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DISCURSO DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL CAPÍTULO DE LAS HIJAS DE MARÍA SANTÍSIMA DEL HUERTO
Lunes 17 de febrero de 2003
1. Me alegra dirigirle mi cordial saludo a usted, reverenda madre, al
consejo general y a las religiosas que se han reunido en Roma para el XVII capítulo
general de ese instituto. A cada una manifiesto mi cercanía espiritual y
aseguro mi recuerdo en la oración. Deseo, además, enviar a todas las Hijas de
María Santísima del Huerto esparcidas por el mundo una palabra especial de
aliento, invitándolas a proseguir en su testimonio de vida consagrada y a
trabajar generosamente en sus diversas actividades pastorales, educativas y
asistenciales.
El tema que guía las reflexiones y el intercambio de experiencias de estos días
es muy estimulante: "Consagradas y enviadas al servicio del
Reino". Os impulsa, queridas hermanas, a volver a las raíces de vuestro
carisma para confrontarlas con las exigencias actuales, en un mundo en continua
evolución. La inspiración originaria que llevó a vuestro fundador, en
la primera mitad del siglo XIX, a dar inicio, en Chiávari,
a una institución religiosa esencialmente orientada al servicio de la persona,
sigue ofreciéndoos hoy motivos válidos para un renovado impulso en la misión
educativa y caritativa.
2. San Antonio María Gianelli vivió con vigor y pasión su misión al
servicio del reino de Dios. Solía repetir: "Dios, Dios, Dios
solo". Toda su acción estaba animada por el ardiente anhelo de pertenecer
a Cristo. Deseaba servir al Señor en los pobres, en los enfermos y en las
personas sin instrucción, así como en los que aún no conocían o no habían
encontrado a Dios en su existencia. Abría su corazón a la acogida de los
hermanos y se interesaba por toda persona. Sus enseñanzas se encuentran bien
expresadas en vuestras Constituciones, que delinean el estilo típico de vuestra
familia religiosa: fidelidad al carisma, viviendo en vigilante caridad
evangélica, olvidando el propio interés y las propias comodidades; estar
atentas a las necesidades de los tiempos, alegrándoos de haceros todas a todos
mediante un compromiso que no conozca otro límite que la imposibilidad o la
inoportunidad (cf. n. 2).
3. Proseguid, queridas hermanas, por este camino, poniendo a Cristo en el
centro de vuestra vida y de vuestra misión. Me complace destacar aquí lo que
se dice en una reciente instrucción de la Congregación para los institutos de
vida consagrada y las sociedades de vida apostólica: "Es necesario
recomenzar desde Cristo, porque de él partieron los primeros discípulos en
Galilea; de él, a lo largo de la historia de la Iglesia, han partido hombres y
mujeres de toda condición y cultura que, consagrados por el Espíritu en virtud
de la llamada, por él han dejado su familia y su patria y lo han seguido
incondicionalmente, estando disponibles para el anuncio del Reino y para hacer
el bien a todos (cf. Hch 10, 38)" (Caminar desde Cristo, 21).
Remad mar adentro, queridas hermanas, en el nuevo milenio, con la certeza de que
vuestro apostolado constituye una posibilidad providencial para hacer que
resplandezca en el mundo la gloria de Dios.
El fundamento de vuestra actividad debe ser el amor, que para vuestro fundador
constituye, con razón, un principio pedagógico indispensable. Recomendaba a
sus hijas espirituales: "Procuren, en primer lugar, amar de verdad y
demostrar un gran amor a las jóvenes que se les confían, porque nadie ama a
quien no ama; y si no las aman, ni siquiera irán a la escuela, o no estarán a
gusto con ellas y no aprenderán ni la mitad de lo que aprenderían amando a sus
maestras y sintiéndose amadas por ellas".
4. La pobreza, aceptada de buen grado y con alegría, es una condición que
facilita y hace más fecundo vuestro testimonio. La pobreza, como solía repetir
san Antonio María Gianelli, ha de ser "el verdadero distintivo de vuestro
instituto". Además del amor fiel a la pobreza, no debe faltar jamás el
espíritu de sacrificio, con la certeza diaria de que una Hija de María
"no puede estar sin cruz".
Sed, asimismo, testigos incansables de esperanza. Entre las virtudes que deben
practicar las Hijas de María Santísima del Huerto, san Antonio María Gianelli
pone de relieve la gran confianza en Dios. Vivir abandonadas a él:
esto os ayudará a que no os turben los fracasos aparentes; al contrario, os
permitirá sostener a las personas angustiadas y desorientadas. Vuestro fundador
exhortaba así a vuestras hermanas de entonces: "Cuando las cosas no
van bien, o incluso cuando van mal, no se turbarán, ni las considerarán un
verdadero mal, sino que se humillarán ante Dios y confiarán en que él sabrá
sacar algún bien de ellas".
5. Reverenda madre, a la vez que le expreso a usted y a las religiosas
capitulares el deseo de un intenso y fecundo trabajo en beneficio de toda la
congregación, exhorto a todas a atesorar la rica experiencia espiritual que
distingue a vuestra familia religiosa. Que vuestra mirada, queridas Hijas de María,
permanezca fija en vuestro fundador y en las hermanas que os han precedido en el
servicio fiel a la Iglesia. Estad convencidas de que también en los momentos
difíciles la divina Providencia no deja de sosteneros eficazmente.
La bienaventurada Virgen del Huerto, vuestra protectora especial, os acompañe a
lo largo del camino de santidad que habéis emprendido, y os ayude a sacar
abundantes frutos de la asamblea capitular. Os aseguro mi oración, e imparto de
corazón a cada una la bendición apostólica, extendiéndola de buen grado
a toda vuestra familia religiosa y a cuantos
encontréis en vuestra actividad.
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