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 MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A SU BEATITUD CRISTÓDULOS,
ARZOBISPO DE ATENAS Y DE TODA GRECIA

 

A Su Beatitud
CRISTÓDULOS
Arzobispo de Atenas
y de toda Grecia


"Permaneced en el amor fraterno. No os olvidéis de la hospitalidad" (Hb 13, 1-2).

Al recordar de nuevo esta exhortación de la carta a los Hebreos a construir nuestros vínculos sobre ese amor fraterno que debemos albergar los unos hacia los otros, me alegra enviarle, Beatitud, este mensaje por medio del cardenal Walter Kasper y de la delegación de la Santa Sede, que visita a la Iglesia ortodoxa de Grecia. Con este gesto, los representantes de la Santa Sede, invitados por Su Beatitud a Atenas, quieren devolver la grata visita de la delegación del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa de Grecia a Roma en marzo del año pasado. También es un signo concreto de nuestra voluntad de perseverar en el amor fraterno. No olvidamos el deber de hospitalidad, que debe distinguir las relaciones entre los cristianos. Dondequiera que se encuentren, pueden reunirse y redescubrirse hermanos en Cristo. Pueden, juntos, recomenzar desde Cristo.

Por tanto, la delegación de la Santa Sede podrá reanudar los contenidos que propusimos juntos a la consideración de Europa en nuestra Declaración común en el Areópago de Atenas, el 4 de mayo de 2001, y continuar los intercambios fecundos entre los representantes de los diversos dicasterios e instituciones de la Santa Sede, realizados en marzo del año pasado en Roma. Todo esto es para mí motivo de alegría y satisfacción. La Iglesia católica sabe que tiene una misión que cumplir en el continente europeo, en este momento histórico, y la responsabilidad que siente coincide con la de la Iglesia ortodoxa de Grecia. Esta responsabilidad constituye un terreno común en el que se puede desarrollar nuestra colaboración recíproca. El futuro de Europa es tan importante, que nos impulsa a superar nuestro pasado de divisiones, incomprensiones y alejamiento recíproco. Lo que está en juego es la promoción en Europa, hic et nunc, de todos los valores humanos y también de los religiosos, del reconocimiento de las Iglesias y comunidades eclesiales, de la tutela del carácter sagrado de la vida y de la salvaguardia de la creación. Nos mueve la profunda convicción de que el "viejo" continente no debe dilapidar la riqueza cristiana de su patrimonio cultural y no debe perder nada de lo que hizo grande su pasado. Sentimos la necesidad de dar un aspecto nuevo, más eficaz, a nuestro testimonio de fe, de modo que las raíces cristianas de Europa revivan con una savia nueva, la savia de un testimonio nuestro más concorde. Esta colaboración, que hemos de desarrollar y aumentar, podría ser uno de los remedios eficaces contra el relativismo ideológico tan difundido en Europa, contra un pluralismo ético que ignora los valores perennes, y contra una forma de globalización que deja insatisfecho al hombre, puesto que elimina las legítimas diferencias, que han permitido la difusión de tantos tesoros en el Oriente y en el Occidente europeos. Nos corresponde a nosotros trabajar juntos para alcanzar estos importantes y urgentes objetivos.

Beatitud, deseo que este nuevo contacto suscite formas concretas de cooperación entre nosotros. La Iglesia de Roma está dispuesta a la colaboración recíproca, consciente de la necesidad de integrar las tradiciones griega, latina y eslava de la Europa de hoy, para que todo se articule en un conjunto armonioso.

Con estos sentimientos, aseguro a Su Beatitud mi caridad fraterna.

Vaticano, 8 de febrero de 2003

 

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