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DISCURSO
DEL PAPA JUAN PABLO II AL UNDÉCIMO GRUPO DE OBISPOS DE BRASIL EN VISITA
"AD LIMINA"
Jueves 23 de enero de 2003
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado:
1. Después de haberme encontrado personalmente con cada uno de vosotros
durante los días pasados, me complace ahora saludaros conjuntamente y, por
medio de vosotros, agradecer a Dios esta ocasión de entrar en contacto con las
comunidades cristianas que representáis, dirigiendo a todas ellas en este
momento un saludo afectuoso y sincero.
Transmitidles, amados hermanos, mis más cordiales sentimientos, asegurando mi
solidaridad espiritual a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a
los laicos cristianos, a los jóvenes, a los enfermos y a todos los miembros del
pueblo de Dios. A monseñor Fernando Antônio Figueiredo, obispo de Santo
Amaro y presidente de la región Sur 1, le agradezco su gentil atención y las
amables palabras que acaba de dirigirme también en vuestro nombre.
2. "Nuestro tiempo -escribí en la encíclica Redemptoris
missio- es
dramático y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la
impresión de ir en busca de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más
en el materialismo consumista, por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de
sentido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y
modos de concentración y de oración. No sólo en las culturas impregnadas de
religiosidad, sino también en las sociedades secularizadas, se busca la dimensión
espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización" (n. 38). Se
trata del fenómeno llamado "vuelta a lo religioso", que, aunque no
carece de ambigüedades, contiene fermentos y estímulos que no hay que
descuidar. Vosotros percibís cuán difundida está esta exigencia de Dios entre
vuestra gente, una población tradicionalmente anclada en los principios
perennes del cristianismo, pero sometida a influencias negativas de diverso
tipo.
El fenómeno de las sectas, que también en vuestras tierras se está
difundiendo con incidencia intermitente de zona a zona y con señales acentuadas
de proselitismo entre las personas más débiles social y culturalmente, ¿no es
un signo concreto de una insatisfecha aspiración a lo sobrenatural? ¿No
constituye para vosotros, pastores, un auténtico desafío a renovar el estilo
de acogida dentro de las comunidades eclesiales y un estímulo apremiante a una
nueva y valiente evangelización, que desarrolle formas adecuadas de catequesis,
sobre todo para los adultos?
Sabéis bien que, en la base de esta difusión, hay también muchas veces una
gran falta de formación religiosa con la consiguiente indecisión acerca de la
necesidad de la fe en Cristo y de la adhesión a la Iglesia instituida por él.
Se tiende a presentar las religiones y las varias experiencias espirituales como
niveladas en un mínimo común denominador, que las haría prácticamente
equivalentes, con el resultado de que toda persona sería libre de recorrer
indiferentemente uno de los muchos caminos propuestos para alcanzar la salvación
deseada. Si a esto se suma el proselitismo audaz, que caracteriza a algún grupo
particularmente activo e invasor de estas sectas, se comprende de inmediato cuán
urgente es hoy sostener la fe de los cristianos, dándoles la posibilidad de una
formación religiosa permanente, para profundizar cada vez mejor su relación
personal con Cristo. Debéis esforzaros principalmente por prevenir ese peligro,
consolidando en los fieles la práctica de la vida cristiana y favoreciendo el
crecimiento del espíritu de auténtica fraternidad en el seno de cada una de
las comunidades eclesiales.
3. Desde Roma seguí con especial interés el desarrollo del XIV Congreso
eucarístico nacional realizado en Campinas, que contó con la participación de
una multitud de brasileños reunidos en torno a la Eucaristía, en presencia de
mi representante y legado especial, el cardenal José Saraiva Martins. Fue,
sobre todo, un momento de comunión, de vitalidad y de esperanzada celebración
de la Iglesia de hoy en Brasil. Expreso mis mejores deseos de que ese
acontecimiento haya despertado la conciencia cristiana del pueblo fiel de
vuestra tierra, animándolo al compromiso de una vida ejemplar que fortalezca
los vínculos de comunión y reconciliación en la fe y en el amor, para ser
también fermento de la renovación interior a la que me referí antes.
En efecto, la Eucaristía es el supremo bien espiritual de la Iglesia, porque
contiene a Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que con su carne da la vida
al mundo (cf. Presbyterorum ordinis, 5). De este modo, como el corazón
da vitalidad a todas las partes del cuerpo humano, también la vida eucarística
llegará -a partir del altar del sacrificio, de la presencia real y de la comunión-
a todas las zonas del cuerpo eclesial, y hará que sus efectos benéficos se
sientan también en los complejos entramados de la sociedad por medio de los
cristianos que prolongan hoy la acción del Redentor en el mundo.
4. Así pues, la Eucaristía debe estar en el centro de la pastoral, para
que irradie su fuerza sobrenatural en todos los ámbitos cristianos, tanto de
evangelización, de catequesis y de múltiple acción caritativa, como en el
empeño de renovación social y de justicia en favor de todos, comenzando por el
respeto a la vida y a los derechos de cada persona, y en el compromiso en favor
de la familia, de la enseñanza en todos los niveles, del recto orden político
y de la promoción de la moralidad pública y privada.
Pero para dar toda su eficacia a la acción eucarística, se debe cuidar
siempre la digna y genuina celebración del misterio, según la doctrina y las
directrices de la Iglesia, como he recordado en diversas ocasiones (cf. Dominicae
Caenae, 12).
En efecto, la Iglesia, en la celebración de la Eucaristía, además de
participar en la eficacia redentora del misterio de Cristo, realiza una pedagogía
de la fe y de la vida a través de la proclamación de la Palabra, de las
oraciones, de los ritos y de todo el simbolismo eclesial de la liturgia. Por
eso, cualquier manipulación de estos elementos incide negativamente en la
pedagogía de la fe; por otro lado, la correcta, activa y coherente participación
litúrgica, según las normas aprobadas por la Iglesia, edifica la fe y la vida
de los fieles.
Quiero, asimismo, exhortaros a conservar la genuina celebración de la liturgia,
esforzándoos para que se sigan las indicaciones de la Santa Sede y las que
competen a vuestra Conferencia episcopal. Recordad, al respecto, que los obispos
tienen el deber de ser "moderadores, promotores y custodios de toda la vida
litúrgica" (Código de derecho canónico, c. 835, 1) en sus
respectivas diócesis.
5. En la línea de este servicio pastoral, desearía proponer a vuestra
consideración algunos temas en los que vengo insistiendo, para dar nuevo
impulso a la evangelización en las comunidades que os han sido encomendadas.
¡Cómo no recordar, ante todo, mi llamamiento a dar "un realce particular
a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la
fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la
semana" (Novo millennio ineunte, 35)! En una época de grandes
manifestaciones populares, movidas a veces por objetivos superficiales, es
necesario restaurar, por la acción de la gracia, el mundo interior de las almas
infinitamente más rico de valores y de esperanzas. "Sí, queridos hermanos
y hermanas -os dije-, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas
escuelas de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente
en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración,
contemplación..." (ib., 33).
Esto significa dar nuevo impulso a los valores de la Eucaristía, tanto en la
santa misa como en las diferentes manifestaciones eucarísticas: congresos, procesiones eucarísticas, adoración del Santísimo, Horas santas,
etc. Es preciso enseñar a orar personalmente, y no a colectivizar la oración.
El encuentro semanal del cristiano con Dios, en la misa y en las otras
manifestaciones litúrgicas, debe llevar a una mayor intimidad con su Señor,
porque el "reino de Dios ya está entre vosotros" (Lc 17, 21),
así como el sacerdote reza juntamente con el pueblo, pidiendo a Dios en el
padrenuestro: "Venga a nosotros tu reino".
Si la liturgia de la Palabra es un "diálogo de Dios con su pueblo",
este "se siente llamado a responder a ese diálogo de amor con la acción
de gracias y la alabanza, pero verificando al mismo tiempo su fidelidad en el
esfuerzo de una continua conversión" (Dies Domini, 41). Los
medios proporcionados para una correcta comprensión de la Eucaristía: la
homilía y la preparación catequística, los folletos del domingo, etc., deben
enriquecer la expectativa del pueblo por este día. En caso contrario, tienden a
vaciar el contenido del sacramento y del mismo mensaje litúrgico. Por eso, la
celebración eucarística no puede y no debe transformarse en una ocasión para
reivindicaciones de índole política, como a veces se sugiere en publicaciones
de ámbito nacional editadas para las misas dominicales.
6. Otro tema de considerable importancia para vuestras diócesis es el de
la religiosidad popular.
El necesario crecimiento en la fe y el testimonio evangélico en la transformación
de las realidades temporales según los designios de Dios, deben llevar a los
fieles de la Iglesia a una participación activa en la vida litúrgica y
sacramental. En efecto, el Concilio nos recuerda que la liturgia es "la
cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de
donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que
todos, hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, (...) participen en el
sacrificio y coman la cena del Señor" (Sacrosanctum Concilium, 10).
De ahí deriva que las acciones litúrgicas en cuanto "celebraciones de la
Iglesia, que es "sacramento de unidad"" (ib., 26), deben
ser reglamentadas únicamente por la autoridad competente (cf. Código de
derecho canónico, c. 838, 4), exigiendo a todos gran fidelidad y respeto a
los ritos y a los textos auténticos. Una errónea aplicación del valor
de la creatividad y de la espontaneidad en las celebraciones, aunque sea típica
de muchas manifestaciones de la vida de vuestro pueblo, no debe alterar los
ritos y los textos, y, mucho menos, el sentido del misterio que se celebra en la
liturgia.
7. Con todo, no desconozco que vuestra pastoral litúrgica convive con
la presencia de varios grupos culturales, que son una manifestación más de la
catolicidad de la Iglesia. Muchos de esos grupos viven en las áreas urbanas,
uno al lado del otro, transformando su cultura en perfecta simbiosis. Este fenómeno
implica una respuesta particularmente sensible, confiada a vuestro criterio y a
vuestra prudencia pastoral.
Como comprenderéis, el respeto a las diversas culturas y la correspondiente
inculturación evangélica abarcan cuestiones que merecen tratarse aparte.
Ciertamente, no es posible omitir aquí la consideración de la cultura
afro-brasileña en el marco más amplio de la evangelización ad gentes,
y que hoy está muy presente en vuestra reflexión teológica y pastoral. Se
trata de la delicada cuestión de la aculturación, especialmente en los ritos
litúrgicos, en el vocabulario y en las expresiones musicales y corporales típicas
de la cultura afro-brasileña. Es bien sabido que la interacción del
cristianismo con las costumbres y las tradiciones africanas ha aportado al
vocabulario, a la sintaxis y a la prosodia de la lengua portuguesa hablada en
Brasil un matiz propio. La presencia del elemento negro en el arte sacro barroco
del período colonial, que ha dejado monumentos arquitectónicos y esculturas
religiosas muy hermosos, y ha insertado la música sacra y profana en los
festejos de la religiosidad popular, ha marcado de modo inconfundible las
expresiones culturales más auténticas de esa sociedad multirracial que es
Brasil.
Con todo, es evidente que acentuar uno de estos elementos formadores de la
cultura brasileña, aislarlo de este proceso interactivo tan enriquecedor, de
modo que fuera casi necesaria la creación de una nueva liturgia propia para las
personas de color, implicaría apartarse de la finalidad específica de la
evangelización. Sería incomprensible dar al rito litúrgico una presentación
externa y una estructuración -en los ornamentos, en el lenguaje, en el canto,
en las ceremonias y en los objetos litúrgicos- basadas en los así llamados
cultos afro-brasileños, sin la rigurosa aplicación de un discernimiento
serio y profundo acerca de su compatibilidad con la verdad revelada por
Jesucristo. Es necesario mantener, por ejemplo, una adecuada y prudente
vigilancia en ciertos ritos que inspiran el acercamiento del augusto misterio
trinitario al panteón de los espíritus y las divinidades de los cultos
africanos, pues se corre el riesgo de modificar las fórmulas sacramentales en
su referencia trinitaria. Más aún, se debe señalar, corrigiéndola
oportunamente, la introducción en el rito sacramental de ritos, cantos y
objetos pertenecientes explícitamente al universo de los cultos afro-brasileños.
La Iglesia católica ve con interés estos cultos, pero considera nocivo el
relativismo concreto de una práctica común de ambos o de una mezcla de ellos,
como si tuvieran el mismo valor, poniendo así en peligro la identidad de la fe
católica. Siente el deber de afirmar que el sincretismo es dañoso cuando pone
en peligro la verdad del rito cristiano y la expresión de la fe, en detrimento
de una evangelización auténtica.
La tarea de adaptación y de inculturación es importante para el futuro de la
renovación de la vida litúrgica. La constitución conciliar sobre la sagrada
liturgia estableció sus principios (cf. nn. 37-40). A su vez, la
instrucción sobre "la liturgia romana y la inculturación" profundizó
el tema y precisó los procedimientos que deben seguir las Conferencias
episcopales, a la luz del Derecho canónico, después de la reforma litúrgica
(cf. Varietates legitimae, 62 y 65-68).
8. En vuestra acción evangelizadora, un sector que merece toda la atención
de la solicitud pastoral es el de las comunidades indígenas. El año
pasado vuestra Conferencia episcopal propuso como tema para la Campaña de
fraternidad: "La fraternidad y los pueblos indígenas". Me
alegra saber que la pastoral diocesana de algunas Iglesias particulares está
contribuyendo decididamente a que las comunidades indígenas tomen mayor
conciencia de su propia identidad, de los valores de sus culturas y del lugar
que deben ocupar en el conjunto de la población brasileña.
La celebración del V centenario de la evangelización de Brasil proporcionó
también la ocasión para renovar el compromiso en favor de la evangelización
de las comunidades indígenas del país. El Evangelio debe seguir penetrando en
la cultura indígena, y hacer posible su expresión en la vida comunitaria, en
la fe y en la liturgia. Aprovecho la ocasión para reafirmar aquí que una
Iglesia viva y unida en torno a sus pastores será la mejor defensa para
afrontar la obra disgregadora que ciertas sectas están realizando en medio
de vuestros fieles, sembrando entre ellos la confusión y desvirtuando el
contenido del mensaje cristiano.
9. Al terminar este encuentro, deseo reiteraros, queridos hermanos, mi
gratitud por los esfuerzos que realizáis en los diferentes campos de la acción
pastoral; por el buen espíritu con que guiáis al pueblo de Dios; y por vuestra
firme voluntad de servir al hombre, a través del anuncio del Evangelio, que
salva a todo aquel que cree en Jesucristo (cf. Rm 1, 16). Animándoos a
proseguir con renovado compromiso en vuestra misión, os pido que llevéis mi
afectuoso saludo y mi bendición a vuestros sacerdotes, así como a los
religiosos, las religiosas y los fieles, en especial a los enfermos, a los
ancianos y a los que sufren por cualquier causa, los cuales
ocupan siempre un lugar particular en el corazón del Papa.
Que Nuestra Señora Aparecida interceda ante el Señor por la santidad de todos
los fieles de Brasil, por la prosperidad de la nación y por el bienestar de
cada una de sus familias. Con estos fervientes deseos, os imparto de corazón la
bendición apostólica.
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