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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
SEXTO GRUPO DE OBISPOS DE LA INDIA EN
VISITA "AD LIMINA"
Lunes 17 de
noviembre de 2003
Queridos hermanos en el episcopado:
1. "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (Sal
118, 1). Estas palabras de los salmos son muy adecuadas para daros la bienvenida
a vosotros, pastores de las provincias eclesiásticas de Madrás y Manipur,
Madurai y Pondicherry y Cuddalore, al final de esta serie de visitas ad
limina de los obispos de la India. En particular, deseo saludar al arzobispo
Arul Das y agradecerle los sentimientos que me ha transmitido de parte de todos
vosotros.
Los discursos que dirigí anteriormente a vuestros hermanos en el episcopado han
ponderado frecuentemente la importancia de promover un auténtico espíritu de
solidaridad en la Iglesia y en la sociedad. No basta que la comunidad
cristiana mantenga el principio de solidaridad como un ideal noble; más bien, ha
de considerarse como la norma para las relaciones entre las personas que, en
palabras de mi venerado predecesor el Papa Pío XII, fue "sellada por el
sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su
Padre celestial en nombre de la humanidad pecadora" (Summi pontificatus).
Al ser sucesores de los Apóstoles de Cristo, tenemos el deber fundamental de
animar a todos los hombres y mujeres a transformar esta solidaridad en una
"espiritualidad de comunión" para el bien de la Iglesia y de la humanidad (cf.
Pastores gregis, 22). Al compartir estos pensamientos con vosotros hoy,
deseo situar mis reflexiones en el contexto de este principio fundamental de las
relaciones humanas y cristianas.
2. No podemos esperar difundir este espíritu de unidad entre nuestros hermanos y
hermanas sin una auténtica solidaridad entre los pueblos. Como muchos otros
lugares en el mundo, también la India está afligida por numerosos problemas
sociales. En algunos casos, esos desafíos se agravan a causa del injusto sistema
de división de castas, que niega la dignidad humana de enteros grupos de
personas. A este respecto, repito lo que dije durante mi primera visita pastoral
a vuestro país: "La ignorancia y los prejuicios deben ser reemplazados por
la tolerancia y el entendimiento. La indiferencia y la lucha de clases deben
transformarse en fraternidad y servicio entregado. La discriminación fundada en
la raza, el color, el credo, el sexo o el origen étnico debe rechazarse como
totalmente incompatible con la dignidad humana" (Homilía durante la misa en
el estadio Indira Gandhi, Nueva Delhi, 2 de febrero de 1986, n. 8:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de febrero de 1986, p.
7).
Alabo las numerosas iniciativas que han puesto en marcha la Conferencia
episcopal y las Iglesias particulares para combatir esa injusticia. Los
valientes pasos que habéis dado para solucionar ese problema, como los del
Consejo de obispos Tamil Nadu en 1992, son ejemplos que pueden seguir otros. En
todo momento debéis procurar que se preste especial atención a los que
pertenecen a las castas más bajas, especialmente a los dalits. No deben ser
segregados nunca de los demás miembros de la sociedad. Cualquier apariencia de
prejuicio basado en la casta en las relaciones entre cristianos es un
antitestimonio de la auténtica solidaridad humana, una amenaza contra la genuina
espiritualidad y un serio obstáculo a la misión evangelizadora de la Iglesia.
Por tanto, habría que reformar notablemente las costumbres o tradiciones que
perpetúan o refuerzan la división de castas, para que puedan llegar a ser una
expresión de la solidaridad de toda la comunidad cristiana. Como nos enseña el
apóstol san Pablo, "si un miembro sufre, todos los demás sufren con él" (1 Co
12, 26). La Iglesia tiene el deber de trabajar sin cesar para cambiar los
corazones, ayudando a las personas a considerar a todo ser humano como hijo
de Dios, hermano o hermana de Cristo y, por consiguiente, miembro de nuestra
misma familia.
3. La auténtica comunión con Dios y con los demás lleva a todos los cristianos a
anunciar la buena nueva a aquellos que no han visto ni oído (cf. 1 Jn 1,
1). La Iglesia ha recibido la misión única de servir "al Reino difundiendo en el
mundo los "valores evangélicos", que son expresión de ese Reino y ayudan a los
hombres a acoger el designio de Dios" (Redemptoris missio, 20). En
efecto, es este espíritu evangélico el que anima incluso a las personas de
diferentes tradiciones a trabajar juntas con el objetivo común de anunciar
el Evangelio (cf.
Discurso a los obispos de rito siro-malabar de la India,
13 de mayo de 2003).
Muchos de vosotros habéis expresado la esperanza de que la Iglesia en la India
continúe sus esfuerzos por permanecer activamente comprometida en la "nueva
evangelización". Esto es de especial importancia en las sociedades modernas, en
las que amplios sectores de la población se encuentran en situaciones
desesperadas, que a menudo los llevan a buscar soluciones rápidas y fáciles para
problemas complicados. Este sentido de desesperación puede explicar, en parte,
por qué tantas personas -jóvenes y ancianos- se sienten atraídas por las sectas
fundamentalistas, que ofrecen emociones efímeras y una garantía de riqueza y
ventajas terrenas. Nuestra respuesta a esto debe ser una "nueva evangelización",
y su éxito depende de nuestra habilidad para mostrar a las personas la vaciedad
de esas promesas, convenciéndolas de que Cristo y su Cuerpo comparten sus
sufrimientos, y recordándoles que "busquen primero el reino de Dios y su
justicia" (Mt 6, 33).
4. En mi reciente exhortación apostólica postsinodal,
Pastores gregis,
destaqué que el obispo es el "administrador de la gracia del sumo sacerdocio",
ejerciendo su ministerio mediante la predicación, la guía espiritual y la
celebración de los sacramentos (cf. n. 32). Como pastores de la grey del Señor,
sois muy conscientes de que no podéis cumplir eficazmente vuestras obligaciones
sin colaboradores comprometidos que os asistan en vuestro ministerio. Por esta
razón, es esencial que sigáis promoviendo la solidaridad entre el clero y una
mayor unidad entre los obispos y sus presbíteros. Confío en que los
sacerdotes en vuestro país "vivan y actúen con espíritu de comunión y
colaboración con los obispos y con todos los miembros de la Iglesia, dando
testimonio del amor que Jesús definió como auténtico distintivo de sus
discípulos" (Ecclesia in Asia, 43).
Por desgracia, incluso quienes han sido ordenados para el ministerio, a veces
pueden ser víctimas de tendencias culturales o sociales dañosas, que socavan su
credibilidad y obstaculizan seriamente su misión. Como hombres de fe, los
sacerdotes no deben dejar que la tentación del poder o de ganancias materiales
los alejen de su vocación, ni pueden permitir que las diferencias étnicas o de
castas los aparten de su misión fundamental de anunciar el Evangelio. Los
obispos, como padres y hermanos, han de amar y respetar a sus sacerdotes. Del
mismo modo, los sacerdotes deben amar y honrar a sus obispos. Vosotros y
vuestros sacerdotes sois heraldos del Evangelio y constructores de la unidad en
la India. Las diferencias personales o la casualidad del nacimiento no deben
minar nunca este papel esencial (cf. Discurso a los sacerdotes de la India,
Goa, 6 de febrero de 1986).
5. Un firme compromiso de mutuo apoyo asegura nuestra unidad en la misión, que
se funda en Cristo mismo, y nos permite acercarnos "a todas las culturas, a todas
las concepciones ideológicas, a todos los hombres de buena voluntad" (Redemptor
hominis, 12). Debemos recordar siempre las palabras de san Pablo cuando
enseñaba que "ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie
para sí mismo" (Rm 14, 7). La Iglesia, además, exhorta a los fieles a
entablar, con prudencia y caridad, el diálogo y la colaboración con los miembros
de otras religiones. Una vez que hayamos comprometido a estos hermanos y
hermanas nuestros, seremos capaces de concentrar nuestros esfuerzos en una
solidaridad duradera entre las religiones. Juntos nos esforzaremos por
reconocer nuestro deber de fomentar la unidad y la caridad entre las personas,
reflexionando sobre lo que tenemos en común y sobre lo que puede promover
ulteriormente la fraternidad entre nosotros (cf.
Nostra aetate, 1 y
2).
Alentar la verdad requiere un profundo respeto por todo lo que ha realizado en
el hombre el Espíritu, que "sopla donde quiere" (Jn 3, 8). La verdad que
nos ha sido revelada nos obliga a ser sus guardianes y sus maestros. Al
transmitir la verdad de Dios, debemos conservar siempre "una profunda estima por
el hombre, por su entendimiento, su voluntad, su conciencia y su libertad. De
este modo, la misma dignidad de la persona humana se hace contenido de aquel
anuncio, incluso sin palabras, a través del comportamiento respecto de ella" (Redemptor
hominis, 12). La Iglesia católica en la India ha promovido constantemente la
dignidad de toda persona y ha defendido el correspondiente derecho de todos a la
libertad religiosa. Su estímulo a la tolerancia y al respeto de las otras
religiones se demuestra con los numerosos programas de intercambio
interreligioso que habéis desarrollado tanto a nivel nacional como local. Os
animo a continuar esos diálogos cordiales y útiles con los fieles de las otras
religiones. Esos diálogos ayudarán a cultivar la búsqueda mutua de la verdad, la
armonía y la paz.
6. Queridos hermanos, pastores del pueblo de Dios, al comienzo del tercer
milenio, volvamos a dedicarnos a la tarea de reunir a los hombres y mujeres en
una unidad de propósitos y entendimiento. Pido a Dios que vuestra peregrinación
a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo haya renovado la fuerza que
necesitáis para desarrollar una auténtica espiritualidad de comunión, que enseñe
a todas las personas a "dar espacio" a sus hermanos y hermanas, "llevando los
unos la carga de los otros" (cf.
Novo millennio ineunte, 43). Os
encomiendo a vosotros, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y a los fieles
laicos, a la intercesión de la beata Teresa de Calcuta y a la protección de
María, Madre de la Iglesia. Como prenda de paz y alegría en Cristo, nuestro
Señor, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.
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