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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A SU SANTIDAD BARTOLOMÉ I, PATRIARCA ECUMÉNICO

 

A Su Santidad
BARTOLOMÉ I
Arzobispo de Constantinopla
Patriarca ecuménico


Después de acoger con sentimientos de alegría a la delegación que Su Santidad envió a Roma para la fiesta de san Pedro y san Pablo, con la misma alegría participo hoy, mediante este mensaje, en la fiesta del apóstol san Andrés, patrono de la Iglesia que está en Constantinopla, y me uno a su oración. Estas fiestas patronales nos permiten vivir mejor la alegría de ser hermanos y compartir una misma comunión de intenciones y una única esperanza; son también un signo de nuestro deseo de unidad y comunión plena, que es necesario alentar y perseguir para que aparezca claramente al mundo, a nuestros fieles y a todas las personas que trabajan y oran por la comunión del Oriente y del Occidente cristianos. Desde el comienzo de su institución, comprendimos la importancia de la participación recíproca en estas fiestas patronales, puesto que es la expresión más acabada de nuestro deseo mutuo de volver a crear entre nosotros un contexto de amor y de participación en la oración de unos y otros, a fin de alimentar y profundizar nuestro deseo de comunión plena.

El pasado 16 de octubre fue para mí una jornada que viví con una intensidad espiritual particular. Encomendé al Señor los veinticinco años que han transcurrido desde mi elevación a la Sede de Pedro. Desde la celebración de este aniversario, he repasado de nuevo con el pensamiento los numerosos acontecimientos que han marcado mi compromiso para que la única Iglesia de Cristo pueda respirar más ampliamente con sus dos pulmones; para que las Iglesias de Occidente y de Oriente, que durante un milenio supieron crecer juntas y articular sus grandes tradiciones vitales, avancen cada vez más hacia la comunión plena que las circunstancias históricas del segundo milenio habían minado (cf. Saludo del Patriarca Dimitrios I, 29 de noviembre de 1979:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de diciembre de 1979, p. 9).

Recuerdo el encuentro celebrado en Jerusalén, durante el concilio Vaticano II, entre mi predecesor el Papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras. Inauguraron el diálogo de la caridad, que ha llevado al diálogo de la verdad. Recuerdo mi visita a El Fanar, poco después de mi elección, y la visita a Roma de su predecesor, de feliz memoria, el patriarca Dimitrios. Son numerosos los momentos que recuerdo con gratitud al Señor, así como los gestos que han puesto de relieve nuestro deseo de comunión desde que, por la gracia de Dios, Roma y Constantinopla se comprometieron a seguir por el mismo camino y, ante el Concilio reunido, llevaron a cabo el acto con el cual se levantaron las excomuniones de 1054. Dentro de poco celebraremos el 40° aniversario de aquel acontecimiento, símbolo y garantía de nuestro compromiso y de nuestras decisiones.

Al evocar el camino recorrido, recuerdo con emoción las ocasiones de nuestros encuentros, en particular su visita a Roma en 1995, para la fiesta de san Pedro y san Pablo, cuando proclamamos juntos, en la basílica de San Pedro, el símbolo de la fe en la lengua litúrgica de Oriente, y cuando bendijimos juntos a los fieles, desde el balcón de la basílica. Y, más recientemente, cuando Su Santidad se unió a mí, en Asís, para implorar el don de la paz sobre un mundo amenazado por el odio y que cada vez busca más a Dios. Todo esto muestra la continuidad de nuestro compromiso y nos permite encomendarnos con confianza al Señor. Dios ha sido bueno con nosotros; en efecto, durante todos estos años, nuestros vínculos han manifestado el espíritu de familia que nos une y que, a pesar de las dificultades, nos hace avanzar hacia la meta que nos fijó Cristo y que nuestros predecesores se dedicaron a delinear con vigor.

Podemos decir que vivimos bajo el signo de la cruz y con la esperanza de la Pascua. Abrigamos la confianza de que el Señor lleve a cabo la obra de restablecimiento de la unidad que él inspiró. Por su parte, la Iglesia de Roma mantendrá la decisión irreversible del concilio Vaticano II, que abrazó esta causa y este deber. En la liturgia romana, nos unimos cada día a la oración de Cristo que, en la víspera de su muerte, pidió a su Padre la unidad de sus discípulos. Estamos seguros de que el Señor nos dará un día, cuando él quiera, la alegría de volver a encontrarnos en la comunión plena y en la unidad visible que quiere para su santa Iglesia.

Querido hermano, su eminencia el cardenal Walter Kasper intercambiará con usted el beso de la paz al final de la liturgia que usted preside hoy en la iglesia patriarcal de San Jorge. Sepa que es el Obispo de Roma quien le da ese beso con sentimientos de gratitud por el camino que usted ha aceptado recorrer con él hasta el presente. Pido al Señor que bendiga su ministerio en favor de la Iglesia de Constantinopla y a todas las santas Iglesias ortodoxas, para que puedan crecer y prosperar, en la proclamación de Aquel que es santo y derrama en abundancia sobre nosotros sus dones de santidad, sabiduría y paz.

Vaticano, 26 de noviembre de 2003

 

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