Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amadísimos hermanos y hermanas:
1. Os acojo y os saludo con afecto a cada uno de vosotros, que participáis
en la asamblea plenaria de la Congregación para la evangelización de los
pueblos. Saludo, en primer lugar, al cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de
vuestra Congregación, y le agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro
nombre. Saludo, asimismo, a los secretarios, al subsecretario y a los
colaboradores del dicasterio; saludo a los cardenales, a los obispos, a los
religiosos, a las religiosas y a todos los presentes.
Durante los trabajos de la plenaria habéis afrontado un aspecto importante de
la misión de la Iglesia: "La formación en los territorios de misión",
con respecto a los sacerdotes, los seminaristas, los religiosos y las
religiosas, los catequistas y los laicos comprometidos en las actividades
pastorales. Es un tema que merece toda vuestra atención.
2. La urgencia de preparar apóstoles para la nueva evangelización fue
reafirmada tanto por el concilio Vaticano II como por los Sínodos de los
obispos que se han celebrado en estos años. Fruto de los trabajos de las
asambleas sinodales ha sido la promulgación de significativas exhortaciones
apostólicas, entre las cuales me limito a recordar Pastores dabo vobis, Vita
consecrata, Catechesi tradendae y Christifideles laici.
Las comunidades eclesiales de reciente fundación están en rápida expansión.
Precisamente porque a veces se han manifestado deficiencias y dificultades en su
proceso de crecimiento, es urgente insistir en la formación de agentes
pastorales cualificados, gracias a programas sistemáticos, adecuados a las
necesidades del momento actual, y atentos a "inculturar" el Evangelio
en los diversos ambientes.
Urge una formación integral, capaz de preparar evangelizadores competentes y
santos, a la altura de su misión. Esto requiere un proceso largo y paciente, en
el que toda profundización bíblica, teológica, filosófica y pastoral se
apoye en la relación personal con Cristo, "camino, verdad y vida" (Jn
14, 6).
3. Jesús es el primer "formador", y el esfuerzo fundamental de
todo educador ha de consistir en ayudar a los que se están formando a cultivar
una relación personal con él. Sólo los que han aprendido a "permanecer
con Jesús" están preparados para ser "enviados por él a
evangelizar" (cf. Mc 3, 14). Un amor apasionado a Cristo es el
secreto de un anuncio convencido de Cristo. A esto aludía cuando, en la
reciente encíclica Ecclesia de Eucharistia, escribí: "Es
hermoso estar con él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto
(cf. Jn 13, 25), experimentar el amor infinito de su corazón" (n.
25).
La Iglesia, especialmente en los países de misión, necesita personas
preparadas para servir de modo gratuito y generoso al Evangelio, y por tanto
dispuestas a promover los valores de la justicia y la paz, derribando toda
barrera cultural, racial, tribal y étnica; capaces de escrutar los "signos
de los tiempos" y descubrir las "semillas del Verbo", sin caer en
reduccionismos ni relativismos.
Sin embargo, a esas personas se les exige ante todo que tengan "experiencia
de Dios" y estén "enamoradas" de él. "El mundo -afirmaba
mi venerado predecesor Pablo VI- exige a los evangelizadores que le hablen de un
Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran
viendo al Invisible" (Evangelii nuntiandi, 76).
4. Además de la intimidad personal con Cristo, es necesario prestar atención
a un crecimiento constante en el amor y en el servicio a la Iglesia. A este propósito,
por lo que concierne a los sacerdotes, será útil tener particularmente
presentes las indicaciones contenidas en la exhortación apostólica postsinodal
Pastores dabo vobis, en los decretos conciliares Presbyterorum ordinis
y Optatam totius, y en otros textos publicados por los diferentes
dicasterios de la Curia romana.
"En cuanto representa a Cristo, cabeza, pastor y esposo de la Iglesia,
-afirmé en la Pastores dabo vobis- el sacerdote no sólo está en la
Iglesia, sino también al frente de la Iglesia. Por tanto, está llamado a
revivir en su vida espiritual el amor de Cristo esposo con la Iglesia
esposa" (n. 22).
Corresponde al obispo, en comunión con el presbiterio,
delinear un proyecto y un programa "capaces de estructurar la formación
permanente no de modo episódico, sino como una propuesta sistemática de
contenidos, que se desarrolla por etapas y tiene modalidades precisas" (ib.,
79).
5. Quisiera aprovechar esta ocasión para dar las gracias a todos los que
se dedican generosamente a la educación en los territorios de misión. Y no
podemos menos de recordar que muchos seminaristas, sacerdotes, religiosos,
religiosas y laicos pertenecientes a los territorios de misión completan su
itinerario formativo aquí, en Roma, en colegios y centros, muchos de los cuales
dependen de vuestro dicasterio. Pienso en los Colegios pontificios Urbano, San
Pedro y San Pablo para los sacerdotes, en el Foyer Pablo VI para las
religiosas, en el centro Mater Ecclesiae para los catequistas, y en el
Centro internacional de animación misionera para la renovación espiritual de
los misioneros. Deseo de corazón que la experiencia romana sea para cada uno un
verdadero enriquecimiento cultural, pastoral y, sobre todo, espiritual.
Deseo, asimismo, que cada comunidad cristiana siga con docilidad en la escuela
de María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia. En el Mensaje para la próxima
Jornada mundial de las misiones escribí que una "Iglesia más
contemplativa" se convierte en una "Iglesia más santa" y en una
"Iglesia más misionera".
A la vez que pido al Señor que así sea para cada comunidad eclesial, de modo
especial en los territorios de misión, os aseguro mi oración y os imparto con
afecto a todos una especial bendición apostólica.