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DISCURSO DE JUAN PABLO II
EN LA AUDIENCIA ESPECIAL PARA CELEBRAR SUS CIEN VIAJES APOSTÓLICOS
INTERNACIONALES
Jueves 12 de junio de 2003
1. Os doy las gracias por vuestra presencia hoy en la casa
del Papa, casi reviviendo de alguna manera el especial estilo de vida que se
instaura en el curso de los viajes apostólicos. Pienso en todos aquellos a los
que representáis aquí idealmente, es decir, en cuantos -ya alejados por los
caminos de la vida o bien llamados a la casa de Dios- durante casi veinticinco
años han sido testigos privilegiados de este singular ejercicio del ministerio
petrino.
Saludo al cardenal Roberto Tucci y le agradezco las amables palabras que me ha
dirigido y, sobre todo, la ayuda que en los años pasados me ha prestado en la
preparación y en el desarrollo de una notable parte de estos cien viajes.
Igualmente, les doy las gracias a sus colaboradores, así como a quien lo
precedió en el cargo y a quien le sucedió en esta tarea.
Saludo a los señores cardenales y a los prelados presentes, especialmente a los
que han participado en viajes apostólicos. Mi saludo cordial se dirige también a
todos vosotros aquí reunidos: al señor ministro de Infraestructuras y
Transportes de la República italiana; al presidente, al administrador delegado y
al director general de Alitalia con los representantes del personal de vuelo y
de tierra; a los miembros del Cuerpo de la Gendarmería y de la Guardia suiza
pontificia con sus comandantes; al personal del Cuerpo sanitario y a su
director; a los responsables de Radio Vaticano, de L'Osservatore Romano y
del Centro Televisivo Vaticano; a los periodistas acreditados en la Sala de
Prensa de la Santa Sede y a su director.
2. El centésimo viaje, recién concluido, me brinda la ocasión de renovar mi
profundo agradecimiento a la Providencia divina, que me ha concedido realizar
este importante proyecto pastoral.
En efecto, desde el día que fui elegido Obispo de Roma, el 16 de octubre de
1978, ha resonado en mi interior con especial intensidad y urgencia el mandato
de Jesús: "Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación" (Mc
16, 15).
Por eso, he sentido el deber de imitar al apóstol san Pedro, que "iba
recorriendo todos los lugares" (Hch 9, 32), para confirmar y consolidar
la vitalidad de la Iglesia en la fidelidad a la Palabra y en el servicio de la
verdad; para "decir a todos que Dios los ama, que la Iglesia los ama, que el
Papa los ama; y también para recibir de ellos el estímulo y el ejemplo de su
bondad, de su fe" (Discurso en el aeropuerto de Fiumicino, al empezar su
primer viaje apostólico, 25 de enero de 1979: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 28 de enero de 1979, p. 1).
También a través de los viajes apostólicos se ha puesto de manifiesto un
ejercicio específico del ministerio propio del Sucesor de Pedro, como "principio
y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión" (Lumen gentium, 18).
3. En todos estos viajes me he sentido peregrino en visita al santuario
particular que es el pueblo de Dios. En este santuario he podido contemplar el
rostro de Cristo a veces desfigurado en la cruz o resplandeciente de luz como en
la mañana de Pascua.
He podido compartir directamente con los hermanos obispos sus problemas e
inquietudes pastorales. Las diversas clases de fieles con las que siempre me he
querido reunir me han permitido conocer más de cerca la vida de las comunidades
cristianas en los diversos continentes, sus expectativas, dificultades,
sufrimientos y alegrías. No me he olvidado nunca de los jóvenes, "esperanza de
la Iglesia y del Papa": en sus rostros alegres y pensativos he visto una
generación dispuesta a seguir con generosidad a Cristo y a construir la
civilización del amor.
Las grandes asambleas multicolores del pueblo de Dios, reunidas para la
celebración de la Eucaristía, permanecen impresas en mi memoria y en mi corazón
como el recuerdo más fuerte y conmovedor de mis visitas. En profunda sintonía
con ellas he repetido la profesión de fe de Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios vivo" (Mt 16, 16).
Impulsado por la convicción de que "el hombre es el camino primero y fundamental
de la Iglesia" (Redemptor hominis, 14), he querido además encontrarme con
los hermanos de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, así como con los
fieles del judaísmo, del islam y de las otras religiones, para reafirmar con
convicción tanto el compromiso concreto de la Iglesia católica con vistas al
restablecimiento de la unidad plena entre los cristianos, como su apertura al
diálogo y a la colaboración con todos para la edificación de un mundo mejor.
Van pasando ante mí en este momento los innumerables encuentros vividos y todos
los participantes: a todos quisiera abrazar una vez más; a todos quisiera
asegurar el amor y la oración del Papa; a todos quisiera invitar nuevamente a
"abrir de par en par las puertas a Cristo".
4. Y a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas aquí reunidos, quisiera
expresaros mi agradecimiento. Con vuestro trabajo, en diversos niveles y
responsabilidades, habéis permitido al Papa ir al encuentro de los hombres y
mujeres de nuestro tiempo en los lugares en los que viven habitualmente. Y le
habéis ayudado en su ministerio de misionero itinerante, deseoso de anunciar a
todos la palabra de salvación, con la profunda convicción de que Dios "quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1
Tm 2, 4).
Doy las gracias, en particular, a la Secretaría de Estado, que se encarga de la
preparación de mis viajes, a la Oficina para las celebraciones litúrgicas, y a
cuantos hacen posible mi ministerio con sus servicios, incluso los más ocultos.
Doy las gracias también a los agentes de la comunicación, que se hacen eco fiel
de él en las diversas partes del mundo.
A Dios omnipotente encomiendo cuanto ha sido sembrado en el curso de cien viajes
apostólicos, comenzando por Puebla de los Ángeles, en México, hasta Croacia, y
rezo a fin de que, con su gracia, brote de ellos una mies abundante para el bien
de la Iglesia y del mundo.
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