo la gracia
del bautismo y de la vida nueva en Cristo? Con el corazón iluminado por el
Evangelio se puede comprender mejor cómo se debe amar a la patria para
contribuir eficazmente a su progreso por el camino de la cultura y de la
civilización. La pertenencia a una estirpe debe ir acompañada por el compromiso
de un generoso y gratuito intercambio de los dones recibidos en herencia por las
generaciones precedentes, para edificar una sociedad abierta al encuentro con
otros pueblos y otras tradiciones.
A la vez que deseo que el pueblo ucraniano mire los acontecimientos de la
historia con ojos reconciliados, encomiendo a cuantos aún sufren las
consecuencias de aquellos tristes sucesos a las consolaciones interiores de la
santísima Virgen Madre de Dios. Avalo estos sentimientos con una especial
bendición apostólica, que os imparto a vosotros, venerados hermanos, y a cuantos
están encomendados a vuestra solicitud pastoral, invocando sobre todos
abundantes efusiones de favores celestiales.
Vaticano, 23 de noviembre de 2003, solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey
del universo.
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