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DISCURSO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO ORGANIZADO POR
LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD LATERANENSE
Viernes 9 de mayo de 2003
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra encontrarme con vosotros en esta feliz circunstancia, que reúne
aquí a profesores y estudiantes de la "Universidad del Papa". Deseo
saludar a los señores cardenales y a los obispos presentes, así como a los
participantes en el congreso organizado con esta ocasión, a los profesores y a
los alumnos de las diferentes facultades.
Agradezco, además, al rector magnífico, monseñor Rino Fisichella, los
sentimientos expresados y el significativo regalo de las dos obras con las que
la Universidad quiere recordar este momento.
2. Vuelvo con la mente a las tres visitas que Dios me ha permitido realizar
a vuestro ateneo durante estos años. Cada encuentro de este tipo despierta en
mi alma el recuerdo de las experiencias vividas en la enseñanza académica en
Cracovia y en Lublin. Fueron años ricos en estudios, en contactos y en
investigaciones, animadas por el deseo de descubrir y recorrer nuevas pistas con
vistas a una evangelización atenta a los desafíos de la época moderna. Los
conocimientos adquiridos entonces me han sido útiles para el ministerio
pastoral que desempeñé primero en Cracovia y, después, como Sucesor de Pedro,
para el servicio que sigo prestando a todo el pueblo de Dios.
En cada fase y etapa de la vida universitaria y del ministerio pastoral, uno de
los puntos de referencia esenciales ha sido para mí la atención a la persona,
puesta en el centro de toda investigación filosófica y teológica.
3. Por tanto, he apreciado que para recordar los veinticinco años de mi
pontificado hayáis querido organizar este congreso sobre un tema muy actual:
"La Iglesia al servicio del hombre", solicitando la participación
cualificada y representativa de exponentes de la Curia romana y del mundo de la
cultura.
En mi primera encíclica, Redemptor
hominis, escribí: "La
Iglesia no puede abandonar al hombre, cuya "suerte", es decir, la
elección, la llamada, el nacimiento y la muerte, la salvación o la perdición,
están tan estrecha e indisolublemente unidos a Cristo. (...) Este hombre es el
primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión; él
es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo
mismo, camino que inmutablemente conduce a través del misterio de la encarnación
y de la redención" (n. 14).
4. El mensaje del Evangelio es para el hombre de toda raza y cultura, a fin
de que le sirva como faro de luz y de salvación en las diversas situaciones en
que debe vivir. Este perenne servicio a la "verdad" del hombre
apasiona a cuantos se preocupan de que se conozca cada vez más a sí mismo y
perciba, cada vez con mayor conciencia, el anhelo de encontrar a Cristo, plena
realización del hombre. Se trata de un vasto campo de acción también para
vosotros, que queréis contribuir con dinamismo misionero a encontrar nuevos
caminos para la evangelización de las culturas.
Cristo es la verdad que libera a cuantos lo buscan con sinceridad y
perseverancia. Él es la verdad que la Iglesia proclama incansablemente de modos
diversos, difundiendo el único Evangelio de salvación hasta los últimos
confines de la tierra e inculturándolo en las diversas regiones del mundo.
San Ireneo recordaba sabiamente: "Como el sol, criatura de Dios, es
único en todo el universo, así la predicación de la verdad brilla por doquier
e ilumina a todos los hombres que quieren llegar al conocimiento de la verdad
(...). Sea que se trate de un gran orador o de un miserable charlatán, todos
enseñan la misma verdad. Nadie disminuye el valor de la tradición. Única e idéntica
es la fe. Por eso, ni el elocuente puede enriquecerla, ni el balbuciente
empobrecerla" (Contra las herejías, I, 10, 3).
5. Vuestra universidad, como otros centros de estudios eclesiásticos y
religiosos, constituye un singular gimnasio, en el que diversas generaciones de
"apóstoles" pueden experimentar personalmente a Cristo, profundizando
su conocimiento y preparándose para ser testigos de su amor en el ministerio
pastoral. ¡Ojalá que vuestras investigaciones teológicas, filosóficas y
científicas ayuden al hombre contemporáneo a percibir mejor la nostalgia de
Dios oculta en lo más recóndito de toda alma!
Pido a Dios que fecunde con su gracia todas vuestras actividades. María, Sedes
sapientiae, os asista con su protección materna. Por mi parte, os aseguro
un constante recuerdo en la oración, al tiempo que imparto a todos y a cada uno
una especial bendición apostólica.
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