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DISCURSO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS DIRECTIVOS Y FUNCIONARIOS DE LA
EMPRESA OLIVETTI TECNOST
Sábado 1 de marzo de 2003
Ilustres señores y gentiles señoras:
1. Me alegra acogeros a todos vosotros, que representáis a uno de los
grupos industriales más comprometidos en la actual fase de reorganización y
relanzamiento de los sectores productivos de la economía italiana.
Os saludo cordialmente, comenzando por el querido monseñor Arrigo Miglio,
obispo de Ivrea, que ha querido acompañaros durante este encuentro. Saludo al
doctor Bruno Lamborghini, presidente de la empresa Olivetti Tecnost, al que
agradezco las amables palabras que me ha dirigido, así como el interesante
cuadro que ha trazado del sólido patrimonio de valores éticos y sociales que
animan desde siempre a vuestra empresa.
En el momento histórico y económico que estamos atravesando, es de fundamental
importancia tener muy presente el estrecho vínculo que existe entre el trabajo
y la dignidad de la persona. En efecto, nos encontramos en una fase de transición,
llena de contradicciones y problemas, pero no exenta de impulsos y estímulos
innovadores. Es una ocasión privilegiada para reafirmar la centralidad del
hombre en las diversas etapas de la planificación, la producción, la
comercialización y el uso de los bienes de consumo.
2. Este encuentro me trae a la memoria la visita que tuve la alegría de
realizar a los talleres Olivettti de Ivrea, el 19 de marzo de 1990. Precisamente
a ella se ha referido al inicio vuestro presidente. En aquella circunstancia,
quise reafirmar que la "dignidad" del trabajo se manifiesta "en
el hecho de que los productos, para ser tales, requieren el sello del hombre
(...). Detrás de cada uno de ellos, por más sofisticados y perfectos que sean,
se ocultan la inteligencia, la voluntad y las energías de un hombre o de una
mujer. La tecnología, aun la más avanzada, no suprime esta exigencia" (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 8 de abril de 1990, p. 9).
Sé que queréis inspiraros en estas orientaciones y aprovechar la gran herencia
que legó a vuestra empresa el ingeniero Adriano Olivetti, estimado empresario,
que consideraba el trabajo como una singular oportunidad de crecimiento humano
para todos. Además, la actividad laboral era para él ocasión favorable para
entablar relaciones de colaboración y solidaridad entre las personas. Estaba
convencido de que al empresario no sólo se le pide poner su dinero al servicio
del desarrollo de la empresa y de la creación de nuevos puestos de trabajo,
sino también valorar toda competencia específica en el ámbito organizativo,
institucional y social. Los esfuerzos en este sentido resultarán tanto más
eficaces cuanto más se inspiren en los principios éticos, culturales y
religiosos del trabajo.
3. Ilustres señores y señoras, gracias una vez más por esta visita. Mi
pensamiento va en este momento a cuantos trabajan diariamente en las fábricas y
en las oficinas de vuestra empresa. Deseo que en ella reine siempre un espíritu
de colaboración e integración, a fin de que se responda cada vez mejor a las
necesidades y a las expectativas de cada uno. Con particular afecto, pienso en
los jóvenes que se asoman al mundo del trabajo, animados por muchas esperanzas.
Pido a Dios que sostenga a cuantos se prodigan generosamente para ayudarles a
construir un futuro mejor. Y, desde esta perspectiva, deseo que las reflexiones
y los proyectos elaborados durante estos días transcurridos en Roma contribuyan
a un relanzamiento positivo de la benemérita empresa Olivetti.
Con este fin, invoco sobre vosotros y sobre vuestras familias la protección
materna de la Virgen María, e imparto de corazón a todos una especial bendición
apostólica, que extiendo de buen grado a los habitantes de la ciudad y del
territorio de Ivrea.
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