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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE INGLATERRA Y GALES
EN VISITA "AD LIMINA"


Jueves 23 de octubre de 2003

 

Eminencia;
queridos hermanos en el episcopado: 


1. "Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro" (1 Tm 1, 2). Con estas palabras de saludo, os doy cordialmente la bienvenida a vosotros, obispos de Inglaterra y Gales. Agradezco al cardenal Murphy-O'Connor los buenos deseos y los amables sentimientos que me ha expresado en vuestro nombre. Correspondiendo cordialmente, os aseguro mis oraciones por vosotros y por aquellos que están encomendados a vuestra solicitud pastoral. Al "venir a ver a Pedro" (Ga 1, 18) fortalecéis en la fe, en la esperanza y en la caridad vuestros vínculos de comunión con el Obispo de Roma. Vuestra primera visita ad limina Apostolorum de este nuevo milenio es una ocasión para afirmar vuestro compromiso  de hacer que el rostro de Cristo  sea  cada  vez más visible en la Iglesia y  en la sociedad a través de un testimonio  coherente  del Evangelio, que es Jesucristo  mismo (cf.  Ecclesia in Europa, 6).
Vida de santidad

2. Inglaterra y Gales, a pesar de poseer una rica herencia cristiana, hoy afrontan el avance invasor del secularismo. En la raíz de esta situación está el intento de promover una visión de la humanidad separada de Dios y alejada de Cristo. Es una mentalidad que exagera el individualismo, rompe el nexo esencial entre libertad y verdad y, en consecuencia, destruye los vínculos mutuos que definen la vida social. Esta pérdida del sentido de Dios se experimenta a menudo como "abandono del hombre" (ib., 9). La desintegración social, las amenazas contra la vida familiar y los espectros siniestros de la intolerancia racial y la guerra, dejan a muchos hombres y mujeres, y especialmente a los jóvenes, desorientados y a veces también sin esperanza. Por tanto, no sólo la Iglesia afronta los efectos inquietantes del secularismo, sino también la vida civil.

Jesucristo, vivo en su Iglesia, nos permite superar la perplejidad de nuestro tiempo. Como obispos estamos llamados a permanecer vigilantes en nuestro deber de proclamar con clara y apasionada certeza que Jesucristo es la fuente de esperanza, una esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5). Los fieles de Inglaterra y Gales os miran con grandes expectativas, esperando que anunciéis y enseñéis el Evangelio que disipa la oscuridad e ilumina el camino de la vida. El anuncio diario del Evangelio y una vida de santidad son la vocación de la Iglesia en todo tiempo y lugar.
Este mandato, que manifiesta la identidad más profunda de la Iglesia, requiere la mayor solicitud. Los fenómenos del secularismo y la indiferencia religiosa generalizada, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y las graves dificultades que experimentan los padres en su intento de catequizar a sus hijos, atestiguan la apremiante necesidad de que los obispos cumplan su misión  fundamental de ser heraldos auténticos  y autorizados de la Palabra (cf. Pastores gregis, 29). Para lograrlo, los obispos, llamados por Cristo a ser maestros de la verdad, "deben impulsar y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia" (Lumen gentium, 23). Mediante su fidelidad al magisterio ordinario de la Iglesia, su estricta observancia de la disciplina de la Iglesia universal y sus declaraciones positivas que instruyen con claridad a los fieles, el obispo preserva al pueblo de Dios de desviaciones y defecciones, y le garantiza la posibilidad objetiva de profesar sin error la auténtica fe (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 890).

3. Queridos hermanos en el episcopado, vuestras relaciones indican con claridad que habéis considerado seriamente mi profunda convicción de que el nuevo milenio exige un "renovado impulso en la vida cristiana" (Novo millennio ineunte, 29). Si la Iglesia quiere saciar la sed que tienen los hombres y las mujeres de valores verdaderos y auténticos sobre los que puedan construir su vida, no hay que escatimar ningún esfuerzo con vistas a encontrar iniciativas pastorales eficaces para dar a conocer a Jesucristo.

En medio de impulsos recurrentes de división, sospecha y hostilidad, el gran desafío que afrontáis consiste en hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión (cf. ib., 43), reconociendo que ella es "como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Lumen gentium, 4). Por ello, es muy importante que los programas de formación catequística y religiosa que habéis introducido ayuden a los fieles a seguir profundizando en la comprensión y el amor de Cristo y de su Iglesia. La auténtica pedagogía de la oración, la catequesis convincente sobre el significado de la liturgia y la importancia de la Eucaristía dominical, y la promoción de la práctica frecuente del sacramento de la reconciliación (cf. Congregación para el clero:  instrucción El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, n. 27), contribuirán en gran medida a alcanzar este objetivo pastoral e infundir en el corazón de vuestro pueblo la alegría y la paz que derivan de la participación en la vida y en la misión de la Iglesia.

4. El papel del ministerio sacerdotal es fundamental para el éxito de vuestros programas de renovación pastoral. La Iglesia necesita sacerdotes humildes y santos, cuyo camino diario de conversión estimule a todo el pueblo de Dios a  la santidad a la que está llamado (cf. Lumen gentium, 9). El sacerdote, arraigado firmemente en una relación personal de profunda comunión y amistad con Jesús, el buen Pastor, no sólo encontrará la santificación para sí mismo, sino que también se convertirá en un modelo de santidad para el pueblo al que está llamado a servir. Asegurad a vuestros sacerdotes que los fieles cristianos, y la sociedad en general, dependen de ellos y los aprecian mucho. A este respecto, confío en que les mostréis vuestro afecto especial, acompañándolos como padres y hermanos a lo largo de todas las etapas de su vida ministerial (cf. Pastores gregis, 47).

De igual modo, los sacerdotes religiosos, los religiosos y las religiosas necesitan ser alentados en su esfuerzo por enriquecer la comunión eclesial mediante su colaboración y su ministerio en vuestras diócesis. La vida consagrada, como don para la Iglesia, está en su mismo corazón, manifestando la profunda belleza de la vocación cristiana al amor desinteresado y dispuesto al sacrificio. Vuestros recientes esfuerzos por promover una "cultura de la vocación" se convertirán ciertamente en un signo positivo del tesoro de los diversos estados de la vida eclesial, que existen juntos "para que el mundo crea" (Jn 17, 21).

Como prioridad en vuestra respuesta a la llamada a la nueva evangelización, me alegra conocer vuestros decididos esfuerzos por infundir nueva energía al ministerio de los jóvenes. El crecimiento de grupos como "Juventud 2000" y el desarrollo de programas de capellanías universitarias muestran el deseo de muchos jóvenes de participar en la vida de la Iglesia. Como ministros de esperanza, los obispos deben construir el futuro junto con aquellos a quienes está encomendado el futuro (cf. Pastores gregis, 53). Ofrecedles una formación cristiana integral y estimuladlos a seguir a Cristo. Descubriréis que su entusiasmo y su generosidad son precisamente lo que se necesita para promover un espíritu de renovación, no sólo entre ellos, sino también en toda la comunidad cristiana.

5. La evangelización de la cultura es un aspecto central de la nueva evangelización, porque "el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande:  el misterio de Dios" (Centesimus annus, 24). Como obispos, tratáis justamente de encontrar modos de lograr que la verdad de Cristo sea tenida en la debida consideración en el ámbito público. A este respecto, reconozco la gran contribución de vuestras cartas pastorales y declaraciones sobre cuestiones de interés para vuestra sociedad. Os animo a seguir asegurando que esas declaraciones expresen de forma plena y clara la totalidad de la enseñanza del magisterio de la Iglesia. De particular importancia es la necesidad de sostener la unicidad del matrimonio como unión para toda la vida entre un hombre y una mujer, en la que, como marido y mujer, participan en la amorosa obra creadora de Dios. Equiparar al matrimonio otras formas de convivencia oscurece la santidad del matrimonio y viola su profundo valor en el plan de Dios para la humanidad (cf. Familiaris consortio, 3).

Sin duda, uno de los factores principales en la formación de la cultura actual son los medios de comunicación social. El requisito moral fundamental de toda comunicación es que respete y sirva a la verdad. Vuestros esfuerzos por ayudar a quienes trabajan en este campo a ejercer sus responsabilidades son encomiables. Aunque esos esfuerzos a veces puedan encontrar resistencia, os aliento a colaborar con los hombres y mujeres de los medios de comunicación. Invitadlos a unirse a vosotros para derribar las barreras de la desconfianza y tratar de reunir a los pueblos en la comprensión y el respeto.

6. Por último, en el contexto de la evangelización de la cultura, deseo expresar mi aprecio por la importante contribución de vuestras escuelas católicas, tanto en el enriquecimiento de la fe de la comunidad católica como en la promoción de la excelencia en la vida cívica en general. Reconociendo los profundos cambios que afectan al mundo de la educación, animo a los maestros, laicos y religiosos, en su misión primaria de asegurar que los bautizados "sean cada vez más conscientes del don de la fe que han recibido" (Gravissimum educationis, 2). Aunque la educación religiosa, el centro de toda escuela católica, es hoy un desafío y un apostolado arduo, hay también muchos signos del deseo de los jóvenes de conocer la fe y practicarla con vigor. Para que aumente este despertar de la fe, hacen falta maestros que comprendan con claridad y precisión la naturaleza específica y el papel de la educación católica. Esta debe articularse en todos los niveles, para que nuestros jóvenes y sus familias experimenten la armonía entre la fe, la vida y la cultura (cf. Congregación para la educación católica, Las personas consagradas y su misión en la escuela, 6). A este respecto deseo hacer un llamamiento especial a vuestros religiosos para que no abandonen el apostolado escolar (cf. Pastores gregis, 53) sino que, al contrario, renueven su compromiso de servir también en las escuelas situadas en las áreas más pobres. En los lugares donde existen muchas cosas que alejan a los jóvenes del camino de la verdad y de la libertad auténtica, el testimonio de los consejos evangélicos por parte de la persona consagrada es un don insustituible.

7. Queridos hermanos en el episcopado, con afecto fraterno comparto estas reflexiones con vosotros y os aseguro mis oraciones mientras tratáis de hacer cada vez más reconocible el rostro de Cristo en vuestras comunidades. El mensaje de esperanza que anunciáis suscitará nuevo fervor y un renovado compromiso de vida cristiana. Unidos en nuestro amor al Señor e inspirándonos en el ejemplo de la madre Teresa de Calcuta, beatificada recientemente, prosigamos con esperanza. Con estos sentimientos, os encomiendo a María, Estrella de la nueva evangelización, para que os sostenga en la prudencia pastoral, os refuerce en la entereza e infunda en vuestro corazón amor y compasión. A vosotros, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis, imparto cordialmente mi bendición apostólica.

 

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