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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II CON MOTIVO
DEL 400° ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE SAN JOSÉ DE CUPERTINO
Al reverendísimo padre
JOACHIM GIERMEK
Ministro general
de la Orden franciscana de
Frailes Menores Conventuales
1. Me ha alegrado saber que vuestra Orden quiere conmemorar el 400°
aniversario del nacimiento de san José de Cupertino, que tuvo lugar el 17 de
junio de 1603, con numerosas iniciativas religiosas, pastorales y culturales,
orientadas al redescubrimiento de la profundidad y de la actualidad del mensaje
de este fiel discípulo del Poverello de Asís.
En esta significativa circunstancia, me alegra dirigirle a usted mi más cordial
saludo, extendiéndolo de buen grado a la comunidad franciscana de Ósimo y a
los Frailes Menores Conventuales esparcidos por todo el mundo. Saludo, además,
a los devotos y a los peregrinos que participarán en las solemnes celebraciones
jubilares.
2. Este importante aniversario constituye una singular ocasión de gracia
ofrecida en primer lugar a los Frailes Menores Conventuales. Deben sentirse
impulsados por su ejemplo a profundizar en su vocación religiosa, para
responder con renovado empeño, como hizo él en su tiempo, a los grandes desafíos
que la sociedad plantea a los seguidores de san Francisco de Asís, en el alba
del tercer milenio.
Al mismo tiempo, este centenario constituye una oportunidad providencial para
toda la comunidad cristiana, que da gracias al Señor por los abundantes frutos
de santidad y sabiduría humana concedidos a este humilde y dócil servidor de
Cristo.
San José de Cupertino sigue resplandeciendo en nuestros días como faro que
ilumina el camino diario de cuantos recurren a su intercesión celestial.
Conocido popularmente como el "santo de los vuelos" por sus frecuentes
éxtasis y sus experiencias místicas extraordinarias, invita a los fieles a
secundar las expectativas más íntimas del corazón; los estimula a buscar el
sentido profundo de la existencia y, en definitiva, los impulsa a encontrar
personalmente a Dios abandonándose plenamente a su voluntad.
3. San José de Cupertino, patrono de los estudiantes, estimula al mundo de
la cultura, en particular de la escuela, a fundar el saber humano en la sabiduría
de Dios. Y precisamente gracias a su docilidad interior a las sugerencias de la
sabiduría divina, este singular santo puede proponerse como guía espiritual de
todas las clases de fieles. A los sacerdotes y a los consagrados, a los jóvenes
y a los adultos, a los niños y a los ancianos, a cualquiera que desee ser discípulo
de Cristo, sigue indicándole las prioridades que implica esta opción radical.
El reconocimiento del primado de Dios en nuestra existencia, el valor de la
oración y de la contemplación, y la adhesión apasionada al Evangelio "sin
glosa", sin componendas, son algunas condiciones indispensables para
ser testigos creíbles de Jesús, buscando con amor su santo rostro. Así hizo
este místico extraordinario, ejemplar seguidor del Poverello de Asís.
Tenía un amor tierno al Señor, y vivió al servicio de su reino. Desde el
cielo ahora no deja de proteger y sostener a cuantos, siguiendo sus pasos,
quieren convertirse a Dios y caminar con decisión por la senda de la santidad.
4. En la espiritualidad que lo distingue destacan los rasgos típicos de la
auténtica tradición del franciscanismo. José de Cupertino, enamorado del
misterio de la Encarnación, contemplaba extasiado al Hijo de Dios nacido en Belén,
llamándolo afectuosa y confidencialmente "el Niñito". Expresaba casi
exteriormente la dulzura de este misterio abrazando una imagen de cera del Niño
Jesús, cantando y bailando por la ternura divina derramada abundantemente sobre
la humanidad en la cueva de la Navidad.
Era también conmovedora su participación en el misterio de la pasión de
Cristo. El Crucificado estaba siempre presente en su mente y en su corazón, en
medio de los sufrimientos de una vida llena de incomprensiones y a menudo de
obstáculos. Derramaba abundantes lágrimas cuando pensaba en la muerte de Jesús
en la cruz, sobre todo porque, como solía repetir, fueron los pecados los que
traspasaron el cuerpo inmaculado del Redentor con el martillo de la ingratitud,
del egoísmo y de la indiferencia.
5. Otro aspecto importante de su espiritualidad fue el amor a la Eucaristía.
La celebración de la santa misa, así como las largas horas transcurridas en
adoración ante el tabernáculo, constituían el centro de su vida de oración y
de contemplación. Consideraba el Sacramento del altar como "alimento de
los ángeles", misterio de fe legado por Jesús a su Iglesia, Sacramento
donde el Hijo de Dios hecho hombre no aparece a los fieles cara a cara, sino
corazón a corazón. Con este sumo misterio -afirmaba- Dios nos ha dado todos
los tesoros de su divina omnipotencia y nos ha manifestado claramente el exceso
de su misericordia divina. El contacto diario con Jesús eucarístico le
proporcionaba la serenidad y la paz, que luego transmitía a cuantos encontraba,
recordando que en este mundo todos somos peregrinos y forasteros en camino hacia
la eternidad.
6. San José de Cupertino se distinguió por su sencillez y su obediencia.
Desprendido de todo, vivió continuamente en camino, yendo de un convento a otro
según las órdenes de sus superiores, abandonándose siempre en las manos de
Dios.
Auténtico franciscano, según el espíritu del Poverello de Asís,
alimentó una profunda adhesión al Sucesor de Pedro y tuvo un sentido vivo de
la Iglesia, a la que amó de modo incondicional. De la Iglesia, percibida en su
íntima realidad de Cuerpo místico, se sentía miembro vivo y activo. Se adhirió
totalmente a la voluntad de los Papas de su tiempo, dejándose acompañar dócilmente
a los lugares donde la obediencia lo llevaba, aceptando también las
humillaciones y las dudas que la originalidad de sus carismas no dejó de
suscitar. Ciertamente, no podía negar el carácter extraordinario de los dones
que se le concedían, pero, lejos de cualquier actitud de orgullo o vanagloria,
alimentaba sentimientos de humildad y de verdad, atribuyendo todo el mérito del
bien que florecía entre sus manos a la acción gratuita de Dios.
7. Y ¿qué decir de su devoción filial y conmovedora a la santísima
Virgen? Desde la juventud aprendió a permanecer largos ratos en oración ante
la Virgen de las Gracias, en el santuario de Galatone. Luego, se dedicaba a
contemplar la imagen, tan querida para él, de la Virgen de la Grottella, que lo
acompañó durante toda su vida. Por último, desde el convento de Ósimo, donde
pasó sus últimos años, dirigía a menudo la mirada hacia la basílica de
Loreto, secular centro de devoción mariana.
Para él María fue una verdadera madre, con la que mantenía relaciones
filiales de sencilla y sincera confianza. Aún hoy repite a los devotos que
recurren a él: "Esta es nuestra protectora, señora, patrona, madre,
esposa y auxiliadora".
8. En san José de Cupertino, muy querido por el pueblo, resplandece la
sabiduría de los pequeños y el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas.
A través de toda su existencia indica el camino que lleva a la auténtica alegría,
aun en medio de las pruebas y tribulaciones: una alegría que viene de lo
alto y nace del amor a Dios y a los hermanos, fruto de una larga y ardua búsqueda
del verdadero bien y, precisamente por esto, contagiosa para cuantos entran en
contacto con ella.
Aunque a causa de su intenso y audaz compromiso de ascesis cristiana este santo
podría parecer, a una mirada superficial, una persona ruda, severa y rigurosa,
en realidad es el hombre de la alegría, afable y cordial con todos. Más aún,
sus biógrafos dicen que lograba transmitir su santa y franciscana alegría
mediante el modo de orar, enriquecido por atractivas composiciones musicales y
versos populares que entusiasmaban a sus oyentes, reavivando su devoción.
9. Todas estas características hacen que san José de Cupertino esté
espiritualmente cerca de los hombres de nuestro tiempo. Por tanto, deseo que la
celebración de este aniversario sea una ocasión oportuna y grata para un
redescubrimiento de la auténtica espiritualidad del "santo de los
vuelos". Ojalá que, siguiendo su ejemplo, todos aprendan a recorrer el
camino que lleva a una santidad cotidiana, caracterizada por el cumplimiento
fiel del propio deber diario.
Que para los Frailes Menores de la familia religiosa conventual sea un luminoso
modelo de seguimiento evangélico, según el carisma específico de san
Francisco y de santa Clara de Asís. Que a los fieles que participen en los
varios momentos conmemorativos, les recuerde que todo creyente debe "remar
mar adentro", confiando en la ayuda del Señor para responder plenamente a
su llamada a la santidad.
En una palabra, el heroico testimonio evangélico de este atrayente hombre de
Dios, reconocido por la Iglesia y propuesto de nuevo a los hombres y mujeres de
nuestro tiempo, constituye para cada uno una fuerte invitación a vivir con pasión
y entusiasmo su fe, en las múltiples y complejas situaciones de la época
contemporánea.
Con estos sentimientos y deseos, de buen grado le imparto a usted, reverendísimo
ministro general, a sus hermanos esparcidos por el mundo y a cuantos acuden cada
día al santuario de Ósimo, una especial bendición apostólica, que con afecto
extiendo a todos los que se inspiran en el ejemplo y en las enseñanzas del
santo de Cupertino.
Vaticano, 22 de febrero de 2003
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