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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PEREGRINOS QUE ACUDIERON A LA CANONIZACIÓN DE:


JOSÉ SEBASTIÁN PELCZAR
y
ÚRSULA LEDÓCHOWSKA


Lunes 19 de mayo de 2003

 

Doy una cordial bienvenida a todos mis compatriotas presentes hoy en la plaza de San Pedro. Saludo a los señores cardenales, a los obispos, a los presbíteros y a las religiosas. De modo especial, saludo al cardenal primado, aunque está ausente, y le agradezco las cordiales palabras que me ha transmitido. Le deseo que recobre pronto y plenamente la salud. Saludo cordialmente al señor presidente de la República de Polonia y a los representantes de las autoridades del Estado y de las territoriales. Agradezco al señor presidente las felicitaciones, que me ha expresado en nombre de la República, y su importante discurso. ¡Que Dios lo bendiga!

Por último, quiero saludaros cordialmente a todos vosotros, aquí presentes, que habéis querido realizar el esfuerzo de venir en peregrinación en estos días, tan importantes para la Iglesia polaca, en los que presentamos a la Iglesia universal a los dos nuevos santos polacos:  el obispo José Sebastián Pelczar y la madre Úrsula Ledóchowska. Al recordarlos en el día siguiente a su canonización, quiero saludar de modo particular a las religiosas de las congregaciones de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y de las Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús Agonizante.

Por voluntad de la divina Providencia he podido realizar esta canonización en el vigésimo quinto año de mi pontificado y en el día de mi cumpleaños. ¡Demos gracias a Dios! De todo corazón os doy las gracias también a vosotros. Me alegra poder celebrar estos dos acontecimientos con un grupo tan numeroso de amigos. Os agradezco vuestra bondad, así como los sacrificios y las oraciones que ofrecéis por mí y por toda la Iglesia.

Sería difícil contar cuántos han sido nuestros encuentros durante los años pasados. Algunos han tenido lugar en Roma, en Castelgandolfo, y otros en varios países del mundo; pero en mi corazón han quedado particularmente grabados los encuentros que se han celebrado en nuestra patria. Tal vez porque han sido más intensos, marcados por una profunda oración y por una reflexión religiosa sobre la realidad temporal de cada uno de nosotros y de toda la nación:  en esta realidad se actúa el plan salvífico de Dios. En esos encuentros siempre hemos compartido de modo extraordinario el testimonio de fe, que brota de la de nuestros antepasados y crea un particular clima de vida y de cultura entendida ampliamente, el cual configura la identidad de la nación. Así lo vivimos en 1979, cuando, en nombre de todos los que no tenían derecho a hablar, imploré de Dios el don del Espíritu, para que renovara la faz de nuestra patria. Ese año, 1979, nos acompañaba el gran pastor y gran guía de la Iglesia polaca, el cardenal Stefan Wyszynski, primado del milenio.
Con el testimonio común nos sostuvimos también en el año 1983, cuando, en circunstancias difíciles para la nación, juntos dimos gracias por los seiscientos años de la presencia de María en su imagen de Jasna Góra y oramos para obtener fe en la fuerza del diálogo, a fin de que "Polonia fuera próspera y serena, con vistas a la tranquilidad y a la buena colaboración entre los pueblos de Europa", como dijo el Papa Pablo VI. En 1987, cuando la nación polaca seguía combatiendo contra las potencias de la ideología enemiga, todos juntos reavivamos dentro de nosotros la esperanza que brota de la Eucaristía instituida al inicio "de la hora redentora de Cristo, que fue la hora redentora de la historia del hombre y del mundo". El Congreso eucarístico nacional de entonces nos recordó nuevamente que Dios "nos ha amado hasta el extremo".

En 1991 hubo dos encuentros de particular elocuencia. Durante el primero dimos gracias a Dios por el don de la libertad recuperada e intentamos esbozar un orden para vivir noblemente esta libertad, basándonos en la ley eterna de Dios contenida en el Decálogo. Ya entonces tratamos de vislumbrar los peligros que podrían aparecer en la vida de las personas y en la de toda la sociedad, junto con la libertad separada de las normas morales. Esos peligros están siempre presentes. Por eso, no dejo de orar para que la conciencia de la nación polaca se forme sobre la base de los mandamientos divinos, y creo que la Iglesia en Polonia sabrá salvaguardar siempre el orden moral.

El segundo encuentro de aquel año estaba relacionado con la Jornada mundial de la juventud en Czestochowa. No olvidaré jamás aquel "Llamamiento de Jasna Góra", compartido por los jóvenes de todo el mundo, por primera vez procedentes también de más allá de nuestros confines orientales. Doy gracias a Dios porque ante la Señora de Jasna Góra me permitió encomendarlos a su maternal protección.

Después realicé una breve visita de un día a Skoczów, en 1995, con ocasión de la canonización de Jan Sarkander. También en aquella jornada hubo muchas experiencias espirituales inolvidables.
En el año 1997 vivimos una peregrinación llena de acontecimientos significativos. El primero fue la conclusión del Congreso eucarístico internacional en Wroclaw. Todas las celebraciones del Congreso y, de modo particular, la statio orbis, nos recordaron que la Eucaristía es el signo más eficaz de la presencia de Cristo "ayer, hoy y siempre". El segundo acontecimiento de particular importancia fue la visita a los restos de san Adalberto, en el milenario de su muerte. Desde el punto de vista religioso fue una ocasión para volver a las raíces de nuestra fe. Desde el punto de vista internacional, aquel encuentro fue el recuerdo del Congreso de Gniezno, que tuvo lugar en el año 1000. En presencia de los presidentes de los países limítrofes, dije en aquella oportunidad:  "No habrá unidad en Europa hasta que no se funde en la unidad del espíritu. Este fundamento profundísimo de la unidad llegó a Europa y se consolidó a lo largo de los siglos gracias al cristianismo con su Evangelio, con su comprensión del hombre y con su contribución al desarrollo de la historia de los pueblos y de las naciones. Esto no significa que queramos apropiarnos de la historia. En efecto, la historia de Europa es un gran río, en el que desembocan numerosos afluentes, y la variedad de las tradiciones y culturas que la forman es su gran riqueza. Los fundamentos de la identidad de Europa están construidos sobre el cristianismo" (Homilía, 3 de junio de 1997, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de junio de 1997, p. 6).

Hoy, mientras Polonia y los demás países del ex "bloque del Este" están entrando en las estructuras de la Unión europea, repito esas palabras, que no pronuncio para desanimar, sino, al contrario, para afirmar que estos países tienen una gran misión que cumplir en el viejo continente. Sé que son muchos los que se oponen a la integración. Aprecio su solicitud por el mantenimiento de la identidad cultural y religiosa de nuestra nación. Comparto sus inquietudes relacionadas con la planificación económica de las fuerzas, en la que Polonia -después de años de explotación ilimitada por parte del sistema pasado- se presenta como un país con grandes posibilidades, pero también con escasos medios. Sin embargo, debo destacar, una vez más, que Polonia ha sido siempre una parte importante de Europa, y hoy no puede abandonar esta comunidad que, es verdad, está viviendo una crisis en diferentes niveles, pero que constituye una familia de naciones basada en la tradición cristiana común. El ingreso en las estructuras de la Unión europea, con derechos iguales a los de los demás países, es para nuestra nación y para las naciones eslavas afines expresión de una justicia histórica, y, por otra parte, puede constituir un enriquecimiento para Europa. Europa tiene necesidad de Polonia. La Iglesia en Europa necesita el testimonio de fe de los polacos. Polonia necesita a Europa.

De la Unión de Lublin a la Unión europea. Es una gran síntesis, pero rica en contenidos. Polonia necesita a Europa.

Es un desafío que se nos plantea hoy a nosotros y a todas las naciones que, a raíz de las transformaciones políticas en la región de la así llamada Europa centro-oriental, han salido del círculo de influencia del comunismo ateo. Sin embargo, este desafío implica una tarea para los creyentes:  la tarea de una construcción activa de la comunidad del espíritu, basándose en los valores que han permitido sobrevivir a decenios de intentos de introducir de modo programático el ateísmo.

Que la patrona de esta obra sea santa Eduvigis, la Señora de Wawel, la gran precursora de la unión de las naciones sobre la base de la fe común. Doy gracias a Dios porque me concedió canonizarla precisamente durante aquella peregrinación.

El largo encuentro con Polonia y con sus habitantes que tuvo lugar en 1999 fue una experiencia común en la fe de la verdad de que "Dios es amor". Fue, en cierto sentido, una gran preparación nacional para lo que vivimos el año pasado:  la profunda experiencia de la verdad de que "Dios es rico en misericordia". ¿Hay otro mensaje que pueda llevar tanta esperanza al mundo de nuestros días y a todos los hombres del inicio del tercer milenio? En Lagiewniki de Cracovia, lugar de una particular manifestación de Cristo misericordioso, no dudé en consagrar el mundo a la Misericordia divina. Creo firmemente que aquel acto de consagración tendrá una respuesta confiada por parte de los creyentes en todos los continentes, y los llevará a una renovación interior y a la consolidación de la obra de edificación de la civilización del amor.

Recuerdo esos encuentros particulares con los polacos, puesto que en su contenido espiritual se halla encerrada la historia del último cuarto de siglo de Polonia, de Europa, de la Iglesia y del actual pontificado. Demos gracias a Dios por este tiempo, en el que hemos experimentado la abundancia de su gracia.

En el contexto del misterio de la Misericordia divina, volvamos ahora, una vez más, a las figuras de los nuevos santos polacos. Ambos no sólo se encomendaron a Cristo misericordioso, sino que también se convirtieron cada vez más plenamente en testigos de misericordia. En el ministerio pastoral de san José Sebastián Pelczar la actividad caritativa ocupó un lugar particular. Estuvo siempre convencido de que la misericordia activa es la defensa más eficaz de la fe, la predicación más elocuente y el apostolado más fecundo. Él mismo sostenía a los necesitados y, al mismo tiempo, se esmeraba para que se les atendiera de forma organizada y ordenada, no ocasional. Por eso, apreciaba también las instituciones caritativas y las sostenía con sus propios fondos. La madre Úrsula Ledóchowska hizo de su vida una misión de misericordia para con los más necesitados. Dondequiera que la Providencia la puso, encontró a jóvenes que necesitaban instrucción y formación espiritual, pobres, enfermos, personas solas y heridos de diferentes modos por la vida, que esperaban de ella comprensión y ayuda concreta. Ayuda que, según sus posibilidades, no negaba a nadie. Su obra de misericordia permanecerá esculpida para siempre en el mensaje de santidad, que ayer se convirtió en herencia de toda la Iglesia.

Así, José Sebastián Pelczar y Úrsula Ledóchowska, que nos han acompañado hoy en esta peregrinación espiritual a través de la tierra polaca, nos han conducido nuevamente a Roma. Os agradezco una vez más vuestra presencia aquí.

Ayer, por la tarde, cumplí ochenta y tres años de vida y entré en el ochenta y cuatro. Cada vez soy más consciente de que se acerca cada vez más el día en que deberé presentarme ante Dios con toda esta vida, con el período pasado en Wadowice, con el período vivido en Cracovia y con el vivido en Roma:  ¡Da cuentas de tu ministerio! Confío en la Misericordia divina y en la protección de la Madre santísima cada día, y sobre todo en el día en que todo llegará a cumplimiento:  en el mundo, ante el mundo y ante Dios. Os agradezco una vez más esta visita; aprecio muchísimo el gesto. Llevad mi saludo a vuestras familias, a vuestros seres queridos y a todos nuestros compatriotas. Os abrazo a todos con gratitud. Os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

¡Alabado sea Jesucristo! Dios os bendiga.

 

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