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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL V
CONGRESO MUNDIAL DE LA PASTORAL PARA LOS EMIGRANTES E ITINERANTES
Jueves
20 de noviembre de 2003
Eminencias; queridos hermanos en el episcopado; amados hermanos y hermanas en
Cristo:
1. ¡La paz esté con vosotros! Con alegría os doy la bienvenida hoy aquí. Saludo
en particular al presidente del Consejo pontificio para la pastoral de los
emigrantes e itinerantes, cardenal Stephen Fumio Hamao, y le agradezco las
amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Me complace saludar a los
demás cardenales y a los obispos presentes entre vosotros, y dar la bienvenida
en especial a nuestros hermanos y hermanas de las demás comunidades cristianas.
Con ocasión de este V Congreso mundial, también os aseguro mi cercanía
espiritual a los emigrantes, a los refugiados, a los desplazados y a los
estudiantes extranjeros en todo el mundo, a los que tratáis de prestar vuestra
asistencia.
La tarea de promover el bienestar de numerosos hombres y mujeres que, por
diversas razones, no viven en su patria, representa un campo muy vasto para la
nueva evangelización, a la que está llamada toda la Iglesia. Esta tarea exige
como condición fundamental reconocer la movilidad actual, voluntaria e
involuntaria, de tantas familias.
2. La Iglesia sigue esforzándose por responder a los signos de los tiempos; se
trata de un desafío que requiere siempre un compromiso pastoral renovado. El
Consejo pontificio, inspirándose en la constitución apostólica Exsul familia
del Papa Pío XII, y como respuesta a la enseñanza del concilio Vaticano II, está
preparando actualmente una Instrucción que afrontará las nuevas
necesidades espirituales y pastorales de los emigrantes y de los refugiados, y
presentará el fenómeno de la emigración como un modo de favorecer el diálogo, la
paz y el anuncio del Evangelio.
Hoy es necesario prestar atención especial al aspecto ecuménico de la
emigración, con referencia a los cristianos que no están en comunión plena con
la Iglesia católica, y también a la dimensión interreligiosa, sobre todo por lo
que atañe a los seguidores del islam. Confío en que la Instrucción
responda a estas exigencias, además de articular la necesidad de promover un
programa pastoral abierto a nuevos desarrollos, y, a la vez, siempre atento al
deber de los agentes pastorales de colaborar plenamente con la jerarquía local.
3. En este contexto se eligió el tema de vuestro congreso: "Recomenzar desde
Cristo: hacia una asistencia pastoral renovada de los emigrantes y refugiados".
Tomando como punto de partida mi carta apostólica
Novo millennio ineunte,
deseáis examinar los desafíos actuales a la luz de la palabra de Dios y de las
enseñanzas de la Iglesia, poniendo de relieve la caridad y teniendo en cuenta,
de modo especial, el misterio de la Eucaristía, sobre todo su celebración
dominical. Os animo en esta tarea y os recuerdo que lo que buscamos no es una
fórmula, sino a una Persona, y la certeza que nos infunde: "Yo estoy con
vosotros todos los días" (Mt 28, 20).
Con este fin, reafirmo que para la renovación pastoral, prescindiendo de su
objetivo particular, "no se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya
existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se
centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar,
para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su
perfeccionamiento" (Novo millennio ineunte, 29). Este es nuestro anuncio
común de Cristo, que debe "llegar a las personas, modelar las comunidades e
incidir profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la
sociedad y en la cultura" (ib.).
4. Precisamente en la sociedad y en la cultura es donde debemos mostrar respeto
a la dignidad del hombre, del emigrante y del refugiado. A este propósito, insto
una vez más a los Estados a adherirse a la Convención internacional para la
protección de los derechos de los trabajadores emigrantes y sus familias, que
entró en vigor el 1 de julio de este año. Del mismo modo, invito a los Estados a
respetar los tratados internacionales que atañen a los refugiados. Esta
protección de la persona humana debe garantizarse en toda sociedad civil y deben
asumirla todos los cristianos.
5. A la vez que expreso mi gratitud por el trabajo del Consejo pontificio para
la pastoral de los emigrantes e itinerantes, y por el apoyo de todos los que
colaboran con él, comparto con vosotros estas reflexiones y os aliento en
vuestras deliberaciones de estos cinco días. A vosotros y a todos los que han
sido encomendados a vuestra asistencia particular, imparto mi bendición
apostólica como prenda de fortaleza y paz en nuestro Señor Jesucristo.
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