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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCI
ÓN
DE LA UNIDAD DE LOS  CRISTIANOS

 

Al venerado hermano
Cardenal WALTER KASPER
presidente del Consejo pontificio
para la promoción de la unidad de los cristianos


1. Con este mensaje me dirijo a usted de buen grado para pedirle que transmita mi saludo a los miembros, a los consultores y a los oficiales del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos con ocasión de su asamblea plenaria. Muchos de los participantes en ese importante acontecimiento se asocian por primera vez a la misión confiada al Consejo pontificio, y comienzan así a compartir de modo directo la "pasión" por la unidad de todos los discípulos de Cristo.

Que los discípulos sean "uno" fue la oración que Cristo elevó al Padre la víspera de su Pasión (cf. Jn 17, 20-23). Es una oración que nos compromete, constituyendo una tarea imprescindible para la Iglesia, la cual se siente llamada a gastar todas sus energías para apresurar su realización. En efecto, "querer la unidad significa querer a la Iglesia; querer a la Iglesia significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este es el significado de la oración de Cristo:  ut unum sint" (Ut unum sint, 9).

2. Estoy seguro de que los cardenales, los arzobispos y los obispos, así como los expertos en las diversas disciplinas, reunidos en asamblea plenaria, son totalmente conscientes de la urgencia con la que la Iglesia debe llevar adelante la tarea del restablecimiento de la comunión plena entre los cristianos. Por otra parte, de todos es conocido el empeño con el que mis predecesores trabajaron y oraron para alcanzar este objetivo. Yo mismo he afirmado muchas veces que el movimiento encaminado al restablecimiento de la unidad de todos los cristianos es uno de los grandes compromisos pastorales de mi pontificado. Hoy, a veinticinco años de mi elección a la Sede de Pedro, doy gracias al Señor porque puedo constatar que en el camino ecuménico, aunque sea con vicisitudes alternas, se han dado pasos importantes y significativos hacia la meta.

3. Ciertamente, el camino ecuménico no es fácil. A medida que avanzamos, se descubren más fácilmente los obstáculos, y su dificultad se percibe con más claridad. El mismo objetivo declarado de los diferentes diálogos teológicos, en los que la Iglesia católica está comprometida con las demás Iglesias y comunidades eclesiales, en ciertos casos parece incluso más problemático. La perspectiva de la plena comunión visible puede producir a veces fenómenos y reacciones dolorosas en quienes quieren acelerar a toda costa el proceso, o en quienes se desalientan por el largo camino que queda aún por recorrer. Sin embargo, nosotros, en la escuela del ecumenismo, estamos aprendiendo a vivir con humilde confianza este período intermedio, con la certeza de que, en cualquier caso, es un período sin retorno.

Queremos superar juntos contrastes y dificultades, queremos reconocer juntos incumplimientos y atrasos en lo que se refiere a la unidad, queremos restablecer el deseo de la reconciliación donde parece amenazado por la desconfianza y la sospecha. Todo esto sólo puede hacerse, dentro de la misma Iglesia católica y en su acción ecuménica, partiendo de la convicción de que no hay otra opción, puesto que "el movimiento a favor de la unidad de los cristianos, no es sólo un mero "apéndice", que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su acción" (Ut unum sint, 20).

4. Como un faro que guía entre las sombras de las divisiones heredadas, desde hace tantos siglos, de pecados contra la unidad, permanece la inquebrantable esperanza de que el Espíritu de Cristo nos sostendrá en este camino, sanando nuestras debilidades y reticencias, y enseñándonos a vivir plenamente el mandamiento del amor:  "En esto conocerán todos que sois discípulos míos:  si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 35).

La fuerza del amor nos impulsa a unos hacia otros y nos ayuda a predisponernos a la escucha, al diálogo, a la conversión y a la renovación (cf. Unitatis redintegratio, 1). En este preciso contexto se inserta muy oportunamente el tema principal de esta asamblea plenaria del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos:  La espiritualidad ecuménica.

5. A lo largo de los años, se han emprendido muchas iniciativas para estimular la oración de los cristianos. En la encíclica Ut unum sint escribí:  "En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde sin duda a la oración común, a la unión orante de quienes se congregan en torno a Cristo mismo" (n. 22). Entre esas iniciativas, la "Semana de oración por la unidad de los cristianos" merece ser impulsada de modo especial. Yo mismo he exhortado muchas veces para que se convierta en una práctica generalizada y seguida por doquier, no como algo rutinario, sino animada constantemente por el deseo sincero de un compromiso cada vez más amplio en favor del restablecimiento de la unidad de todos los bautizados. Más aún, también he impulsado de muchos modos a los fieles de la Iglesia católica a no olvidarse, en su relación diaria con Dios, de hacer suya la oración por la unidad de los cristianos. Por tanto, me siento profundamente agradecido a cuantos han secundado esta preocupación mía y han hecho de la oración por la unidad de los cristianos una preocupación constante de su diálogo con el Señor.

A cuarenta años de la celebración del concilio Vaticano II, cuando muchos de los pioneros del ecumenismo ya han entrado en la casa del Padre, nosotros, mirando el camino realizado, podemos reconocer que se ha recorrido un trecho considerable y que nos hemos adentrado en el corazón mismo de las divisiones, donde son más dolorosas. Esto ha sucedido, sobre todo, gracias a la oración. Por tanto, debemos constatar una vez más la "primacía" que se debe atribuir al compromiso de la oración. Sólo una intensa espiritualidad ecuménica, vivida con docilidad a Cristo y con plena disponibilidad a las mociones del Espíritu, nos ayudará a vivir con el impulso necesario este período intermedio, durante el cual debemos evaluar nuestros progresos y nuestras derrotas, las luces y las sombras de nuestro camino de reconciliación.

6. Deseo, señor cardenal, que la asamblea plenaria del Consejo pontificio suscite intuiciones nuevas para ampliar y consolidar más profundamente la espiritualidad ecuménica en el corazón de todos. Esto constituirá el antídoto eficaz contra cualquier desaliento, duda o vacilación. Realmente, el sacrificio más agradable que se puede ofrecer a Dios es la paz y la concordia fraterna de los cristianos; es el espectáculo de un pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. san Cipriano, De dominica oratione, 23:  PL 4, 536).

A todos imparto mi bendición.

Vaticano, 3 de noviembre de 2003

 

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