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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II A UN CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE SOLOVIEV CELEBRADO EN LVOV (UCRANIA)
Al señor cardenal
LUBOMYR HUSAR
Arzobispo mayor de Lvov de los ucranios
1. He tenido noticia, con profunda alegría, de la celebración de un congreso
internacional que la Universidad católica ucraniana, en colaboración con la
Sociedad Soloviev de Ginebra y otras instituciones culturales de Ucrania, ha
organizado con ocasión del 150° aniversario del nacimiento de Vladimir
Sergevitch Soloviev.
En esta feliz circunstancia deseo enviar, por medio de usted, venerado hermano,
a los organizadores de ese congreso, a los relatores y a los participantes, mi
saludo cordial y mi aliento para esa iniciativa, destinada a profundizar el
pensamiento de uno de los más grandes filósofos rusos cristianos de los siglos
XIX y XX.
Ese acontecimiento, que reúne en Lvov a personas de cultura oriental y
occidental, les permitirá confrontar sus reflexiones sobre la verdad del único
Evangelio de Cristo y constatar la posible fecundidad recíproca, confirmando que
la Iglesia necesita respirar con sus dos pulmones: las tradiciones oriental y
occidental. Por tanto, a la dimensión propiamente cultural se une un innegable
aspecto ecuménico, muy importante en el contexto eclesial contemporáneo.
2. Una de las principales aspiraciones de Vladimir Soloviev, que conocía bien la
oración que Cristo dirigió a su Padre durante la última Cena (cf. Jn 17,
20-23), era la unidad de la Iglesia. Formado desde su más tierna infancia en la
profunda espiritualidad ortodoxa, vivió diferentes períodos culturales, durante
los cuales pudo familiarizarse con el pensamiento filosófico occidental. Pero,
defraudado por las respuestas incompletas que la reflexión humana daba a los
interrogantes que atormentaban su corazón, en 1872 volvió a la fe cristiana de
su infancia.
Su pensamiento, apoyado en la sabiduría de Dios y en los fundamentos
espirituales de la vida, así como sus intuiciones concernientes a la filosofía
moral y al sentido de la historia humana, han influido en el rico florecimiento
del pensamiento ruso contemporáneo, y han repercutido igualmente en la cultura
europea, favoreciendo un diálogo fecundo y enriquecedor sobre algunas cuestiones
fundamentales de la teología y la espiritualidad.
Soloviev cultivó, sobre todo a partir de los años de su madurez, el ardiente
deseo de que las Iglesias entraran igualmente en una perspectiva de encuentro y
comunión, aportando cada una los tesoros de su tradición, pero sintiéndose
mutuamente responsables de la unidad sustancial de la fe y de la disciplina
eclesial. Para alcanzar ese objetivo, tan deseado por el gran pensador ruso, la
Iglesia católica se ha comprometido, de manera irreversible, en todos los
niveles.
3. El tema del congreso, "Vladimir Soloviev, Rusia y la Iglesia universal",
refleja bien la preocupación de fondo de este gran autor. El estudio de su
pensamiento sobre la naturaleza universal de la Iglesia de Cristo pondrá una vez
más de relieve el deber de las comunidades cristianas de Oriente y de
Occidente: ponerse a la escucha de la voluntad de Cristo sobre la unidad de sus
discípulos. Soloviev estaba convencido de que únicamente en la Iglesia de Cristo
la humanidad podría llegar a una convivencia plenamente solidaria.
Ojalá que el redescubrimiento de los tesoros de su pensamiento favorezca una
mejor comprensión entre Oriente y Occidente y, en especial, apresure el paso de
todos los cristianos hacia la unidad plena en la única grey de Cristo (cf. Jn
10, 16).
A la vez que expreso mis mejores deseos de éxito para ese congreso
internacional, invoco la intercesión de la santísima Madre del Salvador y envío
una afectuosa bendición apostólica, fuente de abundantes dones celestiales, a
usted, a los demás cardenales, a los diferentes relatores y a todas las personas
que, de diversos modos, participen en ese encuentro.
Vaticano, 28 de octubre de 2003, fiesta de los Apóstoles San Simón y San Judas
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