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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN GRUPO DE MIEMBROS DEL
SINDICATO POLACO "SOLIDARIDAD"
Martes 11 de noviembre de 2003
Doy mi cordial bienvenida a todos los presentes. De modo particular, saludo al
señor ex presidente Lech Walesa y al actual presidente del Sindicato. Saludo a
monseñor Tadeusz Goclowski, responsable de la comisión episcopal para la
pastoral del mundo del trabajo. Me alegra poder acoger nuevamente en el Vaticano
a los representantes de Solidaridad.
No es la primera vez que nos encontramos un 11 de noviembre, día especial para
Polonia. Recuerdo que esa audiencia tuvo lugar también en 1996. Dije entonces:
"Llevo profundamente en mi corazón y todos los días encomiendo a Dios en mi
oración vuestros problemas, vuestras aspiraciones, preocupaciones y alegrías, y
vuestro cansancio por el trabajo" (Discurso a los trabajadores del sindicato
Solidaridad, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
22 de noviembre de 1996, p. 4). Hoy lo repito, una vez más, para aseguraros que
me interesa constantemente la situación de los trabajadores en Polonia.
Al recordar la fecha del 11 de noviembre, no puedo por menos de referirme a la
libertad nacional restituida aquel día a la República de Polonia, después de
años de luchas que costaron a nuestra nación tantas renuncias y tantos
sacrificios. Esa libertad exterior no duró mucho, pero siempre hemos podido
apelar a ella en la lucha por conservar la libertad interior, la libertad de
espíritu. Sé cuán importante era ese día para todos los que, en el tiempo del
comunismo, trataban de oponerse a la supresión programada de la libertad del
hombre, a la humillación de su dignidad y a la negación de sus derechos
fundamentales. Más tarde, de aquella oposición nació el movimiento del que
vosotros sois artífices y continuadores. También este movimiento se remitía al
11 de noviembre, a aquella libertad que en 1918 encontró su expresión exterior,
política, y que nació de la libertad interior de cada uno de los ciudadanos de
la República polaca dividida y de la libertad espiritual de toda la nación.
Esta libertad de espíritu, aunque estaba reprimida desde el final de la segunda
guerra mundial y desde los Acuerdos de Yalta, ha sobrevivido, y se ha convertido
en el fundamento de las transformaciones pacíficas que se produjeron en nuestro
país, y a continuación en toda Europa, logradas también gracias al sindicato
Solidaridad. Doy gracias a Dios por el año 1979, durante el cual el sentido
de unidad en el bien y el anhelo común de prosperidad de la nación oprimida
derrotó al odio y al deseo de venganza, y se convirtió en el inicio de la
construcción de un Estado democrático. Sí, ha habido intentos de destruir esta
obra. Todos recordamos el 13 de diciembre de 1981. Se logró sobrevivir a esas
pruebas. Doy gracias a Dios porque el 19 de abril de 1989 pude pronunciar las
siguientes palabras: María, "encomiendo a tu solicitud materna a Solidaridad,
que hoy, después de la nueva legalización del 17 de abril, puede volver a
actuar. Te encomiendo el proceso unido a este acontecimiento, encaminado a
plasmar la vida de la nación según las leyes de la sociedad soberana. Te ruego,
Señora de Jasna Góra, a fin de que en el camino de este proceso todos continúen
demostrando el coraje, la sabiduría y la ponderación indispensables para servir
al bien común" (Plegaria del Papa a la Virgen de Jasna Góra, 19 de abril de
1989: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de abril de
1989, p. 4).
Recuerdo esos acontecimientos, porque tienen un significado particular en la
historia de nuestra nación. Y parece ser que se están borrando de la memoria.
Las generaciones más jóvenes ya no los conocen por experiencia propia. Por
tanto, cabe preguntarse si aprecian como se debe la libertad que poseen, si se
dan cuenta del precio pagado por ella. Solidaridad no puede desentenderse
de esta historia, tan cercana y, al mismo tiempo, ya lejana. No se puede por
menos de recordar la historia posbélica de la reconquista de la libertad. Es el
patrimonio al que conviene remitirse constantemente, para que la libertad no
degenere en anarquía, sino para que asuma la forma de responsabilidad común por
el destino de Polonia y de cada uno de sus ciudadanos.
El 15 de enero de 1981 dije a los representantes de Solidaridad:
"Pienso, queridos señores y señoras, que sois plenamente conscientes de los
deberes que se os presentan (...). Son deberes de enorme importancia. Se
refieren a la necesidad de que queden plenamente garantizadas la dignidad y la
eficiencia del trabajo humano a través del respeto de todos los derechos
personales, familiares y sociales de cada hombre, el cual es agente de trabajo.
En este sentido, dichos deberes tienen un significado fundamental para la vida
de toda la sociedad, de la nación entera, para su bien común. Pues el bien común
de la sociedad se reduce a estas preguntas: ¿Qué es la sociedad?, ¿qué es el
hombre?, ¿cómo vive?, ¿cómo trabaja? Por ello, vuestra actividad autónoma hace
y debe hacer siempre referencia clara a la moralidad social en su totalidad.
Primeramente, a la moralidad en el campo del trabajo, a las relaciones entre el
obrero y el que le proporciona el trabajo" (n. 5: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 25 de enero de 1981, p. 11).
Al parecer, esta exhortación a garantizar la dignidad y la eficacia del trabajo
humano no ha perdido hoy su importancia. Sé que en la actualidad están en
peligro estas dos características del trabajo. Juntamente con el desarrollo de
la economía de mercado surgen nuevos problemas que afectan dolorosamente a los
trabajadores. En diversas ocasiones, últimamente, he hablado del problema del
desempleo, que en muchas regiones de Polonia alcanza dimensiones peligrosas.
Aparentemente, los sindicatos no influyen en esto. Pero conviene preguntarse si
no influyen en el modo de contratar a los trabajadores, dado que cada vez con
mayor frecuencia los contratos son temporales, o en el modo de hacerse los
despidos, que se realizan sin ninguna preocupación por su situación y la de sus
familias. Sí, Solidaridad demuestra una actividad mayor en las grandes
empresas, especialmente en las que pertenecen al Estado. Sin embargo, se podría
preguntar si el sindicato se interesa suficientemente de la situación de los
empleados en las empresas pequeñas, privadas, en los supermercados, en las
escuelas, en los hospitales o en otros ámbitos de la economía de mercado, que no
disponen de la fuerza que tienen las minas y las acererías. Es necesario que
vuestro sindicato defienda abiertamente a los obreros a quienes los empresarios
niegan el derecho de expresión, el derecho de oponerse a los fenómenos que
violan los derechos fundamentales del trabajador.
Sé que en nuestro país a los trabajadores no se les pagan sus salarios. Hace
poco tiempo, refiriéndome a la carta que a este propósito publicaron los obispos
polacos, dije que el bloqueo del pago debido por el trabajo es un pecado que
clama venganza al cielo. "Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento,
vierte sangre quien quita el jornal al jornalero" (Si 34, 22). Este abuso
es la causa de la dramática situación de muchos trabajadores y de sus
familias. El sindicato Solidaridad no puede permanecer indiferente
ante este fenómeno angustioso.
Un problema aparte consiste en que con frecuencia se trata a los trabajadores
exclusivamente como mano de obra. Sucede que los empresarios en Polonia no
reconocen a sus dependientes el derecho al descanso, a la asistencia médica e,
incluso, a la maternidad. ¿No significa esto limitar la libertad, por la que
luchó Solidaridad? Bajo este aspecto, queda mucho por hacer. Este deber
corresponde a las autoridades del Estado y a las instituciones jurídicas, pero
también a Solidaridad, en el que el mundo del trabajo ha depositado
tantas esperanzas. No se le puede defraudar.
En el año 1981, mientras perduraba aún el estado de excepción, dije a los
representantes de Solidaridad: "La actividad de los sindicatos no tiene
carácter político, no debe ser instrumentalizado por nadie, por ningún partido
político, con objeto de que se centre exclusivamente y de manera plenamente
autónoma en el gran bien social del trabajo humano y de los trabajadores"
(Discurso del 15 de enero de 1981, n. 6). Al parecer, precisamente la
politización del sindicato -probablemente por la necesidad histórica- ha llevado
a su debilitamiento. Como escribí en la encíclica
Laborem exercens, quien
ejerce el poder en el Estado es un empresario indirecto, cuyos intereses, por lo
general, no van de acuerdo con las necesidades del trabajador. Según parece,
Solidaridad, al entrar en una cierta etapa de la historia directamente en el
mundo de la política y al asumir la responsabilidad del gobierno del país, tuvo
que renunciar necesariamente a la defensa de los intereses de los trabajadores
en muchos sectores de la vida económica y pública. Permitidme decir hoy que si
Solidaridad quiere servir de verdad a la nación, debería volver a sus
raíces, a los ideales que la iluminaban como sindicato. El poder pasa de mano en
mano, y los obreros, los agricultores, los profesores, los agentes sanitarios y
todos los demás trabajadores, independientemente de quien ejerce el poder en el
país, esperan que se les ayude a defender sus justos derechos. En esto
Solidaridad no puede defraudarlos.
Es una tarea difícil y exigente. Por eso, cada día apoyo con mi oración todos
vuestros esfuerzos. Al defender los derechos de los trabajadores, estáis
actuando por una causa justa; por eso, podéis contar con la ayuda de la Iglesia.
Creo que este trabajo será eficaz y mejorará la situación de los trabajadores en
nuestro país. Con la ayuda de Dios, seguid realizando la obra que habéis
iniciado juntos hace años. Llevad mi saludo a todo el sindicato Solidaridad.
Llevad mi saludo al mundo del trabajo.
Llevad mi saludo a vuestras familias.
Que Dios os bendiga a todos.
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