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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DEL II CONGRESO AMERICANO MISIONERO

 

Al Señor Cardenal Rodolfo Quezada Toruño
Arzobispo de Guatemala
Presidente del II Congreso Americano Misionero

1.  El II Congreso Americano Misionero, que se celebra en la Ciudad de Guatemala bajo el lema "Iglesia en América, tu vida es misión", me ofrece la oportunidad de saludar con gran afecto a todos los presentes y evocar con viva gratitud vuestra calurosa acogida recibida, como peregrino del amor y de la esperanza, en mi último viaje a ese continente, durante el cual tuve el gozo de canonizar al Hermano Pedro de San José de Betancurt.

La canonización de este extraordinario misionero fue, en cierto modo, como el preludio del presente Congreso. Su poderosa intercesión y el testimonio de su santidad os guiarán en esa Asamblea, de la cual la Iglesia universal aguarda con expectación una abundante cosecha de fe, de santidad y de generosidad misionera.

Ante todo, deseo saludar al Señor Cardenal Rodolfo Quezada Toruño, Arzobispo de Guatemala, y a los numerosos hermanos en el Episcopado que se encuentran en este "Cenáculo" misionero continental. Dirijo también mi afectuoso saludo a cuantos han colaborado en la preparación del Congreso y a cada uno de los participantes en el mismo: sacerdotes, religiosos y religiosas, fieles laicos, especialmente jóvenes y niños. Mi Enviado Especial, el Señor Cardenal Crescenzio Sepe, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, lleva el testimonio de mi cercanía espiritual y de mi interés por este importante evento.

Pienso de manera particular en vosotros que habéis recibido el llamado del Señor a anunciarlo ad gentes, vocación de entrega y de santidad que os lleva a servir a todos los hombres y a todos los pueblos de la tierra. "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: «ya reina tu Dios»!" (Is 52,7).

2.  La historia de la Evangelización del continente americano, queridos hermanos y hermanas, muestra la íntima relación entre santidad y misión. Considerando desde una perspectiva histórica dicha obra misionera, es realmente grato comprobar el gran impacto del Evangelio y la vivencia cristiana de las primeras comunidades, así como el testimonio de los numerosos misioneros santos que de ellas surgieron.

Desde el inicio de la evangelización y a lo largo de su interesante historia, el Espíritu del Señor ha suscitado en esas benditas tierras hermosos frutos de santidad en hombres y mujeres que, fieles al mandato misionero del Señor, han entregado su propia vida al anuncio del mensaje cristiano, incluso en circunstancias y condiciones heroicas. En la base de este maravilloso dinamismo misionero estaba, sin duda, su santidad personal y también la de sus comunidades. Un renovado impulso de la misión ad gentes, en América y desde América, exige también hoy misioneros santos y comunidades eclesiales santas.

El llamado a la misión está unido a la vocación a la santidad, la cual es "un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia" (Redemptoris missio, 90). Ante dicho llamado universal, debemos tomar conciencia de nuestra propia responsabilidad en la difusión del Evangelio. A este respecto, la cooperación en la misión ad gentes ha de ser signo de una fe madura y de una vida cristiana capaz de producir frutos, de modo que las Iglesias particulares más necesitadas reciban un impulso humano y espiritual que las ayude a caminar con sus Pastores.

Para ello "no basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo «anhelo de santidad» entre aquéllos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros" (ibíd).

3. Después de mis viajes pastorales a diferentes naciones -donde el Evangelio en algunas de ellas apenas ha sido anunciado-, he llegado a la íntima convicción de que la humanidad aguarda, cada vez con mayor anhelo, "la plena manifestación de los hijos de Dios" (Rm 8,19). En efecto, tantas personas desean encontrar el misterio de santidad y de comunión que es fundamental en la Iglesia y es también epifanía de "aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32)" (Novo millennio ineunte, 42).

Millones de hombres y mujeres que no conocen a Cristo, o tan sólo lo conocen superficialmente, viven a la espera -a veces no consciente- de descubrir la verdad sobre el hombre y sobre Dios, sobre la vía que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. Para esta humanidad que anhela o que siente nostalgia de la belleza de Cristo, de su luz clara y serena que resplandece sobre la faz de la tierra, el anuncio de la Buena Noticia es una tarea vital e inderogable.

Este Congreso está orientado hacia dicha tarea. Responded, pues, con prontitud al llamado del Señor. ¡Manifestad el deseo de ser testigos gozosos y apóstoles entusiastas del Evangelio hasta los últimos confines de la tierra, mediante el testimonio de una vida santa!

4.  Después de la gozosa experiencia del Gran Jubileo del año 2000, he indicado la vía de la santidad como fundamento sobre el cual debería basarse la programación pastoral de cada Iglesia particular. Se trata de "proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria" (Novo millennio ineunte, 31). Esto, queridos hermanos y hermanas, exige una adecuada y paciente pedagogía pastoral -una pedagogía de la santidad- que debe distinguirse por la primacía que se ha de dar a la persona de Jesucristo, a la escucha y anuncio de su Palabra, a la participación plena y activa en los sacramentos, y al cultivo de la oración como encuentro personal con el Señor.

Toda actividad pastoral debe centrarse en la iniciación cristiana y en la formación que, ayudando a madurar y reforzar la fe de quienes ya se acercaron a ella y atrayendo a los que todavía están alejados, representan la mayor garantía para que las Iglesias particulares de América desarrollen una eficaz obra de cooperación y animación misionera. Ésta debe ser, en efecto, el "elemento primordial de su pastoral ordinaria" (Redemptoris missio, 83).

5.  Alentado por el Espíritu Santo y por el testimonio del creciente número de misioneros ad gentes procedentes de vuestros Países, deseo renovar ante esa gran Asamblea -signo de unidad de todos los pueblos del continente- lo que ya decía en la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America, dirigiéndome a vuestras comunidades cristianas: "Las Iglesias particulares del continente están llamadas a extender su impulso evangelizador más allá de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las inmensas riquezas de su patrimonio cristiano. Han de llevarlo al mundo entero y comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen. Se trata de muchos millones de hombres y mujeres que, sin la fe, padecen la más grave de las pobrezas. Ante esta pobreza sería erróneo no favorecer una actividad evangelizadora fuera del Continente con el pretexto de que todavía queda mucho por hacer en América o en la espera de llegar antes a una situación, en el fondo utópica, de plena realización de la Iglesia en América" (n. 74).

Grande es la responsabilidad de vuestras Iglesias particulares en la obra de evangelización del mundo contemporáneo. Grande es el fruto que ellas podrán dar en esta nueva primavera misionera "si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo" (Redemptoris missio, 92).

Amadísimos hermanos y hermanas, es para mí motivo de profunda alegría saber que vuestro Congreso, para el cual os habéis preparado comunitariamente durante el Año Santo Misionero, acogerá dicho llamado y sabrá dar respuestas concretas y eficaces al mandato evangélico de la misión, que es vida para la Iglesia en América.

Como en los anteriores Congresos Misioneros, pido al Señor que os conceda vivir una intensa experiencia de comunión y que la Virgen María de Guadalupe, Madre y evangelizadora de América, "ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquéllos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres" (ibíd. 92), os acompañe con su ternura y os proteja con su poderosa intercesión.

Al alentaros a todos y cada uno de vosotros a vivir en la propia Iglesia particular en espíritu de comunión y servicio, os renuevo mi invitación a llevar a cabo el mandato misionero en el mundo de hoy, a la vez que os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, 25 de octubre de 2003.

IOANNES PAULUS PP. II

    

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