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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II CON OCASIÓN DEL SÉPTIMO CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN
IVO HÉLORY
A monseñor
Lucien FRUCHAUD
Obispo de Saint-Brieuc y Tréguier
1. La diócesis de Saint-Brieuc y Tréguier celebra el 19 de mayo de 2003,
el séptimo centenario del dies natalis de Ivo Hélory de Kermartin, hijo
de Bretaña. Con ocasión de este acontecimiento, que se sitúa en el marco de
un año consagrado a san Ivo, me uno en la oración a vosotros, así como a
todas las personas reunidas con motivo de los festejos, y a todos vuestros
diocesanos, recordando con emoción mi visita a la tierra bretona, a Sainte-Anne
d'Auray, en 1996. Aprecio la acogida y el apoyo que han dado las autoridades
locales a las diferentes manifestaciones religiosas; doy las gracias al Colegio
de abogados de Saint-Brieuc por haber suscitado, en esta ocasión, una serie de
reflexiones sobre las cuestiones jurídicas. Esto testimonia el gran interés de
la sociedad civil por una figura que supo asociar una función social y una misión
eclesial, sacando de su vida espiritual la fuerza para la acción, así como
para la unificación de su ser.
2. El 19 de mayo de 1347, el Papa Clemente VI elevó a Ivo Hélory a la
gloria de los altares. El testimonio de la gente sencilla de las zonas rurales,
reunida mientras se llevaba a cabo el proceso de canonización, es sin duda
alguna el homenaje más hermoso que podía rendirse a quien consagró toda su
vida a servir a Cristo sirviendo a los pobres como magistrado, como abogado y
como sacerdote. San Ivo se comprometió en la defensa de los principios de la
justicia y la equidad, atento a garantizar los derechos fundamentales de la
persona, el respeto de su dignidad primaria y trascendente, y la salvaguardia
que la ley debe asegurarle. Sigue siendo para todos los que ejercen una profesión
jurídica, y de quienes es santo patrono, el cantor de la justicia, que está
ordenada a la reconciliación y a la paz, para fomentar relaciones nuevas entre
los hombres y entre las comunidades, y para edificar una sociedad más justa.
Doy gracias por el ejemplo luminoso que ofrece hoy a los cristianos y, más
ampliamente, a todos los hombres de buena voluntad, invitándolos a caminar por
los senderos de la justicia, del respeto del derecho y de la solidaridad con los
más pobres, con el fin de servir a la verdad y participar en "una nueva
creatividad de la caridad" (Novo millennio ineunte, 50).
3. San Ivo eligió también despojarse progresivamente de todo para
configurarse radicalmente con Cristo, siguiéndolo en la pobreza, a fin de
contemplar el rostro del Señor en el rostro de los humildes, con los que procuró
identificarse (cf. Mt 25). Servidor de la palabra de Dios, la meditó
para ayudar a descubrir en ella sus tesoros a todos los que buscan el agua viva
(cf. Is 41, 17). Recorrió incansablemente las zonas rurales
para ayudar material y espiritualmente a los pobres, exhortando a sus contemporáneos
a dar testimonio de Cristo Salvador mediante una vida diaria de santidad. Esta
perspectiva ha permitido que "el anuncio de Cristo llegue a las personas,
modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los
valores evangélicos en la sociedad y en la cultura" (Novo millennio
ineunte, 29).
4. Los valores propuestos por san Ivo conservan una actualidad
sorprendente. Su esfuerzo por promover una justicia equitativa y defender los
derechos de los más pobres invita hoy a los artífices de la construcción
europea a no escatimar ningún esfuerzo para que se reconozcan y defiendan los
derechos de todos, especialmente de los más débiles. La Europa de los derechos
humanos debe hacer que los elementos objetivos de la ley natural sigan estando
en la base de las leyes positivas. En efecto, san Ivo fundó su actividad de
juez en los principios del derecho natural, que toda conciencia formada,
iluminada y atenta puede descubrir por medio de la razón (cf. Santo Tomás de
Aquino, Summa Theologica, I-II, q. 91, aa. 1-2), y en el
derecho positivo, que toma del derecho natural sus principios fundamentales,
gracias a los cuales se pueden elaborar normas jurídicas equitativas, evitando
así que estas últimas sean pura arbitrariedad o simple abuso de autoridad. Con
su modo de administrar la justicia, san Ivo nos recuerda también que el derecho
se concibe para el bien de las personas y de los pueblos, y que tiene como función
primordial proteger la dignidad inalienable de la persona en todas las fases de
su existencia, desde su concepción hasta su muerte natural. Del mismo modo,
este santo bretón se preocupó por defender a la familia, en las personas que
la componen y en sus bienes, mostrando que el derecho desempeña un papel
importante en las relaciones sociales, y que el matrimonio y la familia son
esenciales para la sociedad y para su futuro.
Así pues, la figura y la vida de san Ivo pueden ayudar a nuestros contemporáneos
a comprender el valor positivo y humanizador del derecho natural. "Una
concepción auténtica del derecho natural, entendido como tutela de la eminente
e inalienable dignidad de todo ser humano, es garantía de igualdad y da
contenido verdadero a los "derechos del hombre"" (Discurso a
los participantes en la VIII asamblea general de la Academia pontificia para la
vida, 27 de febrero de 2002, n. 6: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 8 de marzo de 2002, p. 9).
Por eso, es necesario proseguir las investigaciones intelectuales para encontrar
las raíces, el significado antropológico y el contenido ético del derecho
natural y de la ley natural, en la perspectiva filosófica de los grandes
pensadores de la historia, como Aristóteles y santo Tomás de Aquino.
Corresponde en particular a los juristas, a todos los hombres de leyes, a los
historiadores del derecho y a los legisladores mismos, tener siempre, como pedía
san León Magno, un profundo "amor a la justicia" (Sermón sobre la
Pasión, 59) y procurar basar siempre sus reflexiones y sus prácticas en
los principios antropológicos y morales que ponen al hombre en el centro de la
elaboración del derecho y de la práctica jurídica. Esto mostrará que todas
las ramas del derecho son un servicio eminente a las personas y a la sociedad.
Con este espíritu, me alegro de que algunos juristas hayan aprovechado el
aniversario de san Ivo para organizar sucesivamente dos congresos sobre la vida
y la influencia de su santo patrono, y sobre la deontología de los abogados
europeos, manifestando así su adhesión a una investigación epistemológica y
hermenéutica de la ciencia y de la práctica jurídicas.
5. "No existe en Bretaña ningún santo que se parezca a san
Ivo". Estas palabras, tomadas del cántico a san Ivo, manifiestan todo el
fervor y la veneración con que multitudes de peregrinos, juntamente con sus
obispos y sacerdotes, y también con todos los magistrados, abogados y juristas,
siguen honrando hoy a aquel a quien la piedad popular ha definido "el padre
de los pobres". Que san Ivo les ayude a realizar plenamente sus
aspiraciones a practicar y ejercer la justicia, amar la misericordia y caminar
humildemente con su Dios (cf. Mi 6, 8).
6. En este mes de María, lo encomiendo a usted, monseñor, a la intercesión
de Nuestra Señora del Rosario. Pido a Dios que sostenga a los sacerdotes, para
que sean testigos santos y rectos de la misericordia del Señor, y ayuden a sus
hermanos a descubrir la alegría que implica vivir una existencia personal y
profesional con rectitud moral. Pido también a san Ivo que sostenga la fe de
los fieles, sobre todo de los jóvenes, para que no tengan miedo de responder
generosamente a la llamada de Cristo a seguirlo en la vida sacerdotal o en la
vida consagrada, felices de ser servidores de Dios y de sus hermanos. Aliento a
los seminaristas y al equipo de formadores del seminario mayor de San Ivo de
Rennes a encomendarse con confianza a su santo patrono, especialmente en este
período de preparación para las ordenaciones diaconales y sacerdotales. Por último,
encomiendo al Señor a todos los que tienen un cargo jurídico o judicial en la
sociedad, para que cumplan siempre su misión con una perspectiva de servicio.
Le imparto con afecto la bendición apostólica a usted, así como al señor
cardenal Mario Francesco Pompedda, mi enviado especial, a todos los obispos
presentes, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las
religiosas, a las personas que participan en el congreso histórico y jurídico,
a las diversas autoridades presentes y a todos los fieles reunidos en Tréguier
con ocasión de esta conmemoración.
Vaticano, 13 de mayo de 2003
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