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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA XXV ASAMBLEA PLENARIA DEL
CONSEJO PONTIFICIO "COR UNUM"
Viernes 21 de noviembre de 2003
Venerados hermanos en el episcopado; queridos hermanos y hermanas:
1. Con gran placer os recibo hoy a vosotros, miembros del Consejo pontificio "Cor
unum", que habéis venido a Roma para la asamblea plenaria de vuestro dicasterio.
Os saludo de corazón a todos. Saludo, en particular, a monseñor Paul Josef
Cordes, al que deseo dirigir una palabra de agradecimiento cordial por las
expresiones de homenaje que acaba de dirigirme.
El amor a Dios y a los hermanos es manifestación directa de la fidelidad de la
Iglesia a su Señor, que "se entregó por nosotros" (Ef 5, 2). Del corazón
abierto de Jesús crucificado nació la Iglesia, la cual, consiguientemente, se
siente comprometida a comunicar al mundo el amor que ha recibido de él. Lo
comunica también a los hombres de nuestro tiempo, sobre todo a los pobres y a
cuantos se encuentran en cualquier tipo de necesidad. Esta, queridos miembros
del Consejo pontificio "Cor unum", es la tarea que el Papa os encomienda, para
que sostengáis a tantos hermanos y hermanas que se encuentran en dificultades,
haciéndoles experimentar la ternura divina y la cercanía amorosa del Sucesor de
Pedro.
2. La Iglesia está al servicio del hombre en sus diversas y concretas
necesidades materiales y espirituales. Puesto que "el hombre es el camino de la
Iglesia", como escribí en la encíclica
Redemptor hominis precisamente al
inicio de mi pontificado (cf. n. 14), la atención que se le debe prestar nos
impulsa a considerar en profundidad el anhelo de plenitud de vida que está en su
corazón.
Muestra bien esta exigencia el tema -"La dimensión religiosa en nuestra
actividad caritativa"- que habéis elegido para vuestro encuentro. En efecto,
pone de relieve que, al llevar ayuda a quien está hambriento, enfermo, solo, al
que sufre, no hay que descuidar la íntima aspiración que palpita en toda
criatura humana de encontrar y conocer a Dios. En efecto, todos buscamos
respuestas exhaustivas a los grandes interrogantes de la existencia. Nosotros,
cristianos, sabemos que sólo en Jesús se encuentra la respuesta verdadera y
exhaustiva a las numerosas inquietudes del alma humana.
Por eso la Iglesia no se limita a satisfacer únicamente las expectativas
materiales de quien atraviesa dificultades; no agota su acción caritativa en la
construcción de estructuras y obras filantrópicas, por muy meritorias que sean.
Se esfuerza, además, por dar una respuesta a las preguntas existenciales más
recónditas, aunque no estén expresadas claramente. Y con sencillez y prudencia
pastoral no duda en testimoniar a Cristo, que revela el rostro tierno y
misericordioso de Dios Padre.
3. Amadísimos miembros del Consejo pontificio "Cor unum", os estoy sinceramente
agradecido por el trabajo que realizáis diariamente y por la ayuda que dais a la
Santa Sede. Las reflexiones de estos días os impulsan a poner de relieve el
significado y el valor evangélico de la diaconía de la caridad, que la Iglesia
ejerce a través de sus instituciones benéficas y testimonia con la entrega de
tantas personas.
No faltan ejemplos luminosos de este servicio de amor a Dios y al prójimo.
Señalo a todos a Teresa de Calcuta, a quien pude acompañar personalmente durante
muchos años y a la que recientemente he tenido la alegría de inscribir en el
catálogo de los beatos. Que desde el cielo interceda por vosotros y haga que
vuestro trabajo sea fructífero. Vele siempre sobre vosotros María santísima,
Madre de misericordia y consuelo de los afligidos.
Con estos sentimientos, os imparto de corazón la propiciadora bendición
apostólica a cada uno de vosotros y a las actividades que el Consejo pontificio
"Cor unum" realiza con generoso empeño.
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