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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA ASOCIACIÓN
RELIGIOSA DE INSTITUTOS SOCIO-SANITARIOS ITALIANOS
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me complace enviaros un mensaje con ocasión del 40° aniversario de fundación
de la Asociación religiosa de institutos socio-sanitarios (ARIS). Al saludar con
afecto a cada uno de los presentes, quiero llegar, por medio de vosotros, a
todos los miembros de esa benemérita asociación, que da una valiosa contribución
a la renovación profesional y espiritual del mundo de la sanidad.
Os exhorto a proseguir con competencia y entrega en el servicio al enfermo. Que
el Señor, dador de todo bien, siga acompañándoos y bendiciéndoos como ha hecho
durante los cuarenta años transcurridos.
2. En estos días, que cierran el Año litúrgico, los creyentes se sienten
impulsados de modo natural a dirigir la mirada a las realidades últimas, cuando
el Señor, en el juicio final, nos pregunte si y cómo hemos amado, acogido y
servido al prójimo necesitado (cf. Mt 25, 31-46). Para prepararse a ese
encuentro decisivo es necesario comprometerse diariamente a buscar y contemplar
en nuestros hermanos el rostro de Jesús, único Salvador del mundo. Podemos
reconocer, especialmente en los enfermos y en los que sufren, el rostro
sufriente de Cristo, que en la cruz nos reveló el amor misericordioso del Padre;
amor redentor, que ha sanado definitivamente a la humanidad herida por el
pecado.
A la luz de estas perennes verdades de fe, ¡cuán importante se revela vuestra
misión junto a los enfermos! Haced que el apostolado de la misericordia, al que
os dedicáis, se convierta en auténtica diaconía de caridad, que, en el tiempo y
en el espacio, haga visible y casi tangible la ternura del corazón de Dios.
3. Muy a menudo, a quien vive en situaciones de profundo dolor y pena le resulta
difícil comprender el sentido y el significado de la existencia. Es importante
entonces que junto a él haya alguien que, como el buen samaritano, lo sostenga y
lo acompañe. Personas como la madre Teresa, recientemente beatificada,
testimonian de modo sencillo y concreto la caridad y la compasión del Señor por
los marginados, los que sufren, los enfermos y los moribundos. A la vez que
curan las heridas de su cuerpo, les ayudan a encontrar a Cristo que, al vencer
la muerte, reveló el valor pleno de la vida en cada una de sus etapas y
condiciones.
Amadísimos hermanos y hermanas, ¡jamás dejéis de anunciar el evangelio del
sufrimiento! Testimoniad con vuestro servicio la fuerza redentora del amor
divino.
4. Aprovecho de buen grado esta oportunidad para manifestaros mi aprecio por la
obra generosa que vuestra asociación realiza en muchos países, y especialmente
en los territorios de misión. Ayudáis a las Iglesias jóvenes a gestionar
estructuras de acogida para enfermos y personas que sufren, y a preparar
cualificados agentes sanitarios y pastorales.
Es justo que esa provechosa colaboración entre comunidades eclesiales del norte
y del sur del mundo se intensifique cada vez más, para que en todas las partes
del mundo, sobre todo donde es más profunda la crisis de valores religiosos y
morales, los creyentes estén preparados para dar razón de su fe.
Con estos sentimientos, os renuevo a todos la expresión de mi gratitud por
cuanto estáis haciendo. Os aseguro mi oración y os imparto de corazón la
bendición apostólica, que extiendo de buen grado a las respectivas familias
religiosas y a los numerosos enfermos internados en las estructuras de la ARIS.
Vaticano, 24 de noviembre de 2003
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