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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE PEREGRINOS DE CROACIA


Sábado 8 de noviembre
de 2003

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Me alegra dirigiros mi cordial saludo a cada uno de vosotros, que habéis venido a Roma para manifestar, una vez más, vuestra profunda devoción a la Sede de Pedro y, al mismo tiempo, para devolver la visita pastoral que tuve la alegría de realizar a vuestro país durante el pasado mes de junio. Os doy a todos mi afectuosa bienvenida.

Saludo ante todo al cardenal Josip Bozanic, y le agradezco las amables palabras que, también en calidad de presidente de la Conferencia episcopal de Croacia, me ha dirigido en nombre de todos los presentes. Dirijo, asimismo, un saludo fraterno a los obispos, que no han querido faltar a esta cita. Mi cordial saludo va, además, a los representantes de las autoridades civiles y militares del país, a las que agradezco el empeño puesto para el éxito de mis visitas pastorales.

Deseo renovaros la expresión de mi más viva gratitud por la acogida siempre tan afectuosa que me habéis brindado cada vez que he visitado vuestra amada patria. Conservo en mi mente y en mi corazón las imágenes de un pueblo animado por una fe viva y llena de entusiasmo, un pueblo acogedor y generoso.

2. Me viene a la memoria mi primer gran encuentro con los croatas, que tuvo lugar en la basílica cercana, junto a la tumba del Príncipe de los Apóstoles, el 30 de abril de 1979. Desde entonces, he tenido la posibilidad de encontrarme varias veces con vuestros compatriotas, tanto aquí, en Roma, como durante mis visitas pastorales a vuestra patria.

La Providencia quiso que mi 100° viaje apostólico fuera de Italia tuviera como meta precisamente Croacia, con etapas en la antigua y espléndida Dubrovnik, para beatificar a la madre María de Jesús Crucificado Petkovic, y después en Osijek, Dakovo, Rijeka y Zadar. De ese modo, como peregrino del Evangelio por los caminos del mundo, llamado a servir a la Iglesia en la Cátedra de Pedro, he podido confirmaros en la fe, de la que habéis dado un hermoso testimonio en medio de numerosas adversidades y sufrimientos. Así, he querido sostener vuestra esperanza, a menudo sometida a dura prueba, y animar vuestra caridad, impulsándoos a perseverar en vuestra adhesión a la Iglesia en el nuevo clima de libertad y democracia restablecido hace trece años.

3. Vuestra amada tierra posee la fuerza y la capacidad necesarias para afrontar adecuadamente los desafíos del momento actual. Ojalá que siempre se sirva de ellas para construir una sociedad solidaria y dispuesta a apoyar eficazmente a las clases más débiles. Una sociedad fundada en los valores religiosos y humanos, que a lo largo de los siglos han inspirado a las generaciones que os han precedido. Una sociedad que respete el carácter sagrado de la vida y el gran proyecto de Dios sobre la familia. Una sociedad que mantenga unidas las fuerzas sanas, promoviendo el espíritu de comunión y de responsabilidad.

El compromiso en favor del hombre y de su verdadero bien se apoya también en el Evangelio y, por tanto, forma parte de la misión de la Iglesia (cf. Mt 25, 34-46; Lc 4, 18-19). Nada de lo que es genuinamente humano puede resultar extraño para los discípulos de Cristo.

4. Ruego a Dios que conceda a la noble nación croata la paz, la concordia y la perseverancia en su compromiso en favor del bien común. Encomiendo vuestro pueblo a la intercesión de María santísima, Virgen del Gran Voto Bautismal de Croacia, y de san José, patrono celestial de vuestro país.

A todos vosotros, aquí presentes, a vuestras comunidades diocesanas y parroquiales, y a vuestras familias imparto de corazón la bendición apostólica.

¡Alabados sean Jesús y María!

 

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