Señor Embajador:
1. Le recibo con mucho gusto en este solemne acto de
presentación de las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador
Extraordinario y Plenipotenciario de la República Dominicana ante la Santa Sede,
y le agradezco sinceramente las amables palabras que ha tenido a bien dirigirme.
Le quedo muy reconocido por sus expresiones de felicitación con
motivo de la reciente celebración del los XXV años de mi elección a la Cátedra
de San Pedro, a la cual el Supremo Pastor quiso llamarme para prestar este
servicio a la Iglesia y, por extensión, a la humanidad. Por eso, le agradezco
mucho sus oraciones para que Dios me siga confortando con su ayuda en el
ejercicio de este ministerio eclesial.
2. Vuestra Excelencia viene a representar a una Nación que, como
ha recordado Usted en su discurso, se siente profundamente católica. Sobre el
suelo de lo que es hoy la República Dominicana se celebró la primera Misa en los
inicios de la Evangelización del continente americano, y más tarde se
administraron los primeros bautismos de indígenas. Con estos dos Sacramentos
crece y se edifica la Iglesia de Cristo y así se puede decir que fue en la Isla
Hispaniola donde nació la Iglesia católica en América. Desde allí partieron
luego los evangelizadores hacia la tierra firme americana; aquellos hombres que
iban a anunciar a Jesucristo, a defender la dignidad inviolable y los derechos
de los pueblos indígenas, a favorecer su promoción integral y la hermandad entre
todos los miembros de la gran familia humana.
En un período relativamente corto los senderos de la fe
atravesaron la geografía dominicana. El Papa Julio II apenas iniciado el siglo
XVI erigió en la Isla Hispaniola la Iglesia Metropolitana de Yaguate, con las
sufragáneas de Bainoa y Maguá, primeras del Nuevo Mundo. Estas diócesis fueron
sin embargo suprimidas tiempo después y el mismo Pontífice el 8 de agosto de
1511 erigiría definitivamente las diócesis de Santo Domingo, Concepción de la
Vega y San Juan, como sufragáneas de la Sede Metropolitana de Sevilla. Para
celebrar esos quinientos años de existencia el Episcopado dominicano prepara un
Plan Nacional de Pastoral de Evangelización, al que deseo desde ahora los
mejores frutos.
En estos cinco siglos la Iglesia ha acompañado el caminar del
pueblo dominicano, anunciándole los principios cristianos, que son fuente de
sólida esperanza e infunden un renovado dinamismo a la sociedad, y llevando a
cabo su obra de evangelización y promoción humana, acciones que no se
contraponen sino que están íntimamente vinculadas, pues "la promoción humana ha
de ser la consecuencia lógica de la evangelización, la cual tiende a la
liberación integral de la persona" (Discurso en Santo Domingo, 12.X.1992,
13).
3. La Santa Sede se complace por las buenas relaciones entre la
Iglesia y el Estado, y formula fervientes votos para que continúen
incrementándose en el futuro. Existe un amplio campo en el que confluyen y se
interrelacionan las propias competencias y acciones, tal como recoge el Concilio
Vaticano II.
Es justo reconocer la acción llevada a cabo en su País a través
de las diócesis, las parroquias, las comunidades religiosas y los movimientos de
apostolado. Deseo, al respecto, mencionar la acción eclesial en favor de los
discapacitados, los enfermos de sida, las minorías étnicas, los emigrantes y
refugiados. También es motivo de gozo la presencia de la Iglesia en el campo
educativo, a través de una Universidad Pontificia en Santiago con un recinto
también en la Ciudad Capital, cuatro Universidades Católicas, varios Institutos
Técnicos, Institutos Politécnicos Femeninos y casi trescientos Centros
educativos y escuelas parroquiales. Además otras instituciones de la Iglesia
católica ofrecen una aportación significativa en el esfuerzo común por fomentar
una sociedad más justa y atenta a las necesidades de sus miembros más débiles.
4. Aunque en su servicio a la sociedad no le incumbe a la
Iglesia proponer soluciones de orden político y técnico, sin embargo debe y
quiere señalar las motivaciones y orientaciones que provienen del Evangelio para
iluminar la búsqueda de respuestas y soluciones. En la raíz de los males
sociales, económicos y políticos de los pueblos suele estar el repudio u olvido
de los genuinos valores éticos, espirituales y transcendentes. Es misión de la
Iglesia recordarlos, defenderlos y consolidarlos, particularmente en el momento
actual, en el que causas internas y externas han producido en su país un grave
deterioro y un cierto descenso de la calidad de vida de los dominicanos. En la
solución de esos problemas no debe olvidarse que el bien común es el objetivo a
conseguir, para lo cual, la Iglesia, sin pretender competencias ajenas a su
misión, presta su colaboración al gobierno y a la sociedad.
En el mundo de hoy no basta limitarse a la ley del mercado y su
globalización; hay que fomentar la solidaridad, evitando los males que se
derivan de un capitalismo que pone el lucro por encima de la persona y la hace
víctima de tantas injusticias. Un modelo de desarrollo que no tuviera presente y
no afrontara con decisión esas desigualdades no podría prosperar de ningún modo.
Los que más sufren en las crisis son siempre los pobres. Por
eso, deben ser el objetivo especial de los desvelos y atención del Estado. La
lucha contra la pobreza no debe reducirse a mejorar simplemente sus condiciones
de vida, sino a sacarlos de esa situación creando fuentes de empleo y asumiendo
su causa como propia. Es importante incidir en la importancia de la educación y
la formación como elementos en la lucha contra la pobreza, así como en el
respeto de los derechos fundamentales, que no pueden ser sacrificados en aras de
otros objetivos, pues eso atentaría contra la verdadera dignidad del ser humano.
5. Antes de concluir este encuentro deseo expresarle, Señor
Embajador, mi cercanía a todos los afectados por el terremoto del pasado mes de
septiembre y las recientes inundaciones. Deseo alabar la solidaridad efectiva de
las otras regiones de la misma República Dominicana y de otros Países del
Caribe. Pido al Señor que conceda a los damnificados fortaleza y capacidad de
entrega generosa para hacer frente a las devastaciones sufridas y que no les
falte, con prontitud, la ayuda necesaria para poder continuar la vida ordinaria.
6. Finalmente me complace formularle mis mejores votos para que
la misión que hoy inicia sea fecunda en copiosos frutos y éxitos. Le ruego, de
nuevo, que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante el Señor
Presidente de la República y las demás las Autoridades de su País, mientras
invoco la bendición de Dios, por intercesión de la Virgen de Altagracia, que
venerada desde 1541 acompaña con su presencia amorosa a los fieles de esa noble
Nación, sobre Usted, sobre su distinguida familia y colaboradores, y sobre los
amadísimos hijos dominicanos.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXVI, 1 p. 979-982.