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DISCURSO DEL
PAPA JUAN PABLO II AL TERCER GRUPO DE OBISPOS DE FRANCIA EN VISITA "AD
LIMINA"
Jueves 18 de diciembre
de 2003
Señor cardenal; queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:
1. En este tiempo de Adviento, durante el cual la Iglesia aguarda con esperanza
la venida del Salvador, me alegra acogeros a vosotros, obispos y administrador
diocesano venidos de la provincia eclesiástica de Marsella, así como al
arzobispo de Mónaco, y os saludo cordialmente. Como el apóstol san Pablo, habéis
venido a "ver a Pedro" (Ga 1, 18), para fortalecer los vínculos de
comunión que os unen a él y para presentarle la vida de vuestras diócesis,
evangelizadas por la fe y la audacia misionera de los testigos de los primeros
siglos. Agradezco al señor cardenal Bernard Panafieu, arzobispo de Marsella, sus
palabras: al exponer las realidades pastorales de vuestra provincia, sus ricas
esperanzas y su dinamismo pastoral, pero también vuestros interrogantes y
vuestras preocupaciones de pastores, ha expresado vuestro deseo común de
enraizar vuestro servicio apostólico en una acogida cada vez mayor de la gracia
de Dios y en una intimidad cada vez más profunda con Cristo, al servicio del
pueblo de Dios que os ha sido confiado. Deseo que vuestra peregrinación a las
tumbas de los Apóstoles y vuestros encuentros con los diversos organismos de la
Curia os permitan volver fortalecidos en el deseo de proseguir con alegría
vuestra misión apostólica.
2. Al final del gran jubileo de la Encarnación, invité a toda la Iglesia a
recomenzar desde Cristo, con el impulso de Pentecostés y con un entusiasmo
renovado, exhortando a cada uno de sus miembros a avanzar con mayor
determinación por el camino de la santidad mediante una vida de oración y
escucha cada vez más atenta y amorosa de la palabra de Dios. La renovación de la
vida espiritual de los pastores, de los fieles y de todas las comunidades dará
un nuevo impulso pastoral y misionero. Desde esta perspectiva -sobre esto deseo
hablaros hoy-, las personas que están comprometidas en la vida consagrada deben
desempeñar un papel fundamental. La vida consagrada, en todas sus formas,
antiguas y nuevas, es un don de Dios a la Iglesia. Debemos pedir
incansablemente al Señor que llame a hombres y mujeres a seguirlo en una vida
totalmente entregada. Vuestras relaciones quinquenales manifiestan un compromiso
generoso de vuestras Iglesias diocesanas en favor de la vida consagrada, lo cual
me alegra. En la dinámica del acontecimiento de gracia que fue el Sínodo sobre
la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, y apoyándome
en la exhortación apostólica
Vita consecrata, que recogió sus frutos,
quiero reafirmar con fuerza y convicción la necesidad de la vida consagrada para
la Iglesia y para el mundo. En efecto, una diócesis sin comunidades de vida
consagrada, "además de perder muchos dones espirituales, ambientes apropiados
para la búsqueda de Dios, actividades apostólicas y metodologías pastorales
específicas, correría el riesgo de ver muy debilitado su espíritu misionero, que
es una característica de la mayoría de los institutos" (Vita consecrata,
48). Os pido ante todo que transmitáis a todos los institutos y a todas las
congregaciones la estima profunda y el saludo afectuoso del Sucesor de Pedro,
asegurándoles mi oración e invitándolos a no perder la esperanza en el
Señor, que jamás abandona a su pueblo.
3. Las relaciones quinquenales de las diferentes diócesis de Francia ponen de
relieve la crisis que atraviesa la vida consagrada en vuestro país, marcada, de
manera más notable en las congregaciones apostólicas, por la disminución
progresiva y constante del número de los miembros de los diversos institutos
presentes en el territorio y por el menor número de los que ingresan en los
noviciados. Esta crisis influye también en la fisonomía de gran número de
comunidades, cuyos miembros envejecen, con consecuencias inevitables para la
vida de los institutos, para su testimonio, para su gobierno y hasta para las
decisiones relativas a sus misiones y al destino de sus recursos. Algunos
institutos, para seguir existiendo, se ven obligados incluso a agruparse en
federaciones, lo cual no siempre es fácil de realizar, teniendo en cuenta las
diferentes historias de las comunidades. Para que esos intentos de agrupación
puedan tener verdaderamente éxito, conviene volver a centrarse en los carismas
fundacionales y recordar que la vida religiosa es para la misión de la Iglesia y
se funda en Cristo, el cual llama a entregarse totalmente a él, desde la
perspectiva que recuerda san Pablo: es Dios quien da el crecimiento a toda obra
(cf. 1 Co 3, 4). Hoy más que nunca, para responder a los cambios,
cualesquiera que sean, los responsables de los institutos de vida consagrada
deben estar atentos a la formación permanente de sus miembros, especialmente en
el ámbito teológico y espiritual.
Un buen número de congregaciones antiguas han querido realizar valientemente un
gran esfuerzo para profundizar en su carisma, así como para renovar
sus obras, poniendo un cuidado muy particular en escuchar con gran
disponibilidad las nuevas llamadas del Espíritu y en descubrir, juntamente con
las diócesis, las urgencias espirituales y misioneras actuales. Complace
constatar que los carismas de los institutos, cuyos miembros están envejeciendo
en Europa, siguen respondiendo a las expectativas profundas de numerosos jóvenes
llegados de África, Asia o América Latina, que desean consagrarse con
generosidad al Señor. Me alegra también ver que algunas congregaciones se
esfuerzan por proponer su carisma a laicos de todas las edades y de todas
las condiciones, y por asociarlos a su misión, brindándoles así la posibilidad
de edificar su vida cristiana sobre una espiritualidad específica y segura, y de
comprometerse más al servicio de sus hermanos. Esta iniciativa no puede por
menos de redundar en bien de la vida misma de los institutos.
4. Os animo, por tanto, a no escatimar esfuerzos por "promover la vocación y
misión específicas de la vida consagrada, que pertenece estable y firmemente
a la vida y a la santidad de la Iglesia" (Pastores gregis, 50). Con su
elocuente testimonio de consagración en el seguimiento de Cristo casto, pobre y
servidor, en el centro de las realidades humanas en las que están insertados,
los miembros de los institutos de vida consagrada siguen siendo signos
proféticos para el mundo y para la Iglesia; con su vida manifiestan el amor de
Dios a todos los hombres, manteniendo viva en la Iglesia la exigencia de
reconocer el rostro de Cristo en el rostro de los pobres. Además, invitan a las
comunidades diocesanas a tomar una conciencia cada vez mayor del carácter
universal de la misión de la Iglesia, y les recuerdan la urgencia de buscar ante
todo el reino de Dios y su justicia, así como una fraternidad cada vez mayor
entre los hombres.
Os felicito por el trabajo incomparable que realizan las personas consagradas,
en Francia y en los países más pobres del planeta -especialmente en África,
continente al que vuestra región se dirige naturalmente, como acabáis de
recordar-, en el campo de la solidaridad con los marginados, con los
niños analfabetos, con los jóvenes de la calle, con las personas que viven la
experiencia dramática de la precariedad o la pobreza, con los enfermos de sida o
afectados por otras pandemias, o también con los inmigrantes y los prófugos. Y
no olvido a todas las personas consagradas que trabajan en el ámbito del
servicio social, en el campo de la salud y de la educación, tanto en el
territorio nacional como en otras partes del mundo. No me cansaré de estimular a
los responsables de las congregaciones a no descuidar ni abandonar demasiado
rápidamente esos lugares fundamentales donde se transmiten los valores humanos y
el Evangelio, y donde también se puede hacer oír la llamada a seguir a Cristo y
a participar en la vida eclesial. Aunque su visibilidad es menos perceptible
hoy, las comunidades prosiguen con valentía su misión, insertándose en el
entramado de la sociedad, participando en los organismos de solidaridad y siendo
promotoras activas del diálogo interreligioso, al que prestáis particular
atención. Sé con qué paciencia se entregan las personas consagradas, en virtud
de su misma consagración al Señor, mostrándose solícitas en favor de los más
pobres y los marginados, en una sociedad que muy frecuentemente los ignora.
Mediante una solidaridad diaria con los heridos por la vida, son protagonistas
indispensables de la creatividad de la caridad, a la que exhorté a todas las
comunidades cristianas al final del gran jubileo. Esta dimensión de la caridad
con los pobres y los más pequeños es prenda de credibilidad de toda la Iglesia:
credibilidad de su mensaje, pero también credibilidad de las personas que,
habiendo sido conquistadas por Cristo y habiéndolo contemplado, son capaces de
reconocerlo en el rostro de aquellos con quienes él mismo ha querido
identificarse y manifestar su compasión por todo ser humano (cf.
Novo
millennio ineunte, 49). Las generaciones jóvenes, que tienen
sed de absoluto, necesitan testigos audaces que las estimulen a vivir el
Evangelio y a ponerse con generosidad al servicio de sus hermanos. Os
exhorto a no descuidar nunca la experiencia y el carisma profético de las
personas consagradas, centinelas de la esperanza, testigos del Absoluto y de la
alegría de la entrega total de sí. El Espíritu las impulsa a ponerse al lado de
los marginados de nuestras sociedades y a trabajar para levantar ante todo al
hombre herido, contribuyendo así a la edificación de la caridad en cada Iglesia
particular.
5. Para armonizar mejor la pastoral, es importante también que el diálogo
institucional con los institutos de vida consagrada, tanto a nivel nacional,
entre la Conferencia episcopal de Francia y las dos Conferencias de superiores
mayores, como diocesano, entre el obispo o su delegado y los responsables
locales de las congregaciones, permita una auténtica concertación e intercambios
fructuosos; así, cada instituto de vida consagrada, conservando el carácter
específico de su carisma, de su modo de vivir, de sus prioridades específicas,
se insertará cada vez más orgánicamente en la Iglesia diocesana. Esto es
esencial ahora que vuestras Iglesias diocesanas experimentan transformaciones en
el ámbito pastoral, con cierto número de reestructuraciones relacionadas con las
nuevas realidades de la misión, así como con los nuevos cambios culturales.
A través de las actividades que los institutos de vida consagrada realizan en el
seno de la sociedad, quiero subrayar el importante papel que desempeñan en la
investigación intelectual en vuestro país. Los religiosos en Francia han
sido frecuentemente faros en este campo, especialmente durante la primera mitad
del siglo XX, en el ámbito filosófico y teológico, dedicándose a poner de
relieve las razones que deben guiar los comportamientos y los compromisos de
nuestros contemporáneos, e iluminando el sentido de la existencia. Al contribuir
con pertinencia a la búsqueda de la verdad, pueden favorecer una renovación de
la vida intelectual y entablar relaciones fecundas con los pensadores de hoy,
que afrontan las cuestiones esenciales de nuestro tiempo o que trabajan en la
investigación. También quiero mencionar los institutos o las congregaciones que
trabajan en el campo de la información, de la radio o de la televisión.
Participan en el debate público, dando, en una sana y necesaria confrontación,
una contribución específicamente cristiana a las grandes decisiones que forjan
el futuro de la sociedad y compartiendo también sus convicciones de fe.
6. En vuestras diócesis la vida consagrada tiene múltiples facetas,
haciendo coexistir comunidades antiguas y nuevas. Por su parte, las nuevas
comunidades, gracias a la energía de los comienzos, dan indudablemente un
impulso nuevo tanto a la vida consagrada como a la misión pastoral en las
diócesis. Tienen una audacia que a veces falta a los institutos que existen
desde hace más tiempo. Contribuyen a renovar la vida comunitaria, la vida
litúrgica y el compromiso de la evangelización en numerosos ambientes. Esa
situación es, sin duda alguna, comparable a la que debieron vivir santo Domingo
o san Francisco. Las nuevas comunidades religiosas son una oportunidad para
la Iglesia. Ayudadas por los obispos, a quienes corresponde estar
vigilantes, necesitan aún madurar, arraigarse y a veces organizarse según las
reglas canónicas en vigor, y esforzarse por actuar con prudencia. Todos deben
recordar que ha de prevalecer siempre el espíritu de diálogo y colaboración
fraterna al servicio de Cristo y de la misión. Así, sin espíritu de competición
ni antagonismos, las comunidades religiosas de larga tradición serán estimuladas
por su carisma propio, y las comunidades nuevas recordarán que "no son
alternativas a las precedentes instituciones, las cuales continúan ocupando
el lugar insigne que la tradición les ha reservado. (...) Los antiguos
institutos, muchos de los cuales han pasado en el transcurso de los siglos por
el crisol de pruebas durísimas que han afrontado con fortaleza, pueden
enriquecerse entablando un diálogo e intercambiando sus dones con las
fundaciones que ven la luz en este tiempo nuestro" (Vita consecrata, 62).
Invito a todos a vivir la caridad fraterna y a dar los pasos necesarios para que
todas las fuerzas concurran a la unidad del único Cuerpo de Cristo y a la
comunión en la misión. Por su parte, los responsables de las nuevas
comunidades deben permanecer vigilantes en el discernimiento de las
vocaciones, en el ámbito humano y espiritual. Para ello, han de apoyarse en
personas que tengan experiencia segura en el discernimiento, tanto en los
institutos como en las Iglesias locales, preocupándose también por separar lo
que compete al fuero externo y al interno, según la larga práctica de prudencia
de la Iglesia. Sin embargo, respetando la autonomía propia de toda comunidad
religiosa, corresponde a los obispos, en la medida de lo posible, acoger,
asistir y sostener a todos los institutos religiosos presentes en la diócesis, y
a estos últimos colaborar con confianza, cada uno según su carisma, en la misión
de la Iglesia diocesana. En todo tiempo, pero especialmente en los períodos
difíciles, conviene que todos los fieles se unan para edificar la Iglesia y para
ser, en el mundo, los signos visibles de la unidad del pueblo de Dios en torno a
los pastores. Así la misión de la Iglesia diocesana ganará en cohesión y en
impulso apostólico.
7. Muchos de vosotros subrayáis el importante papel que desempeñan las
comunidades de vida contemplativa en vuestras diócesis, en virtud del
testimonio y de la oración, elevando el mundo a Dios y participando en la
misión, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, a ejemplo de santa Teresa de
Lisieux. Esos lugares privilegiados de irradiación y acogida contribuyen a la
fecundidad apostólica de las parroquias, de los movimientos y de los servicios,
y son para numerosos jóvenes y adultos puntos de referencia y espacios en los
que pueden encontrar orientaciones sólidas para construir y fortalecer su vida
humana y espiritual, y para una experiencia fuerte del Absoluto de Dios, así
como oasis de paz y de silencio en una sociedad trepidante. Muchos jóvenes han
encontrado en los monasterios tiempo para escuchar la llamada de Dios y para
prepararse a responder a ella. Los monasterios desempeñan también un papel
valioso para los obispos y los sacerdotes, que pueden recuperar sus fuerzas
espirituales y encontrar allí lugares fraternos. Sé que esas comunidades están
bien insertadas en las diócesis, acogiendo en particular a personas que van a
hacer retiros, a numerosos grupos de niños y jóvenes que acuden a reflexionar
sobre su fe, a aprender a orar o a prepararse para recibir un sacramento de la
Iglesia. Desde esta perspectiva, exhorto a las comunidades monásticas a estar
particularmente atentas a la petición de formación espiritual de los hombres y
las mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de la juventud. Me alegra saber que,
en numerosos monasterios, conservando la clausura, monjes y monjas se preocupan
por ser guías espirituales de las personas que llaman a la puerta de su casa.
Deseo que las comunidades de orantes y contemplativos prosigan su testimonio en
el seno de las diócesis, invitando a los fieles a enraizar su vida y su acción
en la oración, fuente de todo impulso misionero.
8. Conozco la generosidad de numerosos jóvenes en vuestras diócesis, y
estoy seguro de que el Señor sigue trabajando en su corazón para que respondan
con generosidad a su llamada específica. Hoy quiero animarlos a no tener miedo
de entregarse a Cristo pobre, casto y obediente, en la vida consagrada, camino
de felicidad y de libertad verdadera, y decirles de nuevo con fuerza y
convicción: "Si sentís la llamada del Señor, no la rechacéis. Entrad, más bien,
con valentía en las grandes corrientes de santidad que insignes santos y santas
han iniciado siguiendo a Cristo. Cultivad los anhelos característicos de vuestra
edad, pero responded con prontitud al proyecto de Dios sobre vosotros, si él os
invita a buscar la santidad en la vida consagrada" (Vita consecrata, 106). Ojalá que las diócesis, por su parte, jamás dejen de llamar a la vida
consagrada.
Os invito a tener siempre una mirada vigilante y una atención renovada a los
jóvenes que desean comprometerse en la vida religiosa. A menudo, su
experiencia eclesial es reciente. Por eso, es necesario darles una sólida
formación humana, intelectual, moral, espiritual, comunitaria y pastoral, que
los prepare para consagrarse totalmente a Dios en la sequela Christi. Con
este espíritu, los inter-noviciados instituidos permiten formar a un número
mayor de jóvenes, dando un dinamismo evidente a su camino y permitiéndoles
conocerse y confrontarse en su elección de vida. Muchas congregaciones también
han acogido a jóvenes extranjeros, procedentes de África, Asia o América Latina.
Esto constituye un signo evidente del carácter universal de la Iglesia. Pero
tenéis una viva conciencia de las dificultades que esto puede implicar, en
particular el posible atractivo de la vida occidental en detrimento de la misión
en su Iglesia local. No me cansaré nunca de invitar a las congregaciones a
instituir casas de formación en los países donde las vocaciones son más
numerosas, a fin de no separar demasiado bruscamente a los jóvenes de su
ambiente cultural, con vistas a prepararlos para su misión específica en su
país, donde las necesidades son numerosas.
9. Al final de nuestro encuentro, queridos hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio, quiero animaros a proseguir con ardor y celo la apasionante misión
de guiar al pueblo que el Señor os ha confiado. Hoy, más que nunca, la Iglesia
necesita testigos auténticos que manifiesten que el radicalismo evangélico es
fuente de felicidad y de libertad. Llevad a los sacerdotes, a los diáconos y a
todos los laicos de vuestras diócesis mi saludo afectuoso y mi oración
ferviente, confirmándoles mi confianza y mi estímulo en el trabajo que realizan
al servicio de la Iglesia. Renuevo mi saludo cordial a todas las personas
consagradas: a los contemplativos, a los miembros de congregaciones e
institutos de vida religiosa apostólica, de institutos seculares, de sociedades
de vida apostólica y de las nuevas comunidades, confirmándoles mi estima por el
insustituible testimonio de gratuidad, fraternidad y esperanza que dan, no sólo
a la Iglesia, sino también a la sociedad entera, siendo los signos proféticos
del amor del Señor, que quiere transformar el corazón del hombre para hacerlo
cada vez más conforme a su vocación. Aseguro también mi cercanía espiritual a
los religiosos y religiosas ancianos o enfermos que, con su testimonio de
santidad y oración, pero también con su experiencia y su sabiduría, participan
en gran medida en la fecundidad misionera de sus institutos y de la Iglesia
entera. María, que acogió a Cristo con una respuesta de amor y de entrega total
a la voluntad del Padre, os sostenga con su solicitud materna. Mi saludo
afectuoso va también a todas las personas que, durante las semanas pasadas, han
sido damnificadas por las graves inundaciones que se han producido en el sur de
Francia. Os pido que les aseguréis mi oración y mi cercanía espiritual. A todos
vosotros, y a todos vuestros diocesanos, imparto de todo corazón la bendición
apostólica.
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