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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CUARTO GRUPO DE OBISPOS DE RITO LATINO
DE LA INDIA EN VISITA "AD LIMINA"


Jueves 3 de julio de 2003

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. En la gracia y en la paz de nuestro Señor Jesucristo os doy cordialmente la bienvenida a vosotros, obispos de las provincias eclesiásticas de Bangalore, Hyderabad y Visakhapatnam, haciendo mío el saludo de san Pablo:  "Doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo, por todos vosotros, pues vuestra fe es alabada en todo el mundo" (Rm 1, 8). En particular, agradezco al arzobispo Pinto los buenos deseos y los amables sentimientos expresados en vuestro nombre, a los que correspondo con afecto, y os aseguro mis oraciones a vosotros y a quienes están encomendados a vuestro cuidado. Vuestra visita ad limina Apostolorum manifiesta la profunda comunión de amor y verdad que une a las Iglesias particulares en la India con el Sucesor de Pedro y sus colaboradores en el servicio a la Iglesia universal. Al "venir a ver a Pedro" (Ga 1, 18), confirmáis vuestra "unidad en la fe, esperanza y caridad, y conocéis y apreciáis cada vez más el inmenso patrimonio de valores espirituales y morales que toda la Iglesia, en comunión con el Obispo de Roma, ha difundido en el mundo entero" (Pastor bonus, Anexo I, 3).

2. Dar testimonio de Jesucristo es "el servicio supremo que la Iglesia puede prestar a los pueblos de Asia" (Ecclesia in Asia, 20). Vivir entre tantas personas que no conocen a Cristo nos convence cada vez más de la necesidad del apostolado misionero. La radical novedad de vida traída por Cristo y vivida por sus seguidores  despierta  en  nosotros la urgencia de la actividad misionera (cf. Redemptoris missio, 7). Esto exige proclamar explícitamente a Jesús como Señor:  un testimonio audaz, basado en su mandato:  "Id y haced discípulos a todas las gentes" (Mt 28, 19), y apoyado en su promesa:  "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). En efecto, en fidelidad a la triple misión de Cristo como sacerdote, profeta y rey, todos los cristianos, de acuerdo con su dignidad bautismal, tienen el derecho y el deber de participar activamente en los esfuerzos misioneros de la Iglesia (cf. Redemptoris missio, 71).

La llamada a una nueva evangelización y a un renovado compromiso misionero que dirigí a toda la Iglesia resuena claramente tanto para vuestras antiguas comunidades cristianas como para las más recientes. La evangelización inicial de los no cristianos y la proclamación continua de Jesús a los bautizados iluminan diferentes aspectos de la misma buena nueva; ambas nacen de un firme compromiso de hacer que Cristo sea cada vez más conocido y amado. Esta obligación tiene su origen sublime en el "amor fontal" del Padre hecho presente en la misión del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Ad gentes, 2). De este modo, todos  los  cristianos  son atraídos hacia el  amor  apremiante de Cristo, del que "no podemos dejar de hablar" (Hch 4, 20), como fuente de la esperanza y de la alegría que nos distingue.

3. Una correcta comprensión de la relación entre la cultura y la fe cristiana es vital para una evangelización eficaz. En vuestro subcontinente indio tratáis con culturas ricas en tradiciones religiosas y filosóficas. En ese ambiente, es esencial la proclamación de Jesucristo como el Hijo de Dios encarnado. Precisamente con esta comprensión de la unicidad de Cristo como segunda persona de la santísima Trinidad, verdadero Dios y verdadero hombre, hay que predicar y abrazar nuestra fe. Cualquier teología de la misión que omita la llamada a una conversión radical a Cristo y niegue la transformación cultural que esta conversión implica necesariamente, tergiversa la realidad de nuestra fe, que es siempre un nuevo comienzo en la vida del único que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).

A este respecto, reafirmamos que el diálogo interreligioso no reemplaza la missio ad gentes, sino que más bien forma parte de él (cf. Congregación para la doctrina de la fe, declaración Dominus Iesus, 2). Del mismo modo, se debe destacar que las explicaciones relativistas del pluralismo religioso, que afirman que la fe cristiana no tiene un valor diferente del de cualquier otra creencia, vacían de hecho al cristianismo del centro cristológico que lo define:  la fe, separada de nuestro Señor Jesucristo como único Salvador, ya no es cristiana, ya no es una fe teológica. Una tergiversación mayor aún de nuestra fe tiene lugar cuando el relativismo lleva al sincretismo:  una "construcción espiritual" artificial que manipula y, por consiguiente, distorsiona la naturaleza esencial, objetiva y reveladora del cristianismo. Lo que hace que la Iglesia sea misionera por su misma naturaleza es precisamente el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo como Hijo de Dios (cf. Dei Verbum, 2). Este es el fundamento de nuestra fe. Esto es lo que hace creíble el testimonio cristiano. Debemos aceptar con alegría y humildad el deber que nos corresponde "a los que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo", es decir, mostrar "a qué grado de interiorización puede llevar la relación con él" (Novo millennio ineunte, 33).

4. Queridos hermanos, vuestras relaciones quinquenales testimonian ampliamente la presencia del Espíritu Santo que vivifica la dimensión misionera de la vida de la Iglesia en vuestras diócesis. A pesar de los obstáculos que encuentran las personas -sobre todo los pobres- que desean abrazar la fe cristiana, los bautizos de adultos son numerosos en muchas de vuestras regiones. De igual modo, es alentador el elevado porcentaje de católicos que asisten a la misa dominical, y el creciente número de laicos que participan debidamente en la liturgia. Estos ejemplos de pronta aceptación del don de Dios de la fe indican también la necesidad de un diligente cuidado pastoral de nuestros fieles. Respondiendo a la aspiración a un nuevo impulso en la vida cristiana, declaré que debemos seguir trabajando firmemente en el programa que ya se halla en el Evangelio y en la Tradición viva, centrado en Cristo mismo (cf. ib., 29).

La razón para desarrollar iniciativas pastorales adaptadas a las circunstancias sociales y culturales de vuestras comunidades, pero firmemente arraigadas en la unicidad de Cristo, es evidente:  "No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos" (2 Co 4, 5). Lejos de ser una cuestión de poder o control, los programas de evangelización y formación de la Iglesia se realizan con la convicción de que "toda persona tiene el derecho de escuchar la buena nueva de Dios, que se revela y se da en Cristo" (Ecclesia in Asia, 20).
En vuestras provincias hay muchos signos de una vida eclesial dinámica, pero también existen desafíos. Una estima más profunda del sacramento de la reconciliación ayudará a disponer espiritualmente a vuestro pueblo para la tarea de "hacer todo lo posible para dar testimonio de la reconciliación y llevarla a cabo en el mundo" (Reconciliatio et paenitentia, 8). Del mismo modo, nuestra enseñanza sobre el matrimonio como signo sagrado de la fidelidad perenne y del amor generoso de Cristo a su Iglesia muestra el valor inestimable de un programa completo de preparación al matrimonio para quienes se disponen a recibir este sacramento y, a través de ellos, para toda la sociedad. Además, las fiestas y devociones vinculadas a los numerosos santuarios dedicados a la Virgen en vuestras regiones, al atraer a miles de seguidores de otras religiones, si quieren convertirse en una puerta hacia una auténtica experiencia cristiana, deben integrarse completamente en la vida litúrgica de la Iglesia.

5. En un mundo desfigurado por la fragmentación, la Iglesia, como signo e instrumento de la comunión de Dios con la humanidad (cf. Lumen gentium, 1), es un poderoso heraldo de unidad y de la reconciliación que ella implica. Como obispos llamados a manifestar y preservar la tradición apostólica, estáis unidos en una comunión de verdad y amor. Cada uno, sois la fuente y el fundamento visible de la unidad en vuestras Iglesias particulares, que están constituidas según el modelo de la Iglesia universal. Así, mientras es verdad que un obispo representa a su Iglesia, también es necesario recordar que, junto con el Papa, todos los obispos representan a toda la Iglesia en el vínculo de paz, amor y unidad (cf. ib., 23).

A este respecto, un obispo jamás debe ser considerado como un mero delegado de un grupo social o lingüístico particular, sino que siempre debe ser reconocido como un sucesor de los Apóstoles, cuya misión viene del Señor. Rechazar a un obispo, ya sea por parte de una persona o de un grupo, es siempre una transgresión de la comunión eclesial y, por tanto, un escándalo para los fieles y un testimonio contraproducente para los seguidores de otras religiones. Hay que evitar todo espíritu de antagonismo o conflicto, que hiere siempre al Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 1, 12-13), reemplazándolo con un amor práctico y concreto a toda persona que brota de la contemplación de Cristo.

6. Doy gracias a Dios por los numerosos signos de crecimiento y madurez en vuestras diócesis. Además de la entrega desinteresada de vuestros sacerdotes, religiosos y catequistas, y de la generosidad de vuestro pueblo, este desarrollo ha dependido también del ministerio de los misioneros y de la generosa ayuda económica de bienhechores extranjeros. La "unión de fuerzas y voluntades para promover el bien común del conjunto de las Iglesias y de cada una de ellas" (Christus Dominus, 36), que se ha practicado desde los tiempos apostólicos, es una manifestación elocuente de la naturaleza de la Iglesia como comunión. Pero también es verdad afirmar que las Iglesias particulares, incluidas las de países del mundo en vías de desarrollo, deberían tratar de crear recursos propios para promover la evangelización local, y construir centros pastorales e instituciones educativas y caritativas. Con este fin, os animo a proseguir los considerables logros que habéis alcanzado con los laicos y en colaboración con los institutos religiosos (cf. Código de derecho canónico, c. 222). Por vuestra parte, os exhorto a dar un ejemplo indiscutible con vuestra imparcialidad en la gestión de los recursos comunes de la Iglesia (cf. ib., cc. 1276 y 1284). Debéis lograr que la administración de los "bienes destinados a todos" (Sollicitudo rei socialis, 42) no se empañe jamás con la tentación del materialismo o del favoritismo, sino que se ejerza sabiamente como respuesta a las necesidades espirituales o materiales de los pobres.

7. Queridos hermanos, para mí es una alegría particular compartir estas reflexiones con vosotros en la fiesta del glorioso apóstol santo Tomás, tan venerado por vuestro pueblo. Os aseguro una vez más mis oraciones y mi apoyo para que sigáis apacentando con amor la grey encomendada a vuestro cuidado. Unidos en nuestra proclamación de la buena nueva de la salvación de Jesucristo, renovados en el celo de los primeros cristianos, e inspirados por el firme ejemplo de los santos, avancemos con esperanza. Que en este Año del Rosario, María, modelo de todos los discípulos y Estrella resplandeciente de la evangelización, sea vuestra guía segura al procurar "hacer lo que Jesús os dice" (cf. Jn 2, 5). Encomendándoos a su protección materna, os imparto cordialmente mi bendición apostólica a vosotros, así como a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis.

 

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