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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II CON OCASIÓN DEL COMIENZO DE LA CAMPAÑA DE FRATERNIDAD EN
BRASIL
Al venerado hermano en el episcopado
Mons. Jayme Henrique CHEMELLO
Presidente de la Conferencia episcopal de Brasil
"Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón
sensato" (Sal 90, 12).
Con particular afecto saludo al Episcopado de Brasil y a todo el pueblo de esa
amada nación que, con ocasión del miércoles de Ceniza, inicia su camino hacia
la Pascua de Resurrección, con el estímulo de una nueva Campaña de
fraternidad, este año con el lema: "Vida, dignidad y
esperanza".
El compromiso sincero de reflexionar y profundizar, precisamente en el período
de la Cuaresma, en el tema de la fraternidad con las personas ancianas, puede
insertarse en el marco de la "sabiduría". En su existencia, los
ancianos están invitados a vivir el plan que Dios tiene para cada uno,
repitiendo con el salmista: "No me aparto de tus mandamientos, porque
tú me has instruido" (Sal 118, 12). A la vez, la certeza de que el
tiempo de la vida es limitado, los lleva a afrontarlo todo a la luz de la verdad
divina, reconociendo que cualquier otra realidad es relativa. Pero la vida
terrena, a pesar de sus límites y sufrimientos, conserva siempre su valor y
debe aceptarse hasta el fin. Para el cristiano, "tiene los rasgos característicos
de un paso, de un puente tendido desde la vida a la vida, entre la frágil
e insegura alegría de esta tierra y la alegría plena que el Señor reserva a
sus siervos fieles" (Carta a los ancianos, 16).
La Iglesia, experta en humanidad, indica, por mandato del Redentor, el camino
que conduce al bien espiritual y humano, camino de reconciliación y de
penitencia, mediante la conversión personal y la solidaridad con el prójimo.
Esta solidaridad, hoy necesaria especialmente con los ancianos, se debe al
aumento de la edad media, que el progreso de la medicina ha hecho posible. La
vejez siempre ha existido, pero hoy se presenta con características
particulares a causa de la mayor longevidad de las personas. Por tanto, es
necesario programar con urgencia la ayuda a esos hermanos y hermanas nuestros.
Esto exige un cambio de mentalidad: es urgente sustituir la cultura
utilitaria e materialista, que mide el valor del hombre según lo que produce y
consume, con una cultura que reconozca el valor "absoluto" de cada
persona, sea cual sea el grado de capacidad y eficiencia que posea.
Ojalá se renueven los programas sociales y sanitarios de protección de la
vejez, no sólo por parte de las instituciones públicas y privadas, sino también
a través de las diversas pastorales diocesanas. Mi pensamiento se dirige a
todos los ancianos de Brasil, de modo especial a los viudos y a las viudas, a
los religiosos y las religiosas ancianos, y a los amadísimos hermanos en el
sacerdocio. A todos los que se encuentran en los hogares para ancianos, en las
residencias, en los hospitales, sobre todo a los pobres, les envío mi cordial
abrazo y mi aliento para que no se dejen abatir por el desaliento. Si Dios
permite el sufrimiento debido a la enfermedad o a cualquier otro motivo,
"nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al
sacrificio de su Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico"
(ib., 13).
A todos los queridos ancianos brasileños les envío, como estímulo para su
valiosa presencia en la sociedad, en prenda de abundantes favores de Dios, una
especial bendición apostólica.
Vaticano, 4 de enero de 2003
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