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DISCURSO DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO AL DUODÉCIMO GRUPO DE OBISPOS DE BRASIL EN VISITA "AD
LIMINA"
Viernes 7 de febrero de 2003
Venerados hermanos en el episcopado:
1. Sed bienvenidos a la casa del Sucesor de Pedro en esta visita ad
limina Apostolorum, testimonio visible de la colegialidad episcopal de la
Iglesia. Os saludo fraternalmente a cada uno de vosotros y a monseñor Jayme
Henrique Chemello, presidente de la Conferencia nacional de los obispos de
Brasil. Deseo agradecer de corazón las palabras del señor cardenal José
Freire Falcão, arzobispo de Brasilia, que me ha transmitido los buenos
sentimientos que os animan y los desafíos pastorales de las regiones
centro-oeste y norte 2.
Al observar el mapa de vuestros Estados, desde Goiás hasta las fronteras
internacionales del norte de Brasil, pasando por Tocantins Pará y Amapá, puedo
imaginar las dificultades que tenéis para cumplir vuestra misión de pastores
de aquellas inmensas regiones. Ser obispo nunca ha sido fácil, y hoy supone
obligaciones, compromisos y dificultades que, por doquier y en circunstancias
muchas veces imprevistas, constituyen obstáculos enormes, complejos y a veces
humanamente insuperables. Sin embargo, es Dios quien os llama a servir, con
sentido de responsabilidad, al pueblo que os ha sido confiado, y nunca dejará
de sostener y acompañar a cuantos escogió, con la certeza de que los fieles,
"experimentando este servicio, glorifican a Dios por vuestra obediencia en
la profesión del evangelio de Cristo y por la generosidad de vuestra comunión
con ellos y con todos" (2 Co 9, 13).
2. Sin negar las diversidades específicas de cada diócesis, existen
situaciones y problemas que exigen una acción pastoral concorde para desempeñar,
en la unidad y en la caridad, "algunas funciones pastorales (...) para
promover, conforme a la norma del derecho, el mayor bien que la Iglesia
proporciona a los hombres, sobre todo mediante formas y modos de apostolado
convenientemente acomodados a las peculiares circunstancias de tiempo y de
lugar" (Apostolos suos, 14). Me conforta saber que esta es vuestra
experiencia y también el compromiso de vuestra Conferencia episcopal: una
larga y fecunda experiencia de comunión y de corresponsabilidad, que está
ayudando a vuestras diócesis a unir sus esfuerzos en favor de la evangelización,
dando vida a un organismo de comunión episcopal, para que los pastores de un
determinado territorio puedan renovar su afecto colegial en el ejercicio
de algunas funciones, inspirados por la solicitud pastoral común.
Desde su inicio, en 1952, la Conferencia nacional de los obispos de Brasil está
realizando esta misión, con numerosas iniciativas destinadas no sólo a
perfeccionar su organización, sino también a testimoniar la presencia del
Redentor y su mensaje salvador en medio de los hombres. Esta ha sido la
constatación al concluirse las celebraciones de las bodas de oro de la
institución. La Conferencia de los obispos ha ayudado a la Iglesia que está en
Brasil a permanecer al lado del pueblo, comprendiendo su situación y asumiendo
sus causas.
Esto nos lleva también a recordar la importancia de que, si la Iglesia necesita
estar cerca del pueblo, como hizo Jesús al recorrer los caminos de Palestina
para ir al encuentro de las almas, debe sobre todo acercar a Jesús al pueblo,
dándolo a conocer, haciendo que la gracia, que brotó de su costado abierto,
como fuente de agua viva, llegue a los corazones que anhelan la gloria del reino
de los cielos. La Iglesia, como instrumento de salvación, ha recibido de
Cristo, a través de los Apóstoles, la misión vital de "ir por todo el
mundo y proclamar la buena nueva a toda la creación", recordando que
"el que crea y sea bautizado, se salvará; y el que no crea, se condenará"
(Mc 16, 16).
Vuestra misión, venerados hermanos en el episcopado, asume entonces un carácter
propio y específico a la hora de decidir los diversos enfoques de la pastoral
y, más ampliamente, de la evangelización. Como sucesores de los Apóstoles,
habéis recibido la luz que viene de lo alto, mediante la consagración
episcopal: "El Señor Jesús, después de orar al Padre, llamó a sí
a los que quiso y designó a doce para que vivieran con él. (...). Con estos Apóstoles
formó una especie de colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a
Pedro lo puso al frente de él. Los envió, en primer lugar, a los hijos de
Israel, luego a todos los pueblos, para que, participando de su potestad,
hicieran a todos los pueblos sus discípulos, los santificaran y los gobernaran
y así extendieran la Iglesia" (Lumen gentium, 19).
Por la consagración sacramental y la comunión jerárquica con la Cabeza y los
miembros, el obispo se convierte en miembro del Colegio episcopal y, por tanto,
participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. ib., 23), para ser
maestro de la doctrina, sacerdote del culto sagrado y ministro para el gobierno
(cf. Código de derecho canónico, c. 375). En efecto, su tarea primaria
es gobernar la diócesis que le ha sido encomendada, consciente de que de ese
modo "contribuye eficazmente al bien de todo el Cuerpo místico, que es
también el cuerpo de las Iglesias" (Lumen gentium, 23). Sin
embargo, todos saben que son bastantes las ocasiones en las que los obispos no
consiguen realizar adecuadamente su misión, "si no realizan su trabajo de
mutuo acuerdo y con mayor coordinación, en unión cada vez más estrecha con
otros obispos" (Apostolos suos, 15).
Esta es la razón por la cual hoy las conferencias episcopales cooperan con una
ayuda fecunda y diversificada para dar vida, de modo efectivo y concreto, a la
unión colegial o collegialis affectus entre los obispos. La unión con
los hermanos en el episcopado, con los que cada uno se encuentra
especialmente vinculado, muchas veces por la proximidad geográfica y por
bastantes problemas pastorales comunes, sirve de vínculo para el bien común de
la diócesis que le ha sido encomendada; en caso contrario, su pastor no podría
cumplir eficazmente su misión. Pienso, por ejemplo, en la importante cuestión
de la formación de los candidatos al sacerdocio. La necesidad de encontrar
vocaciones firmes y seguras ha exigido de vuestras Iglesias particulares un
renovado esfuerzo y un dispendio de energías. Expreso mis mejores deseos de que
el Año vocacional, promovido por la Conferencia episcopal, se corone con
éxito, para lo cual contáis desde ahora con mi apoyo y con la seguridad de mis
oraciones al Todopoderoso.
3. Se puede afirmar, por tanto, que la tarea pastoral del obispo en su diócesis
incluye necesariamente la participación activa en los trabajos de la
Conferencia episcopal, configurando al mismo tiempo sus límites: límites
por parte de la Conferencia, que debe ocuparse de los asuntos que requieren su
orientación, de acuerdo con sus Estatutos, para el bien del conjunto de las diócesis;
y límites también por parte de la dedicación personal de cada obispo, según
la importancia de los problemas que deben tratarse en la Conferencia, o sea, de
acuerdo con los beneficios que redundarán para todas las diócesis.
Con todo, tened en cuenta que el exceso de organismos y de reuniones, obligando
a muchos obispos a permanecer frecuentemente fuera de sus Iglesias particulares,
además de ser contrario a la "ley de residencia" (Código de
derecho canónico, c. 395), tiene consecuencias negativas tanto en el acompañamiento
de su presbiterio como en otros aspectos pastorales, como podría ser en el caso
de la penetración de las sectas.
Por eso, se ha indicado explícitamente la necesidad de evitar, además de la
excesiva multiplicación de organismos, la burocratización de los órganos
subsidiarios y de las comisiones que siguen operativos en los períodos entre
las reuniones plenarias; así pues, estos órganos "existen para ayudar a
los obispos y no para sustituirlos" (Apostolos suos, 18).
4. En el cumplimiento de esta misión, al dirigirme a mis hermanos en el
episcopado, a través de la carta apostólica, en forma de motu proprio, "Apostolos
suos", puse de relieve que la "unión colegial del episcopado
manifiesta la naturaleza de la Iglesia que, siendo en la tierra
semilla e inicio del reino de Dios, "es -citando al concilio Vaticano II (Lumen
gentium, 9)- un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación
para todo el género humano"" (n. 8).
Quisiera, además, recordar aquí con satisfacción el espíritu que anima a la
Conferencia nacional de los obispos de Brasil, también como fruto de la
reciente revisión de sus Estatutos. Al empeñaros en "fomentar una sólida
comunión entre los obispos (...) y promover siempre una mayor participación de
ellos en la Conferencia" (cap. I, art. 2), habéis querido reafirmar la
tradición apostólica mantenida siempre a lo largo de la vida de la Iglesia,
desde su constitución.
No me es desconocida la amplitud de la Iglesia en Brasil, que se encuentra entre
las mayores del mundo católico. Las diecisiete regiones que la forman, cada una
de las cuales con un numeroso grupo de diócesis y a veces de prelaturas, eparquías,
un exarcado, abadías territoriales, un ordinariato militar y otro para los
fieles de rito oriental, y una administración apostólica personal, nos
muestran el inmenso y exigente panorama de trabajo que os depara y la continua
preocupación por mantener unido el proceso evangelizador.
Esta estructuración debe estar al servicio de la Conferencia y de cada uno de
los Ordinarios locales, para poner en práctica las decisiones de la asamblea
general y, cuando sea el caso, del Consejo permanente como "órgano de
orientación y acompañamiento de la actuación de la Conferencia
episcopal" (cap. V, art. 46). Por eso, confío en vuestro celo pastoral, a
fin de que se evite cualquier discrepancia relativa a las normas estatutarias
aprobadas.
5. La dimensión continental de Brasil requiere una atención renovada a
fin de que llegue a todos la certeza por la que Cristo instituyó el pueblo de
Dios, "para ser una comunión de vida, de amor y de verdad" (Lumen
gentium, 9). El pueblo de Dios se presenta como una comunidad, en la medida
en que sus miembros poseen y participan de los mismos "bienes", que
sirven para identificarlo y distinguirlo de los demás grupos
sociales. San Pablo resume los bienes que contribuyen a constituir al pueblo de
Dios, proclamando que los seguidores de Cristo tienen "un solo Señor, una
sola fe, un solo bautismo" (Ef 4, 5).
Todos tienen derecho a recibir de forma unitaria y homogénea no sólo la verdad
revelada, sino también el pensamiento común del Episcopado nacional, a través
de las declaraciones hechas en nombre de la Conferencia de los obispos. Por eso,
apelo a vuestro sentido de responsabilidad en los pronunciamientos realizados a
través de los medios de comunicación social, en representación de la misma
Conferencia. El hecho de que una comunicación sea de entera responsabilidad
personal, en conformidad con las indicaciones de vuestros Estatutos (cf. cap.
IV, art. 131), no exime de la coherencia doctrinal y de la fidelidad al
magisterio de la Iglesia.
6. Como maestros en la fe y dispensadores de los misterios de Dios, necesitáis
una sintonía aún mayor cuando se trata de analizar, en los diversos organismos
de la Conferencia episcopal, asuntos de dimensión nacional que repercuten en
las diferentes pastorales diocesanas.
La Conferencia episcopal tiene una responsabilidad propia en el ámbito de su
competencia, pero "sus decisiones repercuten sin duda en la Iglesia
universal. El ministerio petrino del Obispo de Roma sigue siendo el garante de
la sincronización de la actividad de las Conferencias con la vida y la enseñanza
de la Iglesia universal" (Audiencia general, 7 de octubre de 1992,
n. 8: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de
octubre de 1992, p. 3). A su vez, en el ámbito de la competencia de cada
organismo que compone vuestra Conferencia, compete al obispo un diligente y
atento examen de las materias que se le someten, no pudiendo eximirse, por falta
de tiempo, del análisis objetivo de los asuntos. Como
"testigos de la verdad divina y católica", los obispos "son
también maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad
de Cristo. Ellos predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer
y que hay que llevar a la práctica" (Lumen gentium, 25).
A esta exigencia se debe añadir también la correcta aplicación, en cada caso,
de las normas del derecho de la Iglesia, tanto occidental como oriental. Si, por
un lado, existe teóricamente un acuerdo bastante extendido de concebir el
derecho en la Iglesia a la luz del misterio revelado, como indicó el concilio
Vaticano II (cf. Optatam totius, 16); por otro, persiste aún la idea de
un cierto legalismo que, en la práctica, reduce ese derecho a un conjunto de
leyes eclesiásticas, poco teológicas y poco pastorales, contrarias en sí a la
libertad de los hijos de Dios. Esta visión es ciertamente inadecuada, dado que,
como ya he dicho, incluso recientemente, "las normas canónicas se refieren
a una realidad que las trasciende" y comprende "aspectos esenciales y
permanentes en los que se concreta el derecho divino" (Discurso al
Consejo pontificio para los textos legislativos, 24 de enero de 2003, n. 2:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de enero de 2003,
p. 8). Por eso, es necesario considerar que la acción pastoral no puede
reducirse a un cierto pastoralismo, entendido en el sentido de desconocer
o atenuar otras dimensiones esenciales del misterio cristiano, entre ellas la
jurídica. Si la pastoral diluye cualquier obligación jurídica, relativiza la
obediencia eclesial, privando de sentido las normas canónicas. La verdadera
pastoral jamás podrá ser contraria al verdadero derecho de la Iglesia.
7. Venerados hermanos, es una gracia saberse y sentirse unidos, cercanos
unos de otros, decididos a caminar y trabajar juntos, sobre todo cuando se
afrontan muchas fuerzas contrarias, fuerzas de división que tratan de separar o
incluso de contraponer entre sí a hermanos llamados antes a vivir unidos.
Proseguid vuestro camino, buscando siempre una sintonía fraterna en el ámbito
de vuestra Conferencia episcopal y con el Sucesor de Pedro que, en este momento,
renueva su abrazo de comunión con todos, también con los que han estado aquí,
desde el año pasado, en visita ad limina. Por ser este el último grupo
previsto del Episcopado brasileño, os expreso mis mejores deseos de paz y
fraternidad, con la esperanza de que sigáis construyendo la unidad en la
verdad y en la caridad y para que, juntos, respondáis a los grandes desafíos
de la hora actual.
Al concluir este encuentro, dirijo mi pensamiento a la Virgen Aparecida, Madre
de vuestras comunidades cristianas y patrona de la gran nación brasileña. A
ella os encomiendo a todos vosotros y a vuestros sacerdotes, religiosos y
religiosas, así como a los fieles laicos de vuestras diócesis, y os imparto de
corazón mi bendición apostólica.
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