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DISCORSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL TERCER GRUPO DE OBISPOS
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
DE LA INDIA EN VISITA "AD LIMINA"


Jueves 26 de junio de 2003

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Queridos hermanos en el episcopado: 

1. Me complace daros la bienvenida a vosotros, obispos de las provincias eclesiásticas de Cuttack-Bhubaneswar, Patna y Ranchi. Habéis venido a Roma con ocasión de vuestra visita ad limina:  un momento privilegiado en vuestra vida de pastores, cuando hacéis vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles para manifestar y fortalecer vuestros vínculos de comunión con el Sucesor de Pedro. Le agradezco a usted, arzobispo Toppo, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de sus hermanos en el episcopado. Vuestra presencia aquí, hoy, me acerca aún más a vuestro amado país y al clero, a los religiosos, a las religiosas y a los fieles laicos de vuestras diócesis. Durante mis encuentros con los primeros dos grupos de obispos de rito latino de vuestra nación, recordé los logros y los desafíos que afrontan quienes proclaman el Evangelio en la India.
Aunque he observado la abundante cosecha de gracia que habéis seguido recogiendo como resultado del gran jubileo del año 2000, he notado también las dificultades que persisten. El jubileo proporcionó a la Iglesia en la India, en comunión con la Iglesia universal, la ocasión de ponderar la necesidad de renovación de la vida cristiana. Recordáis el pasado  con  gratitud; vivís el presente con entusiasmo y miráis al futuro con confianza (cf. Novo millennio ineunte, 1).

2. "Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación" (Mc 16, 15). Las palabras de despedida de Cristo a sus discípulos no sólo son una invitación, sino también un desafío a ir y proclamar la buena nueva. La evangelización, entendida de este modo, es una tarea en la que todos los miembros de la Iglesia participan en virtud de su bautismo. Por tanto, todos los bautizados "deben dar testimonio de Cristo  en  todas  partes  y han de dar razón de  su  esperanza de la vida eterna a quienes se la pidan" (Lumen gentium, 10). Así pues, es lamentable que, incluso hoy, existan en muchos lugares de la India obstáculos innecesarios que impidan aún la predicación del Evangelio. Los ciudadanos de una democracia moderna no deberían sufrir a causa de sus convicciones religiosas, y nadie debería sentirse obligado a ocultar su religión para gozar de derechos humanos fundamentales, como la educación y el empleo.

A pesar de estas dificultades, la Iglesia en la India predica con valentía el mensaje de salvación de Cristo al pueblo de ese subcontinente. Ruego para que vosotros, queridos hermanos en el episcopado, sigáis siendo faros de valentía y esperanza, animando al clero, a los religiosos y a los fieles laicos a ser valientes y seguir predicando a Cristo, que nos ama hasta la muerte, y muerte de cruz (cf. Flp 2, 8). Como nos recuerda san Pablo, el poder extraordinario de Dios es siempre nuestra fuerza:  podemos estar "perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestro cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Co 4, 8-10).

3. Las pruebas y tribulaciones que implica la vida en Cristo requieren de la Iglesia un compromiso especial en el ministerio de la "primera evangelización". El contacto inicial de quienes aún no han oído la buena nueva con el mensaje salvífico de Cristo nos exige a todos manifestar de forma inteligente y creíble nuestra fe. La misión de enseñar a los fieles a respetar y proclamar el Evangelio corresponde a los padres, a los maestros y a los catequistas de hoy. Por esta razón, una tarea fundamental de todo obispo es esforzarse por contar con laicos bien formados, preparados y dispuestos a ser maestros de la fe. Es preciso animar a los católicos a participar en el apostolado  fundamental de la palabra, que "adquiere  una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo" (Lumen gentium, 35).

Cumplir la misión de catequistas requiere una relación de confianza y cooperación entre el clero y los fieles laicos. Por consiguiente, los obispos deben esforzarse constantemente por asegurar que nada desgaste esa relación. Deben reconocer siempre que "todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero" (Código de derecho canónico, c. 211). Al mismo tiempo, no se debe permitir nunca que los puntos de vista personales, originados de la afinidad de casta o tribu, ofusquen la enseñanza auténtica de la Iglesia.

4. Íntimamente relacionado con los esfuerzos de la Iglesia por evangelizar está el auténtico y profundo respeto por la cultura. La cultura es el espacio "dentro del cual  se realiza el encuentro de la persona humana con el Evangelio" (cf. Ecclesia in Asia, 21). La Iglesia, siempre respetuosa de las diferentes culturas, procura comprometer a sus hermanos y hermanas de otras religiones para fomentar "una relación de apertura y diálogo" (Novo millennio ineunte, 55). Considerado así, el diálogo interreligioso no sólo aumentará la comprensión mutua y el respeto recíproco, sino que también ayudará a desarrollar la sociedad en armonía con los derechos y la dignidad de todos.

La Iglesia en la India ha demostrado constantemente su compromiso con el principio de la dignidad inalienable de la persona humana a través de sus numerosas instituciones sociales, ofreciendo un amor incondicional tanto a los cristianos como a los no cristianos. Sus escuelas, dispensarios, hospitales e instituciones orientadas al desarrollo integral de la persona humana brindan una inestimable asistencia a los miembros más pobres de la sociedad, independientemente de su fe. Por desgracia, a veces la falta de cooperación del Gobierno y el hostigamiento de ciertos grupos fundamentalistas han obstaculizado los esfuerzos honrados realizados por la Iglesia para promover el diálogo interreligioso en su nivel más elemental. La India tiene una gran tradición de respeto de las diferencias religiosas. Espero, por el bien de la nación, que no se permita el desarrollo de tendencias contrarias (cf. Discurso al nuevo embajador de la India, 13 de diciembre de 2002).
Como obispos, tenéis el deber de asegurar que prosiga el diálogo interreligioso. Con todo, al comprometeros en este intercambio mutuo, jamás debéis permitir que se vea condicionado por el indiferentismo religioso. Es vital que todos los cristianos prediquen y vivan con convicción la llamada de Cristo a seguirle.

5. Queridos hermanos en el episcopado, perseverad en vuestros esfuerzos para garantizar una sólida formación teológica en vuestros seminarios y una completa formación permanente para vuestros sacerdotes, rechazando así "la tentación actual de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien" (Redemptoris missio, 11). Una preparación teológica adecuada requiere una instrucción que, respetando la parte de verdad que se encuentra en otras tradiciones religiosas, proclame sin cesar que Jesucristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6; cf. Ecclesia in Asia, 31). Con este fin, las instituciones educativas católicas deben ofrecer una sólida formación filosófica, necesaria para el estudio de la teología. La verdad trasciende los límites del pensamiento tanto de Oriente como  de Occidente, y une todas las culturas y todas las sociedades (cf. Fides et ratio, 76-77). Al participar en la misión profética de Cristo, tenemos la solemne responsabilidad de acercar cada vez más esa verdad a nosotros y a los demás. Este sagrado deber corresponde en especial a los encargados de la formación de los sacerdotes y los religiosos. Los formadores y los profesores están obligados a enseñar el mensaje de Cristo en su integridad como el único camino, no como un camino entre muchos otros. Al hacerlo, "los teólogos, como servidores de la verdad divina, dedican sus estudios y trabajos a una comprensión cada vez más penetrante de la misma, y no pueden perder nunca de vista el significado de su servicio en la Iglesia" (cf. Redemptor hominis, 19).

6. Al considerar las numerosas responsabilidades que implica vuestra solicitud por el pueblo de Dios, soy muy consciente de las pruebas que afrontáis cuando os esforzáis por desarrollar una vida eclesial viable en vuestras diócesis. Es desalentador ver que el trabajo de la Iglesia puede quedar infructuoso a causa de un tribalismo persistente en ciertas partes de la India. A veces este tribalismo ha sido tan fuerte, que algunos grupos se han negado incluso a recibir a obispos y sacerdotes que no eran de su clan, impidiendo así el funcionamiento correcto de las estructuras de la Iglesia y ofuscando la naturaleza esencial de la Iglesia como comunión. Las diferencias tribales o étnicas no deben esgrimirse jamás como una razón para rechazar al portador de la palabra de Dios. Todos los cristianos deben hacer un examen de conciencia, para estar seguros de que siempre y en cualquier lugar aman a todos los  hijos  de  Dios, incluyendo a los que son diferentes:  "En esto conocerán todos  que  sois  discípulos míos:  si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 35).

Doy gracias a Dios por los numerosos sacerdotes y religiosos de vuestro país que viven una vida ejemplar de pobreza, caridad y santidad. Ante tantas adversidades, podrían sentir la tentación de perder el celo y la creatividad indispensables para un ministerio eficaz. Oro con fervor para que el Señor siga fortaleciéndolos en su trabajo. Con este fin, invito a toda la Iglesia en la India a renovar su compromiso misionero (cf. Redemptoris missio, 2).

Los hombres y mujeres consagrados dan una contribución particularmente valiosa a vuestras Iglesias locales. Espero que todos vosotros sigáis colaborando estrechamente. En las circunstancias actuales, son más necesarias las buenas relaciones mutuas. Han surgido en vuestra región algunos conflictos difíciles y dolorosos concernientes a la gestión y a la propiedad de algunas instituciones. Sin embargo, estas cuestiones no son insuperables para quienes viven el Evangelio con espíritu de amor fraterno y servicio. La planificación pastoral y los acuerdos claros entre los obispos y los superiores religiosos pueden brindar a menudo soluciones para este tipo de problemas. Confío en que "las personas consagradas, por su parte, no dejarán de ofrecer su generosa colaboración a la Iglesia particular según las propias fuerzas y respetando el propio carisma, actuando en plena comunión con el obispo en el ámbito de la evangelización, de la catequesis y de la vida de las parroquias" (Vita consecrata, 49).

7. Queridos hermanos, espero fervientemente que  vuestra peregrinación a Roma os haya brindado la oportunidad de reflexionar una vez más en la gracia del Espíritu Santo que habéis recibido con la imposición de las manos. Uno de los signos distintivos del servicio apostólico a la Iglesia es la proclamación audaz del Evangelio (cf. Hch 2, 28. 30-31). Os apoyo con mi oración a vosotros y a todos los que en la India siguen proclamando con su testimonio a Cristo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13, 8). Orando para que este tiempo haya confirmado vuestra fe en Cristo, fuente de nuestro celo misionero y apostólico, os encomiendo a vosotros y a todos aquellos a quienes servís a la intercesión amorosa de María, Reina del rosario, y con afecto os imparto mi bendición apostólica.

 

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