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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE FRANCISCANOS DE POLONIA


Martes 11 de febrero de 2003

 

 

Queridos hermanos en el episcopado,
venerados padres,
queridos hermanos bernardinos:
 

Os doy mi cordial bienvenida a todos. Habéis llegado a Roma, visitando a lo largo de vuestro itinerario las tumbas de san Francisco y de san Bernardino de Siena, para dar gracias a Dios, aquí, ante las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, por los 550 años de la presencia de los Frailes Menores (bernardinos) en tierra polaca. Me uno de buen grado a esta acción de gracias, porque sé cuánto bien ha hecho y cuán profundamente se ha insertado en nuestra espiritualidad y en nuestra cultura nativas.

Este jubileo está vinculado a la fundación del convento de Cracovia. Son muy queridos para mí aquel convento y aquella basílica de la calle Bernardynska. Durante mi juventud iba muchas veces allí; lo mismo hice más tarde como sacerdote y, por último, como obispo de Cracovia. También han sido numerosos mis encuentros con vuestra comunidad. De modo particular, han quedado grabados en mi memoria el encuentro y el simposio científico que se desarrollaron en el ámbito del jubileo de san Francisco, en abril de 1976. Recuerdo que dije entonces, al inaugurar el congreso:  "Debemos orar mucho para obtener un Francisco de nuestros tiempos. Quizá no sólo uno, sino muchos. Vivimos en una época en la que el concilio Vaticano II nos ha revelado ampliamente la dimensión del pueblo de Dios. Por tanto, en nuestros tiempos democráticos, tal vez sea necesario que san Francisco llegue a ser el modelo de todos nosotros:  de toda la Iglesia en Polonia".

Creo que estas palabras no han perdido nada de su actualidad. Más aún, tenemos la impresión de que el hombre y el mundo del inicio del tercer milenio esperan, quizá hoy más que nunca, que los impregne el espíritu de san Francisco. El hombre de hoy necesita la fe, la esperanza y la caridad de san Francisco; necesita la alegría que brota de la pobreza de espíritu, es decir, de una libertad interior; quiere aprender nuevamente el amor a todo lo que Dios ha creado; y necesita, por último, que en las familias, en las sociedades y entre las naciones reinen la paz y el bien. Esto es lo que necesitan Polonia, Ucrania y el mundo entero.

Por eso, vuestra comunidad, al celebrar el jubileo, a la vez que dirige su mirada al pasado y da gracias a Dios por todos los bienes recibidos en el tiempo transcurrido, de modo particular debe mirar también al futuro. Debéis pedir a Dios que os convierta cada vez más plenamente en testigos del espíritu de san Francisco. Para obtener esto, oro juntamente con vosotros. Y, dado que estamos viviendo el Año del santo Rosario, lo hago por intercesión de María, invocando a san Bernardino de Siena, vuestro protector y patrono, que fue muy devoto de ella.

Doy gracias a Dios también por los diez años de la Custodia de San Miguel Arcángel en Ucrania. No es un gran jubileo, pero es importante; constituye la invitación a una gran acción de gracias por todo el bien que ha producido al amado pueblo de Dios en Ucrania, gracias a vuestro ministerio perseverante y generoso.

Agradezco una vez más la acogida que me brindó la provincia de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María en el santuario de Kalwaria Zebrzydowska. Deseo que vuestra comunidad crezca en número y en gracia, y que la intercesión y el ejemplo de vuestros santos patronos, Francisco y Bernardino, os sostengan por los caminos de la santidad.

También deseo saludar de corazón a los profesores y a los alumnos del seminario Mundelein, de Chicago.

Dios os bendiga.

 

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