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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA VIII SESIÓN PÚBLICA
DE LAS ACADEMIAS PONTIFICIAS

 

 

Al venerado hermano
Cardenal PAUL POUPARD
Presidente del Consejo de coordinación entre las Academias pontificias


1. Con viva alegría envío este mensaje a los participantes en la VIII sesión pública de las Academias pontificias. Es un encuentro que pretende promover la obra de estas importantes instituciones culturales y adjudicar, al mismo tiempo, un premio a cuantos trabajan para fomentar un renovado humanismo cristiano.

Lo saludo cordialmente, venerado hermano, y le agradezco la solicitud con que sigue esta iniciativa.
Saludo también a los presidentes de cada una de las Academias y a sus colaboradores, así como a los miembros de la Curia romana que han intervenido. Extiendo mi saludo a las autoridades, a los señores embajadores y a cuantos han querido honrar con su presencia esa manifestación.

2. El tema elegido para la actual sesión pública, "Los mártires y sus memorias monumentales, piedras vivas en la construcción de Europa", quiere ofrecer una singular clave de lectura del cambio histórico que estamos viviendo en Europa. Se trata de descubrir el vínculo profundo entre la historia de ayer y la de hoy, entre el testimonio evangélico dado valientemente en los primeros siglos de la era cristiana por muchísimos hombres y mujeres y el testimonio que, también en nuestros días, numerosos creyentes en Cristo siguen dando al mundo para reafirmar el primado del Evangelio de Cristo y de la caridad.

Si se perdiera la memoria de los cristianos que han sacrificado su vida para afirmar su fe, el tiempo presente, con sus proyectos y sus ideales, perdería un componente valioso, puesto que los grandes valores humanos y religiosos ya no estarían sostenidos por un testimonio concreto, insertado en la historia.

3. "Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual" (1 P 2, 4-5).

Estas palabras del apóstol san Pedro han animado y sostenido a miles de hombres y mujeres al afrontar las persecuciones y el martirio durante dos mil años de cristianismo. Afortunadamente, hoy, en Europa -no sucede lo mismo en otras regiones del mundo-, la persecución ya no es un problema. Sin embargo, los cristianos deben afrontar a menudo formas de hostilidad más o menos abiertas, y esto los obliga a dar un testimonio claro y valiente. Junto con todos los hombres de buena voluntad, están llamados a construir una verdadera "casa común", que no sea sólo edificio político y económico-financiero, sino también "casa" rica en memorias, en valores y en contenidos espirituales. Estos valores han encontrado y encuentran en la cruz un elocuente símbolo que los resume y los expresa.

En la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa destaqué que el continente europeo está viviendo una "época de desconcierto" y que también las Iglesias europeas sufren "la tentación de un oscurecimiento de la esperanza" (n. 7). Entre las señales preocupantes puse de relieve la progresiva pérdida de la herencia cristiana que, como consecuencia, lleva a la cultura europea a una especie de "apostasía silenciosa", en la que el hombre vive como si Dios no existiera.

4. Los discípulos de Cristo están llamados a contemplar e imitar a los numerosos testigos de la fe cristiana que han vivido en el último siglo, tanto en el Este como en el Oeste, los cuales han perseverado en su fidelidad al Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta la prueba suprema de la sangre. Esos testigos son un signo convincente de esperanza, que se presenta ante todo a las Iglesias de Europa. En efecto, nos atestiguan la vitalidad y la fecundidad del Evangelio también en el mundo actual. Son, en verdad, un faro luminoso para la Iglesia y para la humanidad, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo.

Se han esforzado por servir fielmente a Cristo y su "Evangelio de la esperanza", y con su martirio han expresado en grado heroico su fe y su amor, poniéndose generosamente al servicio de sus hermanos. Al hacerlo, han demostrado que la obediencia a la ley evangélica engendra una vida moral y una convivencia social que honran y promueven la dignidad y la libertad de toda persona.

A nosotros, por tanto, nos corresponde recoger esta singular y valiosísima herencia, este patrimonio único y excepcional, como ya hicieron las primeras generaciones cristianas, que construyeron sobre las tumbas de los mártires memorias monumentales, basílicas y lugares de peregrinación, para recordar a todos su sacrificio supremo.

5. Así pues, esa solemne sesión pública quiere ser, ante todo, memoria y acogida interior del testimonio de los mártires. Los cristianos de hoy no deben olvidar las raíces de su experiencia de fe e incluso de su compromiso civil.

Por tanto, me alegra encargarle, señor cardenal, que entregue el premio de las Academias pontificias del año 2003 a la doctora Giuseppina Cipriano por su estudio titulado:  "Los mausoleos del Éxodo y de la Paz en la necrópolis de El-Bagawat. Reflexiones sobre los orígenes del cristianismo en Egipto". Le pido, además, que entregue la Medalla del pontificado a la doctora Sara Tamarri por su obra titulada:  "La iconografía del león, de la Antigüedad tardía a la Edad media".
Al mismo tiempo, venerado hermano, le ruego que exprese a las ganadoras mi satisfacción por sus respectivos trabajos, que destacan el valor del patrimonio arqueológico, litúrgico e histórico, al que la cultura cristiana debe tanto y del que puede aún tomar elementos de auténtico humanismo.

A la vez que aseguro a todos un particular recuerdo en la oración, de buen grado le imparto a usted, señor cardenal, y a cada uno de los presentes, mi bendición.

Vaticano, 3 de noviembre de 2003

 

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