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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL SIMPOSIO SOBRE 
"LOS PRESBÍTEROS Y LA CATEQUESIS EN EUROPA"


Jueves 8 de mayo de 2003

 

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio: 

1. ¡Bienvenidos! Os agradezco vuestra visita y os dirijo a cada uno mi saludo cordial. De modo especial, saludo a monseñor Amédée Grab, presidente del Consejo de las Conferencias episcopales de Europa, y le agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo a monseñor Cesare Nosiglia, delegado del Consejo de las Conferencias episcopales europeas para la catequesis, a los  demás prelados, al secretario general del Consejo de las Conferencias episcopales de Europa y a todos los presentes.

Este encuentro de obispos y responsables de la catequesis en los diversos países de Europa brinda la posibilidad de reflexionar sobre las urgencias y los desafíos de la nueva evangelización en el continente europeo. Os agradezco a todos vosotros, encargados de coordinar la catequesis, el empeño con el que os dedicáis a una tarea tan vital para el crecimiento de las comunidades cristianas. En ellas, como en las de la época apostólica, es preciso que los creyentes "acudan asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles" (Hch 2, 42).

2. El tema del encuentro -"Los presbíteros y la catequesis en Europa"- evoca el don y la tarea primaria de los obispos y de los presbíteros, es decir, la edificación de la Iglesia mediante el anuncio de la palabra de Dios y la enseñanza catequística.

"El sacerdote -recordé en la Pastores dabo vobis- es, ante todo, ministro de la palabra de Dios, (...) enviado para anunciar a todos el Evangelio del reino" (n. 26). Hoy el ministerio del presbítero ensancha cada vez más sus confines en ámbitos pastorales que enriquecen a la comunidad cristiana, pero que a veces corren el riesgo de dispersar su acción en un sinfín de compromisos y actividades. Así su presencia en la catequesis se resiente y puede reducirse a momentos ocasionales, poco incisivos para la misma formación de los catequistas. En cambio, siguiendo el ejemplo del apóstol san Pablo (cf. Rm 1, 14), debe sentir, como un compromiso con todo el pueblo de Dios, la obligación de transmitir el Evangelio y de hacerlo con la preparación teológica y cultural más esmerada.

El Directorio general para la catequesis afirma:  "La experiencia atestigua que la calidad de la catequesis de una comunidad depende, en grandísima parte, de la presencia y acción del sacerdote" (n. 225).

3. Al ser el primer catequista en la comunidad, el presbítero, especialmente si es párroco, está llamado a ser el primer creyente y discípulo de la palabra de Dios, y a dedicar una atención asidua al discernimiento y al acompañamiento de las vocaciones para el servicio catequístico. Como "catequista de catequistas", no puede por menos de preocuparse de su formación espiritual, doctrinal y cultural.

Desde una perspectiva de comunión, el sacerdote será siempre consciente de que el ministerio de catequista al servicio del pueblo de Dios le deriva de su obispo, al cual está unido indisolublemente por el sacramento del orden y del cual ha recibido el mandato de predicar y enseñar.
La referencia al magisterio del obispo en el único presbiterio diocesano y la obediencia a las orientaciones que cada pastor y las Conferencias episcopales emanan en materia de catequesis para el bien de los fieles, son para el sacerdote elementos que ha de valorar en la acción catequística. Desde esta perspectiva, cobran particular importancia el estudio y la utilización del Catecismo de la Iglesia católica, indispensable vademécum ofrecido a los sacerdotes, a los catequistas y a todos los fieles, para guiar la catequesis por caminos de una auténtica fidelidad a Dios y a los hombres de nuestro tiempo.

4. "Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación" (Mc 16, 15). Este mandato del Señor se dirige a  todos  los  bautizados, pero para los obispos y los sacerdotes constituye "la función principal" (Lumen gentium, 25). Como Cristo, buen Pastor, el presbítero está llamado a ayudar a la comunidad a vivir en una tensión misionera permanente. La catequesis en la familia, en el mundo del trabajo, en la escuela y en la universidad, a través de los medios de comunicación social y los nuevos lenguajes, implica a presbíteros y laicos, parroquias y movimientos. Todos están llamados a cooperar en la nueva evangelización, para mantener y revitalizar las raíces cristianas comunes. La fe cristiana representa el patrimonio más rico del que los pueblos europeos pueden tomar para realizar su auténtico progreso espiritual, económico y social.

Que María, Estrella de la nueva evangelización, haga que también las reflexiones y las orientaciones maduradas en estos días sirvan para impulsar en vuestras Iglesias un renovado compromiso catequístico. Por mi parte, os aseguro un recuerdo en la oración, a la vez que os bendigo de corazón a todos, así como a las comunidades de las que provenís.

 

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