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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II AL PRIMER GRUPO DE OBISPOS DE FRANCIA EN
VISITA "AD LIMINA"
Viernes 28 de noviembre de 2003
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Me alegra daros la bienvenida, obispos de las provincias de Cambray y Reims.
Inauguráis la serie de encuentros que tendré con los pastores de la Iglesia en
Francia, y me complace tener la ocasión de reunirme, en las próximas semanas,
con todos los obispos de la Conferencia episcopal. Recuerdo con emoción mi viaje
a vuestra región y la
Jornada mundial de la juventud, que acabáis de
evocar. Movilizó a muchísimos jóvenes y, como decís vosotros, y como ponen de
relieve vuestras relaciones y, de manera regular, vuestros boletines diocesanos,
dio un nuevo impulso a los jóvenes católicos de vuestro país. Quiero dirigir un
saludo en particular a los tres obispos nombrados recientemente. Agradezco a
monseñor Thierry Jordan, arzobispo de Reims, que se ha hecho vuestro intérprete,
sus palabras que han manifestado vuestro affectio collegialis, vuestro
celo apostólico y vuestra esperanza, y la felicitación que me ha expresado con
ocasión de mis veinticinco años de pontificado. Soy particularmente sensible a
la perspectiva con la que realizáis vuestra visita ad limina, que es un
tiempo fuerte en la vida espiritual y en la misión de un obispo, y una hermosa
experiencia de comunión entre pastores.
2. En el mundo actual, como mostráis en vuestras relaciones quinquenales,
vuestra misión ha llegado a ser, sin duda alguna, más compleja y delicada, sobre
todo a causa de la situación de crisis que seguís afrontando, marcada en gran
parte por la fragilidad espiritual y pastoral, y por un clima social en el que
los valores cristianos y la imagen misma de la Iglesia no se perciben de manera
positiva en una sociedad donde reina frecuentemente una tendencia moral
subjetivista y laxista. Además, experimentáis una notable disminución del clero
y de las personas consagradas. Sin embargo, cualesquiera que sean vuestras
circunstancias apostólicas, a fin de que la esperanza de Cristo no cese de
habitar en vosotros y guíe vuestro ministerio, os exhorto, como recordé en la
Pastores gregis, recogiendo lo que habían destacado los obispos durante la
asamblea sinodal, a permanecer atentos a vuestra vida espiritual,
arraigando vuestro ministerio en una fuerte relación con Cristo, en la
meditación prolongada de la Escritura y en una intensa vida sacramental. Así
podréis transmitir a los fieles el deseo de vivir en unión íntima con Dios, para
que fortalezcan su fe, y para que juntos podáis proponer la fe a vuestros
compatriotas, con el espíritu de los documentos que habéis elaborado sobre el
anuncio del Evangelio. En efecto, toda misión se funda en este vínculo
privilegiado con el Salvador, puesto que, como dice el Apóstol, en toda
circunstancia es Dios quien da el crecimiento (cf. 1 Co 3, 6). Desde los
orígenes de la Iglesia, los Apóstoles eran conscientes del peligro que corrían
ante las preguntas que podían hacerles en su ministerio. También se preocupaban
de recordar cuán importante era para ellos "dedicarse a la oración y al
ministerio de la Palabra" (Hch 6, 4), a fin de mantenerse en una fe
firme, siendo capaces de permanecer vigilantes y afrontar todos los desafíos que
se plantean en el anuncio de la verdad y en las relaciones entre las personas (cf.
san Gregorio Magno, Homilía sobre Ezequiel, I, 11, 4-6). En toda vida
cristiana, como recordé en la
Novo millennio ineunte (cf. n. 39), y con
mayor razón en la misión apostólica, son fundamentales la unión con Cristo y la
escucha asidua de la Palabra, especialmente mediante la lectio divina,
que permite asimilar la palabra de Dios y plasmar la existencia.
3. En la vida y en la misión de los obispos, la colaboración fraterna y
la solicitud por la comunión son esenciales para manifestar la unidad de todo el
Cuerpo eclesial. En efecto, como dice el apóstol san Pablo, "siendo sinceros en
el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo
el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que
llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes,
realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor" (Ef
4, 15-16). Por eso, la cohesión cada vez mayor del colegio apostólico redunda en
el crecimiento de todo el Cuerpo de la Iglesia. Conozco vuestra preocupación por
realizar lo mejor posible vuestro ministerio episcopal, según su naturaleza
propia, cuidando de la grey, y según la naturaleza misma del misterio de la
Iglesia. A este propósito, en este año en que festejamos el quincuagésimo
aniversario de la obra maestra del cardenal Henry de Lubac, Meditación sobre
la Iglesia, me complace evocar ante todo, juntamente con vosotros, el
misterio de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en cuyo seno vosotros, en calidad de
sucesores de los Apóstoles, estáis llamados a gobernar, enseñar y santificar al
pueblo cristiano, como recordé en la reciente exhortación apostólica postsinodal
Pastores gregis (cf. n. 5). Hoy es más importante que nunca ayudar a los
fieles a descubrir el sentido y la grandeza del misterio de la Iglesia de
Cristo, ampliamente desarrollados en la constitución
Lumen gentium,
que exigiría un estudio más profundo. Este misterio remite al misterio de la
Eucaristía, pues la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la
Eucaristía (cf. Ecclesia de Eucharistia, 26). La Iglesia es convocada y
congregada por Cristo, que le comunica su vida y le dona el Espíritu Santo. Al
participar en el sacrificio eucarístico, memorial del sacrificio de la cruz, los
cristianos reciben al Salvador realmente presente, para ser configurados a su
Señor y para vivir, por él, en la comunión fraterna, unidos a sus pastores, que
representan a Cristo, cabeza y jefe de la grey. Sin un conocimiento serio y
profundo del misterio de la Iglesia, que remite siempre a Cristo, es evidente
que no se puede captar el sentido de los ministerios ordenados y, más
generalmente, de la estructura de la Iglesia; gracias a esos ministerios, la
Iglesia puede anunciar, a ejemplo de los Apóstoles, el Evangelio hasta los
confines de la tierra (cf. Mc 16, 15). Así pues, os exhorto a proseguir
mediante catequesis adaptadas, juntamente con todas las personas que tienen
competencia en la materia, la formación del pueblo de Dios sobre la naturaleza
divina de la Iglesia, que forma intrínsecamente parte del misterio cristiano,
como lo proclamamos en el Credo: "Creo en la Iglesia, una, santa, católica y
apostólica", así como sobre el sentido del ministerio episcopal. Esto
contribuirá a una mayor unidad de las diferentes comunidades diocesanas.
Alimentados por esta contemplación del misterio de la Iglesia, los fieles se
fortalecerán en su amor a Cristo y a su Cuerpo místico, y comprenderán lo que
deben ser para participar de manera más plena en la nueva evangelización.
En efecto, para ser evangelizador, es necesario preocuparse por construir la
Iglesia según la voluntad del Señor y las inspiraciones del Espíritu Santo, y
querer ser hijo de la Iglesia, en la que, como decía con entusiasmo santa Teresa
de Lisieux, cada uno está llamado a encontrar su vocación, para la gloria de
Dios y la salvación del mundo. Asimismo, esto supone que cada uno tome
conciencia de que, a su modo, personalmente, en la familia y en la comunidad, es
imagen de la Iglesia a los ojos del mundo. Entonces los fieles, profundamente
arraigados en Cristo, se comprometerán para toda la vida a ser testigos de la
buena nueva de la salvación, yendo en busca de la oveja perdida; serán
mensajeros y artífices de unidad, para construir un mundo reconciliado (cf.
Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14-15; 29. 31).
4. Para manifestar mejor y de manera más profunda la colegialidad episcopal, y
para realizar un trabajo pastoral cada vez más eficaz y aumentar la colaboración
necesaria, habéis aceptado valientemente, después de reflexionar, llevar a cabo
cierto número de cambios, entre los cuales figura la reestructuración de las
provincias eclesiásticas, volviendo a la antigua forma de relaciones entre las
diócesis, que favoreció a lo largo de los siglos una intensa vida de
colaboración entre los obispos, en particular en los ámbitos doctrinal y
pastoral, como testimonian los concilios y los sínodos provinciales. Basta
evocar los concilios provinciales del siglo IV y la figura de san Cesáreo de
Arlés, cuya importancia para la enseñanza teológica conocemos. Esta referencia a
la historia no puede menos de suscitar, en los pastores y en las comunidades, el
deseo de hacer vivir hoy la Iglesia de Cristo mediante un compromiso renovado.
Por vuestra parte, la disminución del número de sacerdotes y de las fuerzas
vivas supondrá sin duda que, sin menoscabo de la responsabilidad propia de cada
obispo, las diócesis de una misma provincia puedan unirse y realizar servicios
comunes, principalmente en la catequesis, en la formación permanente del clero y
de los laicos, así como en todo lo que concierne a las vocaciones, evitando de
este modo la dispersión y suscitando dinamismos nuevos. La menor dimensión de
las nuevas provincias eclesiásticas con respecto a las antiguas regiones
apostólicas será ahora para vosotros una ocasión particularmente oportuna para
un trabajo colegial más intenso en un conjunto pastoral relativamente unificado.
Deseo vivamente que esto refuerce vuestros vínculos de comunión fraterna, os
ayude y os sostenga en vuestra vida personal y en vuestra misión.
Los obispos están llamados a dar sin cesar un testimonio fuerte de la
comunión apostólica, entre sí y con todo el colegio episcopal en torno al
Sucesor de Pedro, trabajando con gran confianza mutua, procurando no hacer nada
que pueda romper esa comunión, y tratando de no dar una imagen negativa a los
fieles, y más en general al mundo, sin perjuicio de la potestad propia de cada
obispo en el territorio diocesano y de la potestad suprema del Romano Pontífice
(cf.
Pastores gregis, 56). Con su acción, sus palabras y sus decisiones,
cada obispo compromete, en cierta manera, a todo el cuerpo episcopal y a toda la
Iglesia; la unidad de la Iglesia radica en la unidad del Episcopado, y la
Iglesia diocesana, en torno a su pastor, es la imagen de la Iglesia, una y
unida, ya que todas las "Iglesias particulares están formadas a imagen de la
Iglesia universal" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 833; cf.
Lumen gentium, 23). De igual modo, en cada comunidad eclesial unida a su
pastor, por pequeña que sea, está presente la Iglesia de Cristo, y encuentra en
esta última su origen y la fuente de su apostolado. Sin embargo, conviene
subrayar que la comunión no está en contradicción con la legítima diversidad,
que permite a cada Iglesia diocesana tener un rostro propio, en función de los
pastores y de las comunidades que la componen. Sería perjudicial que el
ejercicio de la comunión se convirtiera en un obstáculo para el dinamismo de las
diferentes comunidades locales y, en cierta manera, estuviera en contradicción
con el sentido mismo de la comunión (cf.
Ecclesia in Europa, 18).
Como pone de relieve la constitución dogmática
Lumen gentium, "en virtud
de esta catolicidad, cada grupo aporta sus dones a los demás y a toda la
Iglesia, de manera que el conjunto y cada una de sus partes se enriquecen con el
compartir mutuo y con la búsqueda de plenitud en la unidad. (...) Además, dentro
de la comunión eclesial, existen legítimamente las Iglesias particulares con sus
propias tradiciones, sin quitar nada al primado de la Sede de Pedro. Esta
preside toda la comunidad de amor, defiende las diferencias legítimas y al mismo
tiempo se preocupa de que las particularidades no sólo no perjudiquen a la
unidad, sino que más bien la favorezcan" (n. 13). De ahí nacen vínculos de
íntima comunión.
5. La misión apostólica del obispo es, ante todo, el anuncio del Evangelio,
que nos impulsa a decir, como san Pablo, "¡ay de mí si no predicara el
Evangelio!" (1 Co 9, 16), comunicando al mundo la verdad, de la que la
Iglesia es depositaria. Va acompañada de la misión de guiar y santificar al
pueblo de Dios, a ejemplo del buen Pastor, y de edificar así la porción de la
Iglesia encomendada a todo obispo, imagen del único Cuerpo de Cristo. Al obispo
corresponde tener una solicitud muy particular por su Iglesia local, cumpliendo
lo mejor posible su misión de gobierno, asistido en ello por los colaboradores
que ha elegido. Cuanto más pequeño y frágil sea el pueblo, y cuanto menos
numerosos sean los sacerdotes, tanto más indispensable es que el obispo se
preocupe por gobernar la grey puesta bajo su cuidado, procurando no alejarse de
ella demasiado tiempo, visitando las diferentes comunidades, escuchándolas y
animándolas. Para concentrarse bien en esta misión y comprometer todas las
fuerzas vivas en la misión, vuestra Conferencia está planeando actualmente una
reestructuración de los organismos que la componen. Me complace esta decisión
unánime, que demuestra que los obispos son conscientes de que los cambios que se
producen en la sociedad y en la Iglesia requieren nuevos modos de colaboración y
de funcionamiento, para que las estructuras estén verdaderamente a su servicio y
al servicio de la misión en todas sus formas. La renovación de las estructuras,
aunque a veces sea dolorosa para algunas personas, resulta necesaria
periódicamente, a fin de evitar formas de esclerosis y eventuales bloqueos en el
dinamismo pastoral y en la búsqueda eclesial. A este propósito, felicito a los
sacerdotes y a los laicos que aceptan humildemente colaborar en la vida de la
Iglesia en los organismos nacionales de la Conferencia y que, con su entrega,
testimonian su deseo de servir a Cristo.
6. He querido centrar mi primera intervención en la Iglesia y en la
misión episcopal, con referencia a la reciente exhortación apostólica
postsinodal
Pastores gregis. Durante las visitas de las diferentes
provincias eclesiásticas francesas tendré ocasión de abordar otros temas
mencionados en las relaciones quinquenales que me envían los obispos de vuestra
Conferencia. Al final de nuestro encuentro, os pido que llevéis mi saludo
fraterno y mi aliento confiado a los sacerdotes y a los diáconos, que, como
habéis subrayado, cumplen con fidelidad y generosidad su misión y se sienten
responsables del anuncio del Evangelio y de la edificación de la Iglesia. Transmitid a todos vuestros diocesanos, sobre todo a las personas y a las
familias que han experimentado las dificultades vinculadas a la situación
económica de vuestra región, mi saludo afectuoso, asegurándoles mi ferviente
oración. Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, patrona de vuestro
país, Madre de la Iglesia y "espejo de la Iglesia", como la solía llamar el
padre De Lubac, os imparto de todo corazón a vosotros, así como a todos vuestros
diocesanos, la bendición apostólica.
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