The Holy See
back up
Search
riga

 MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
EN EL 60° ANIVERSARIO DE LOS TRÁGICOS ENFRENTAMIENTOS ENTRE UCRANIOS Y POLACOS EN VOLINIA
 

 

A los señores cardenales
JÓZEF GLEMP
Arzobispo de Varsovia, Primado de Polonia

MARIAN JAWORSKI
Arzobispo de Lvov de los latinos

LUBOMYR HUSAR

Arzobispo mayor de Lvov de los ucranios


Amadísimos ciudadanos pertenecientes a los pueblos hermanos de Ucrania y Polonia: 

1. He sabido que el próximo 11 de julio, 60° aniversario de los trágicos acontecimientos de Volinia, cuyo recuerdo sigue vivo entre vosotros, hijos de dos naciones tan queridas para mí, se realizará una conmemoración oficial de reconciliación ucranio-polaca.

En el torbellino de la segunda guerra mundial, cuando era más urgente la exigencia de solidaridad y ayuda recíproca, la oscura acción del mal envenenó los corazones, y las armas hicieron correr sangre inocente. Ahora, sesenta años después de aquellos tristes acontecimientos, se ha ido acentuando en el corazón de la mayoría de los polacos y de los ucranios la necesidad de un profundo examen de conciencia. Se siente la necesidad de una reconciliación que permita mirar al presente y al futuro con ojos nuevos. Esta próvida disposición interior me impulsa a elevar al Señor sentimientos de gratitud, a la vez que me uno espiritualmente a cuantos recuerdan en la oración a todas las víctimas de aquellos hechos violentos.

El nuevo milenio, recién iniciado, exige que ucranios y polacos no se queden encerrados en sus tristes recuerdos, sino que, considerando con un espíritu nuevo los acontecimientos pasados, se miren unos a otros con ojos reconciliados, comprometiéndose a construir un futuro mejor para todos.

Del mismo modo que Dios nos ha perdonado en Cristo, es preciso que los creyentes perdonen recíprocamente las ofensas recibidas y pidan perdón por sus respectivas faltas, para contribuir a preparar un mundo respetuoso de la vida y de la justicia, en la concordia y en la paz. Además, los cristianos, sabiendo que "a quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros" (2 Co 5, 21), están llamados a reconocer las desviaciones del pasado, para despertar su conciencia ante los compromisos actuales, abriendo su corazón a una conversión auténtica y duradera.

2. Durante el gran jubileo del año 2000, la Iglesia, en un marco solemne, con clara conciencia de cuanto había sucedido en tiempos pasados, pidió perdón ante el mundo por las culpas de sus hijos, perdonando al mismo tiempo a cuantos la habían ofendido de diferentes modos. Así, quiso purificar la memoria de esos tristes acontecimientos liberándola de todo sentimiento de rencor y venganza, para recomenzar, fortalecida y confiada, la obra de edificación de la civilización del amor.

Propone esta misma actitud a la sociedad civil, exhortando a todos a una reconciliación sincera, con la certeza de que no existe justicia sin perdón y de que sería frágil la colaboración sin una apertura recíproca. Esto es mucho más urgente aún si se considera la necesidad de educar a las generaciones jóvenes para afrontar el futuro, no con los condicionamientos de una historia de desconfianzas, de prejuicios y de violencias, sino con el espíritu de una memoria reconciliada.
Polonia y Ucrania, tierras que desde hace siglos han conocido el anuncio del Evangelio y han ofrecido innumerables testimonios de santidad en muchos hijos suyos, desean afianzar en el inicio de este nuevo milenio sus vínculos de amistad, liberándose de las amarguras del pasado y abriéndose a relaciones fraternas, iluminadas por el amor de Cristo.

3. Me complace que las comunidades cristianas de Ucrania y Polonia hayan promovido esta conmemoración, para contribuir a cicatrizar y sanar las heridas del pasado. Animo a los dos pueblos hermanos a perseverar con constancia en la búsqueda de la colaboración y la paz.

A la vez que envío un saludo cordial a todo el Episcopado, al clero y a los fieles de esas naciones, dirijo un saludo deferente a los presidentes y a las respectivas autoridades civiles y, por medio de ellas, a los pueblos polaco y ucranio, siempre presentes en mi corazón y en mis oraciones, con el deseo de un constante progreso en la concordia y en la paz.

Acompaño estos sentimientos con una especial bendición apostólica, que imparto de buen grado a cuantos se unan a las celebraciones previstas.

Vaticano, 7 de julio de 2003

 

top