Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado;
amadísimos sacerdotes
romanos:
1. Nuestro habitual encuentro al inicio de la Cuaresma tiene lugar este año,
como ha subrayado el cardenal vicario, en el vigésimo quinto año de mi
servicio pastoral como Obispo de Roma. Es un aniversario que recuerda el
ministerio sacerdotal, en el que el obispo y sus sacerdotes están íntimamente
unidos con la certeza del don que Dios les ha concedido y con el compromiso de
"corresponder", entregando con alegría su vida al servicio de Cristo
y de los hermanos.
Os saludo con afecto a todos y cada uno y os agradezco el servicio generoso que
prestáis a la Iglesia de Roma. Os agradezco sobre todo el clima que se ha
creado hoy: un clima especial, podríamos decir, abierto. Saludo y doy las
gracias al cardenal vicario, al vicegerente, a los obispos auxiliares y a
quienes de entre vosotros me han dirigido la palabra.
2. "La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os
envío" (Jn 20, 21). "Quien a vosotros os recibe, a mí me
recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado" (Mt
10, 40). En estas dos afirmaciones de Jesús se encierra el misterio de
nuestro sacerdocio, que encuentra su verdad y su identidad en ser derivación
y continuación de Cristo mismo y de la misión que él recibió del Padre.
Otras dos expresiones de Jesús nos ayudan a entrar más profundamente en
este misterio. La primera se refiere a él en persona: "En
verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino
lo que ve hacer al Padre" (Jn 5, 19). La segunda se dirige a
nosotros y a todos nuestros hermanos en la fe: "Sin mí no podéis
hacer nada" (Jn 15, 5). Este "nada" repetido nos
remite a Cristo, y Cristo al Padre. Es el signo de una dependencia total, de la
necesidad de desprendernos de nosotros mismos, pero es también el signo
de la grandeza del don que hemos recibido. En efecto, unidos a Cristo y
al Padre, en virtud del sacramento del orden, podemos perdonar los pecados y
pronunciar sobre el pan y el vino las palabras: "Esto es mi cuerpo,
esta es mi sangre". En la celebración de la Eucaristía, actuamos
verdaderamente in persona Christi: lo que Cristo realizó en el
altar de la cruz, y que ya antes había establecido como sacramento en el Cenáculo,
el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo (cf. Don y misterio,
p. 89).
3. Amadísimos hermanos sacerdotes de Roma, esto exige que nosotros, en el
ejercicio de nuestro ministerio y en toda nuestra vida, seamos verdaderamente hombres
de Dios. No sólo los fieles más cercanos a nosotros, sino también las
personas débiles e inciertas en su fe y alejadas de la práctica de la vida
cristiana son sensibles a la presencia y al testimonio de un sacerdote que es
realmente "hombre de Dios"; por el contrario, en la medida en que lo
conocen, lo estiman y tienden a abrirse a él.
Por eso es muy importante que nosotros, los sacerdotes, seamos los primeros en
responder con sinceridad y generosidad a la llamada a la santidad que Dios
dirige a todos los bautizados. El camino real e insustituible para
avanzar por el camino de la santificación es la oración: estando
con el Señor, nos convertimos en amigos del Señor, su mirada se transforma
progresivamente en nuestra mirada, y su corazón en nuestro corazón. Si
queremos de verdad que nuestras comunidades sean "escuelas de oración"
(cf. Novo millennio ineunte, 33), nosotros primero debemos ser hombres de
oración, entrando, por tanto, en la escuela de Jesús, de María y de los
santos, maestros de oración.
El corazón de la oración cristiana y la clave del misterio de nuestro
sacerdocio es, sin duda, la Eucaristía. Por eso la celebración de la
santa misa ha de ser, para cada uno de nosotros, el centro de la vida y el
momento más importante de cada jornada. Amadísimos hermanos, en realidad, no
tenemos alternativa. Si no procuramos avanzar, de modo humilde pero
confiado, por el camino de nuestra santificación, terminaremos por
contentarnos con pequeñas componendas, que poco a poco se hacen más graves y
pueden desembocar incluso en la traición, abierta o encubierta, al amor de
predilección con el que Dios nos ha amado al llamarnos al sacerdocio.
4. El don del Espíritu, que nos une a Cristo y al Padre, nos vincula
indisolublemente al cuerpo de Cristo y a la esposa de Cristo que es la
Iglesia. Para ser sacerdotes según el corazón de Cristo, debemos amar a la
Iglesia como él la amó, entregándose a sí mismo por ella (cf. Ef 5,
25). No debemos tener miedo de identificarnos con la Iglesia, entregándonos por
ella. Debemos ser, con autenticidad y generosidad, hombres de Iglesia.
El vínculo del sacerdote con la Iglesia se desarrolla según la dinámica típicamente
cristológica del buen Pastor, que es al mismo tiempo cabeza y siervo del
pueblo de Dios. Es, esencialmente, hombre de comunión, que no se
cansa de construir la comunidad cristiana como "casa y escuela de la comunión"
(cf. Novo millennio ineunte, 43). El Sínodo que celebramos
de 1986 a 1993 fue en concreto, para toda la diócesis de Roma, gran
escuela de comunión, y corresponde ante todo al sacerdote hacer que este
mensaje del Sínodo se haga realidad en la vida diaria de las comunidades. Pero
esto requiere que sea él el primero en dar ejemplo y testimonio de comunión
dentro del presbiterio diocesano y en las relaciones con los demás
sacerdotes que viven y desempeñan su ministerio en la misma parroquia o
comunidad. La experiencia pastoral confirma que la comunión entre los
sacerdotes contribuye en gran medida a hacer creíble y fecundo su ministerio,
según las palabras de Jesús: "En esto conocerán todos que sois
discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn
13, 35).
5. Amadísimos hermanos, después del Sínodo, vivimos la Misión
ciudadana, y ahora nuestra diócesis está comprometida a dar establemente un
preciso carácter misionero a toda la pastoral.
En el ejercicio diario de nuestro ministerio debemos formar una verdadera
conciencia misionera en los fieles más cercanos a nosotros, de modo que
nuestras comunidades se transformen progresivamente en auténticas comunidades
evangelizadoras y cada creyente se esfuerce por ser testigo de Cristo en todos
los ambientes y situaciones de la vida. Es así como realizamos de la manera más
plena y genuina el "don" y el "misterio" de nuestro
sacerdocio.
En efecto, el sacerdocio ministerial del Nuevo Testamento es, por su misma
naturaleza, sacerdocio apostólico, en cuanto que llega a la comunidad
mediante la "sucesión apostólica", es decir, la transmisión del
ministerio y del carisma de los Apóstoles a los obispos. A través del
sacerdocio del obispo, también el sacerdocio de los presbíteros "se
incorpora a la estructura apostólica de la Iglesia" (Pastores dabo
vobis, 16), participando así de su orientación misionera esencial.
6. Queridos hermanos en el sacerdocio, no nos cansemos jamás de ser
testigos y heraldos de Cristo; no nos desanimemos ante las dificultades y los
obstáculos que encontramos tanto dentro de nosotros, en nuestra fragilidad
humana, como en la indiferencia o en las incomprensiones de aquellos a quienes
somos enviados, incluidas, a veces, las personas más cercanas a nosotros.
Cuando las dificultades y las tentaciones pesen en nuestro corazón, acordémonos
más bien de la grandeza del don que hemos recibido, para ser capaces,
también nosotros, de "dar con alegría" (cf. 2 Co 9, 7). En
efecto, en el confesonario, pero también en todo nuestro ministerio, somos testigos
e instrumentos de la misericordia divina, somos y debemos ser hombres que
sepan infundir la esperanza y realizar una labor de paz y reconciliación.
Queridos hermanos, a esto nos ha llamado Dios con amor de predilección, y Dios
merece toda nuestra confianza: su voluntad de salvación es más grande y
más fuerte que todo el pecado del mundo.
Gracias por este encuentro. Gracias también por el regalo del libro,
recién impreso, en el que se han recogido los textos de los discursos que os he
dirigido en los encuentros de inicio de la Cuaresma, a partir del 2 de marzo de
1979. Espero que también esta iniciativa sirva para mantener vivo y fecundo el
diálogo que se ha entablado entre nosotros a lo largo de estos años.
Os bendigo a todos de corazón y, juntamente con vosotros, bendigo a las
comunidades que os han sido confiadas.
* * * * *
(Palabras del Santo Padre Juan Pablo II al final del
encuentro con el clero de Roma)
Son ya casi veinticinco años. Estoy en mi vigésimo quinto año.
Mi vida sacerdotal comienza en el año 1946, con la ordenación, que recibí de
manos de mi gran predecesor en Cracovia, el cardenal Adam Stefan Sapieha. Después
de doce años, en 1958, fui llamado al episcopado. Así, desde 1958, han pasado
ya cuarenta y cinco años de episcopado. Bastantes. De estos cuarenta y cinco años,
veinte en Cracovia, primero como auxiliar, luego como vicario capitular, y
finalmente como arzobispo metropolitano y cardenal. Y veinticinco años en Roma.
Así, con estos cálculos se ve que he llegado a ser más romano que
"cracoviensis". Pero todo esto es Providencia.
El encuentro de hoy me recuerda los numerosos encuentros que tuve con los
sacerdotes en mi primera diócesis, Cracovia. Debo decir que eran encuentros más
frecuentes. Sobre todo pude visitar muchas parroquias. También en Roma he
visitado trescientas de trescientas cuarenta. Todavía me faltan algunas. Puedo
decir que vivo aún con este capital, que recogí en Cracovia: capital de
experiencias, pero no sólo: también de reflexiones, de todo lo que me
dio el ministerio sacerdotal y luego episcopal.
Debo confesar ante vosotros, párrocos, que nunca fui párroco; sólo fui vice párroco.
Y luego, sobre todo, fui profesor en el seminario y en la universidad. Mi
experiencia es principalmente de cátedra universitaria. Pero, aun sin
experiencia directa, inmediata, de ser párroco, siempre tuve muchos contactos
con los párrocos, y puedo decir que me comunicaron su experiencia.
Así, ante vosotros, en este vigésimo quinto año, he hecho un poco de examen
de conciencia de mi vida sacerdotal. Os agradezco mucho las palabras que me habéis
dirigido, el afecto que me habéis manifestado y sobre todo las oraciones, que
tanto necesito siempre. Así hemos iniciado nuestra Cuaresma romana, mi vigésima
quinta Cuaresma romana. Os deseo una buena Cuaresma y una buena Pascua. La
Pascua es el centro, no sólo de nuestra vida cristiana, sino también de
nuestra vida sacerdotal.
Muchas gracias.