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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL FINAL DEL CONGRESO CON OCASIÓN
DE SU XXV ANIVERSARIO DE PONTIFICADO
Sábado 18 de
octubre de 2003
Señor cardenal decano; señores cardenales y patriarcas; venerados hermanos en el
episcopado:
1. He escuchado con gran atención vuestro mensaje, leído por el decano del
Colegio cardenalicio, señor cardenal Joseph Ratzinger. Con gratitud acojo el
deferente saludo y la cordial felicitación que ha querido dirigirme en nombre de
todos los presentes.
Saludo a los señores cardenales, a los venerados patriarcas, a los presidentes
de las Conferencias episcopales y a cuantos han participado en el congreso que
habéis organizado, durante el cual se han examinado algunas líneas doctrinales y
pastorales que han inspirado, en los veinticinco años pasados, la actividad del
Sucesor de Pedro.
A vosotros, en particular, amados hermanos del Colegio cardenalicio, va mi
sincero agradecimiento por la afectuosa cercanía que, no sólo en esta
circunstancia, sino constantemente, me hacéis sentir. También este encuentro es
una elocuente expresión de ello. Hoy se manifiesta de modo aún más visible el
sentido de unidad y colegialidad que debe animar a los sagrados pastores en el
servicio común al pueblo de Dios. ¡Gracias por vuestro testimonio!
2. Haciendo memoria de los cinco lustros transcurridos, recuerdo las numerosas
veces en que me habéis ayudado con vuestro consejo a comprender mejor
importantes cuestiones concernientes a la Iglesia y a la humanidad. No puedo
menos de reconocer que el Señor ha actuado por medio de vosotros al sostener el
servicio que Pedro está llamado a prestar a los creyentes y a todos los hombres.
El hombre de hoy -como usted, señor cardenal decano, ha querido subrayar- se
debate en una intensa búsqueda de valores. También él -según la intuición de san
Agustín- sólo podrá encontrar la paz en el amor a Dios llevado hasta la
disponibilidad a sacrificarse a sí mismo.
Las profundas transformaciones que han tenido lugar en los últimos veinticinco
años interpelan nuestro ministerio de pastores, puestos por Dios como testigos
intrépidos de verdad y de esperanza. Jamás debe decaer la valentía al proclamar
el Evangelio; más aún, hasta el último suspiro debe ser nuestro principal
compromiso, afrontado con entrega siempre renovada.
3. El mandamiento de Cristo es anunciar el único Evangelio con un solo corazón y
una sola alma; esto es lo que nos pide a nosotros, de modo individual y como
Colegio, la Iglesia de hoy y de siempre; esto es lo que espera de nosotros el
hombre contemporáneo.
Por eso, es indispensable cultivar entre nosotros una unidad profunda, que no
se limite a una colegialidad afectiva, sino que se funde en una comunión
doctrinal plena y se traduzca en un armonioso entendimiento a nivel operativo.
¿Cómo podríamos ser auténticos maestros para la humanidad y apóstoles creíbles
de la nueva evangelización, si dejáramos entrar en nuestro corazón la cizaña de
la división? El hombre de hoy necesita a Cristo y su palabra de salvación. En
efecto, sólo el Señor sabe dar respuestas verdaderas a las inquietudes y a los
interrogantes de nuestros contemporáneos. Él nos ha enviado al mundo como
Colegio único e indiviso, que debe dar testimonio, con voz concorde, de su
persona, de su palabra y de su misterio. ¡Está en juego nuestra credibilidad!
Cuanto más sepamos hacer resplandecer el rostro de la Iglesia que ama a los
pobres, que es sencilla y defiende a los más débiles, tanto
más eficaz será nuestra obra. Un ejemplo emblemático de esta actitud evangélica
nos lo da la madre
Teresa de Calcuta, a la que mañana tendré la alegría de
inscribir en el catálogo de los beatos.
4. Vosotros, señores cardenales, que de un modo particular pertenecéis a la
venerada Iglesia de Roma, al provenir de todos los continentes podéis ser un
valioso apoyo para el Sucesor de Pedro en el cumplimiento de su misión. Con
vuestro ministerio, con la sabiduría adquirida en las culturas a las que
pertenecéis y con el ardor de vuestra consagración, formáis una digna corona que
embellece el rostro de la Esposa de Cristo. También por esta razón, se os pide
un esfuerzo constante de fidelidad más plena a Dios y a su Iglesia. En efecto,
la santidad es el secreto de la evangelización y de toda auténtica renovación
pastoral.
A la vez que os aseguro mi recuerdo en la oración por cada uno de vosotros, os
pido que sigáis rezando por mí, para que pueda cumplir fielmente mi servicio a
la Iglesia hasta que el Señor quiera. Que nos acompañe y proteja María, Madre de
la Iglesia, e interceda por nosotros el evangelista san Lucas, cuya fiesta
celebramos hoy.
Con estos sentimientos, de corazón imparto a todos una especial bendición
apostólica.
* * * * * * *
MENSAJE DEL COLEGIO
CARDENALICIO
Santo Padre:
El Colegio cardenalicio se ha reunido para dar gracias al Señor y a usted por
los veinticinco años de fecundo trabajo como Sucesor de san Pedro, que en estos
días sentimos el deber de recordar. Durante este arco de tiempo, la barca de la
Iglesia con frecuencia ha navegado contra el viento y con mar agitado. El mar de
la historia se encuentra agitado por contrastes entre ricos y pobres, entre
pueblos y culturas, entre las posibilidades abiertas por las capacidades humanas
y el peligro de la autodestrucción del hombre precisamente a causa de estas
posibilidades. A veces el cielo se halla cubierto de nubes oscuras que ocultan a
Dios a la mirada del hombre y ponen en tela de juicio la fe. Hoy, más que nunca,
estamos experimentando que la historia del mundo -según la interpretación que
dio san Agustín- es una lucha entre dos formas de amor: el amor a sí mismos
hasta el desprecio de Dios, y el amor a Dios hasta la disponibilidad a
sacrificarse a sí mismos por Dios y por el prójimo. Y a pesar de que los signos
de la presunción del hombre, de su alejamiento de Dios, se sienten y perciben
más que los testimonios de amor, gracias a Dios precisamente hoy vemos que la
luz de Dios no se ha apagado en la historia: el gran número de santos y beatos
que usted, Santo Padre, ha elevado al honor de los altares es un signo
elocuente, en el que podemos reconocer con alegría la presencia de Dios en la
historia, el reflejo de su amor en el rostro de los hombres bendecidos por Dios.
En este arco de tiempo, Vuestra Santidad, constantemente confortado por la
presencia amorosa de la Madre de Jesús, nos ha guiado con la alegría de la fe,
con la intrépida valentía de la esperanza y con el entusiasmo del amor. Ha hecho
que podamos ver la luz de Dios a pesar de todas las nubes y que no prevalezca la
debilidad de nuestra fe, que nos impulsa demasiado fácilmente a exclamar:
"Sálvanos, Señor, que perecemos" (Mt 8, 25). Por este servicio le damos
las gracias hoy de todo corazón. Como peregrino del Evangelio, usted, al igual
que los Apóstoles, se ha puesto en camino y ha cruzado los continentes para
llevar el anuncio de Cristo, el anuncio del reino de Dios, el anuncio del
perdón, del amor y de la paz.
Incansablemente, a tiempo y a destiempo, ha anunciado el Evangelio y, a
su luz, ha recordado a todos los valores humanos fundamentales: el respeto de
la dignidad del hombre, la defensa de la vida, la promoción de la justicia y de
la paz. Sobre todo, ha salido al encuentro de los jóvenes, contagiándolos con el
fuego de su fe, con su amor a Cristo y su disponibilidad a dedicarse a él en
cuerpo y alma.
Se ha preocupado de los enfermos y de los que sufren, y ha lanzado un apremiante
llamamiento al mundo para que los bienes de la tierra se repartan con equidad y
para que los pobres tengan justicia y amor. Ha entendido el mandamiento de la
unidad que dio el Señor a sus discípulos como un mandato dirigido personalmente
a usted, hasta el punto de que ha hecho todo lo posible para que los creyentes
en Cristo sean uno, de modo que en el milagro de la unidad, que los hombres no
pueden crear, se reconozca el poder benévolo de Dios mismo.
Usted ha salido al encuentro de los hombres de otras religiones para despertar
en todos el deseo de la paz y la disponibilidad a ser instrumento de paz. Así,
más allá de todas las barreras y de todas las divisiones, usted ha sido para
toda la humanidad un gran mensajero de paz. Nunca ha dejado de apelar a la
conciencia de los poderosos y de confortar a los que son víctimas de la falta de
paz en este mundo. De ese modo, usted ha obedecido al Señor, que dejó a los
suyos la promesa: "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14, 27).
Precisamente al salir al encuentro de los demás, usted nunca ha tenido la menor
duda de que Cristo es el amor de Dios encarnado, el Hijo único y el Salvador de
todos. Para usted, anunciar a Cristo no implica imponer a nadie algo ajeno, sino
comunicar a todos aquello que en el fondo todos anhelan: el amor eterno que el
corazón de cada hombre espera secretamente.
"El Redentor del hombre es el centro del cosmos y de la historia": estas
palabras, con las que comienza su primera encíclica, han sido como un toque de
trompeta que ha invitado a una renovación religiosa, volviendo a centrar todo en
Cristo. Padre Santo, el Colegio cardenalicio, al final de este congreso, en el
que sólo ha recordado algunos aspectos de los veinticinco años de su pontificado
transcurridos hasta ahora, desea unánimemente reafirmar su filial adhesión a su
persona, y su fiel y total acatamiento de su elevado magisterio de pastor de la
Iglesia universal.
"La alegría del Señor es vuestra fortaleza" (Ne 8, 10), dijo el sacerdote
Esdras al pueblo de Israel en un momento difícil. Usted, Santo Padre, ha vuelto
a suscitar en nosotros esta alegría del Señor. Le damos las gracias por ello.
Que el Señor le conceda siempre su alegría.
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