1. Con profunda alegría os dirijo mi saludo a vosotros,
amadísimos hermanos, y con sentimientos de caridad fraterna acojo, junto a
las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, a vuestra delegación. A
través de vosotros saludo al venerado patriarca Pavle con el Santo Sínodo,
así como a todos los obispos, al clero, a los monjes y a los fieles de
vuestra santa Iglesia.
2. La presencia de vuestra delegación en Roma y nuestro encuentro de
hoy, que se realiza al inicio del tercer milenio, no sólo tienen gran
significado, sino que también nos colman de esperanza a todos. En efecto, el
último decenio del siglo XX se caracterizó por muchos acontecimientos
dolorosos, que causaron indecibles sufrimientos a numerosas poblaciones de los
Balcanes. Por desgracia, no faltaron injusticias, y sus autores no dudaron en
recurrir a la instrumentalización de los sentimientos y de los valores
religiosos y patrióticos para herir más a fondo a su prójimo.
Las Iglesias han cumplido su deber de exhortar a todas las partes en conflicto
a la paz, al restablecimiento de la justicia y al respeto de los derechos de
cada persona, prescindiendo de su pertenencia étnica o de su creencia
religiosa. Como es sabido, también la Santa Sede, sin equívocos y con
imparcialidad, ha elevado a menudo su voz, y yo personalmente lo hice antes y
durante las acciones que afectaron en particular a las poblaciones de vuestro
país en 1999.
3. El pasado reciente ha influido profundamente en la memoria de los
hombres; ha creado mucha confusión en los juicios, y un gran sufrimiento en
los que han padecido lutos dolorosos o han debido abandonar todo lo que poseían.
Las Iglesias tienen la tarea de actuar según el modelo del buen samaritano.
Deben aliviar los sufrimientos comunes, curar las heridas y promover la
purificación de la memoria, para que brote un perdón sincero y una
colaboración fraterna. Me alegra que ya se hayan puesto en marcha diversas
iniciativas en este sentido, y deseo que continúe su realización, gracias a
la contribución generosa de todos, tanto a nivel local en vuestro país como
también a nivel regional. Por lo que respecta a la Iglesia católica, también
ella presente en Serbia y en los países limítrofes, os aseguro que no eludirá
este deber y aportará su contribución.
4. Hoy, las Iglesias afrontan nuevas exigencias y desafíos, que derivan
de una irrefrenable transformación del continente europeo. A veces se pone en
tela de juicio la identidad cristiana de Europa, plasmada en sus raíces por
las dos tradiciones: occidental y oriental. Esto no puede menos de
impulsarnos a buscar y promover toda forma de colaboración que permita a los
ortodoxos y a los católicos dar juntos un testimonio vivo y convincente de su
tradición común. Este testimonio no sólo resultará eficaz en la afirmación
de los valores evangélicos como la paz, la dignidad de la persona, la defensa
de la vida y la justicia en la sociedad de hoy, sino también en el
acercamiento y en la consolidación de la fraternidad que debería
caracterizar las relaciones eclesiales entre católicos y ortodoxos.
Vuestra Iglesia, a lo largo de los siglos, incluso en medio de grandes
adversidades, se ha comprometido en la difusión del Evangelio en el pueblo
serbio, contribuyendo de este modo a la promoción de la identidad cristiana
de Europa. Fiel a la tradición apostólica, ha proclamado con perseverancia
la buena nueva de la salvación, imprimiendo en la sociedad serbia una fuerte
huella cultural que aflora, entre otras cosas, en la sugestiva arquitectura de
iglesias y monasterios. Esta herencia no os pertenece sólo a vosotros; todos
los demás cristianos también se sienten orgullosos de ella. Mi deseo y mi
esperanza es que Europa encuentre los medios adecuados para preservarla
dondequiera que haya florecido y crezca.
5. Amadísimos hermanos, os agradezco vuestra visita. Es para mí un
signo de que el Espíritu de Dios guía a la Iglesia hacia el restablecimiento
de la unidad de todos los discípulos de Cristo por la que él rogó la víspera
de su muerte. Pidamos al Señor que nos dé la fuerza para seguir recorriendo
este camino con confianza, paciencia y valentía. Os pido que transmitáis mi
saludo cordial y fraterno a Su Beatitud el patriarca Pavle y a vuestra Iglesia
en todos sus componentes. En cuanto a vosotros, os aseguro mi oración para
que el Señor, que guía nuestros pasos, os acompañe durante esta visita,
motivo de esperanza para el crecimiento de nuestras relaciones recíprocas.
El jueves 6 de febrero, Juan Pablo II recibió en audiencia, en su biblioteca
privada, a una delegación del Santo Sínodo del Patriarcado ortodoxo de Serbia,
que vino a Roma para encontrarse con los diferentes dicasterios de la Curia
romana, a fin de establecer un diálogo profundo cristiano, e intercambiar
experiencias para afrontar los problemas de hoy, y orar juntos por la paz en el
mundo y por la unidad de las Iglesias. La encabezaba S. E. Amfilohije,
metropolita de Montenegro, quien al comienzo del encuentro pronunció unas
palabras en las que transmitió el saludo del patriarca Pavle y del Santo Sínodo
de la Iglesia local. El Santo Padre pronunció el discurso que publicamos.