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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL TERCER GRUPO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
DE FILIPINAS EN VISITA "AD LIMINA"


Jueves 30 de octubre de 2003

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. Con gran alegría os doy la bienvenida a vosotros, tercer grupo de obispos de Filipinas, al concluir esta serie de visitas ad limina. Saludo en particular al arzobispo Diosdado Talamayan, y le agradezco los buenos deseos que me ha expresado en nombre de las provincias eclesiásticas de Manila, Lingayen-Dagupan, Nueva Segovia, San Fernando, Tuguegarao y el Ordinariato militar. Doy gracias a Dios todopoderoso porque durante los últimos meses he tenido la alegría de encontrarme con casi todos los obispos de vuestro país, que es la tierra de mayor presencia católica en Asia y una de las comunidades católicas más vibrantes del mundo. Estas visitas no sólo han reforzado el vínculo existente entre nosotros, sino que también nos han brindado una oportunidad única para considerar más detenidamente los logros alcanzados y los desafíos que aún afronta la Iglesia en Filipinas. A este respecto, deseo elogiaros a todos por vuestro eficaz trabajo en la Consulta pastoral nacional. Sois bien conscientes de que realizar un plan de tal amplitud no es tarea fácil, pero también sabéis que no estáis solos en esta empresa, pues como "pastores de la grey del Señor", podéis contar con una especial gracia divina al desempeñar vuestro ministerio episcopal (cf. Pastores gregis, 1).

Habiendo tratado ya sobre los temas relacionados con la Iglesia de los pobres y la comunidad de discípulos del Señor, deseo reflexionar ahora sobre el compromiso de una "nueva evangelización integral".

2. Cristo, al despedirse de los que amaba, les mandó anunciar el Evangelio a todas las gentes y en todos los lugares (cf. Mc 16, 15). El compromiso de la Iglesia en Filipinas de dedicarse a una nueva evangelización integral demuestra su deseo de asegurar que la fe y los valores cristianos impregnen todos los aspectos de la sociedad. Vuestra Declaración sobre la visión y misión describe así la evangelización:  "Emprenderemos una nueva evangelización integral y testimoniaremos el evangelio de salvación y liberación de Jesucristo con nuestras palabras, nuestras obras y nuestra vida". Esta descripción de la "nueva evangelización" reconoce claramente que el testimonio es un elemento esencial de este proceso. El mundo actual se ve constantemente bombardeado con palabras e informaciones. Por esta razón, y tal vez más que en cualquier otro período de la historia reciente, lo que los cristianos hacen habla con más elocuencia que lo que dicen. Quizá por esta razón la vida de la madre Teresa de Calcuta habla a tantos corazones. Ella puso en práctica lo que oyó, comunicando el amor de Cristo a todos los que encontraba, reconociendo siempre que lo que importa "no es cuánto hacemos, sino cuánto amor ponemos en lo que hacemos". En efecto, "el hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías". Por tanto, el testimonio amoroso de vida cristiana será siempre "la primera e insustituible forma de la misión" (Redemptoris missio, 42).

3. Los hombres y las mujeres de hoy desean tener modelos de auténtico testimonio del Evangelio. Anhelan asemejarse más a Cristo, y esto resulta evidente en los numerosos modos como los católicos filipinos expresan su fe. Un ejemplo del compromiso de llevar a Cristo a los demás se encuentra en el desarrollo de los programas de asistencia social de la Iglesia destinados a los pobres y a los marginados, tanto a nivel nacional como local. Esta dedicación a la proclamación de la buena nueva es evidente también en el uso eficaz que hacéis de los medios de comunicación social para aumentar la sensibilidad moral y suscitar un mayor interés por las cuestiones sociales. A pesar de estos notables logros, persisten aún varios obstáculos, como la participación de algunos católicos en sectas que fomentan sólo supersticiones; la falta de familiaridad con las enseñanzas de la Iglesia; la aprobación, por parte de algunos, de actitudes contrarias a la vida, que incluyen la promoción activa del control de la natalidad, el aborto y la pena de muerte; y, como ya dije en mi último discurso a los obispos filipinos, la persistente dicotomía entre fe y vida (cf. Actas y discursos de la Consulta pastoral nacional para la renovación de la Iglesia NPCCR, enero de 2001, p. 146).

Un modo adecuado de afrontar esas cuestiones es vuestro compromiso de animar y desarrollar la misión ad gentes. Jesús, el "principal evangelizador", invitó a los Apóstoles a seguir sus pasos, convirtiéndose en sus "enviados" personales. Como sus sucesores, tenéis el deber sagrado de asegurar que quienes os asisten en vuestro ministerio pastoral estén preparados para llevar el mensaje de Cristo al mundo (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 858-859). Podéis certificar esta preparación garantizando que se brinden a los filipinos suficientes oportunidades de escuchar la palabra de Dios, de orar y contemplar, de celebrar el misterio de Jesús en los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y de ver ejemplos de "verdadera comunión de vida e integridad del amor" (Ecclesia in Asia, 23). Reafirmo, una vez más, que "cuanto más fundada esté la comunidad cristiana en la experiencia de Dios que brota de una fe vivida, tanto más capaz será de anunciar de modo creíble a los demás la realización del reino de Dios en Jesucristo" (ib.).
 
4. Los acontecimientos de los últimos años en Filipinas han puesto de manifiesto la necesidad urgente de una evangelización integral en todos los sectores de la sociedad, especialmente en las esferas de gobierno y política pública. Como cristianos y ciudadanos del mundo preocupados, no podemos ignorar "el vicio de la corrupción, que socava el desarrollo social y político de tantos pueblos" (Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1998, n. 5:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de diciembre de 1997, p. 7). A este respecto, debe quedar claro que ninguna función de servicio público puede tomarse como propiedad privada o como un privilegio personal. Considerar un cargo público como un beneficio lleva necesariamente al favoritismo, el cual, a su vez, conduce al abuso y a la malversación de fondos públicos, al soborno, al cohecho, a la venta de favores y a la corrupción (cf. Actas y discursos de la NPCCR, enero de 2001, p. 120).

La gente en Filipinas es consciente de que denunciar públicamente la corrupción requiere gran valentía. Eliminar la corrupción exige el apoyo decidido de todos los ciudadanos, la firme determinación de las autoridades y una fuerte conciencia moral. En este ámbito, la Iglesia desempeña un papel muy importante, ya que es el agente principal para formar adecuadamente la conciencia de las personas. Su función, por lo general, no debería ser la de intervenir de forma directa en cuestiones estrictamente políticas, sino, más bien, convertir a las personas y evangelizar la cultura, para que la sociedad misma asuma la tarea de promover la transformación social y desarrollar un profundo sentido de transparencia en el gobierno y de rechazo de la corrupción (cf. Apostolicam actuositatem, 7, y el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1998, 5).

5. Un modo de asegurar que una sociedad se comprometa activa y fielmente en la evangelización integral es dar cuanto antes a los jóvenes una formación adecuada en su camino de fe y de vida. Mi presencia en la Jornada mundial de la juventud de 1995, en Manila, me permitió ser testigo directo del entusiasmo que los jóvenes pueden sentir por Cristo y por su Iglesia. El número de jóvenes que están implicados en la vida parroquial pone de manifiesto este deseo que tienen de conocer mejor su fe. Felicito a la Iglesia en Filipinas por todo lo que ha hecho para ofrecer una adecuada asistencia pastoral a la juventud. Muchas de vuestras diócesis ofrecen campamentos de verano, retiros, misas frecuentes para la juventud y centros para la formación de los jóvenes. Es impresionante el modo como vuestras comunidades locales escuchan las preocupaciones y las sugerencias de los jóvenes, permitiéndoles desempeñar un papel activo en la Iglesia (cf. Ecclesia in Asia, 47).

Al mismo tiempo, existen aún obstáculos para la evangelización entre los jóvenes. En algunas familias los padres no animan a sus hijos a participar en las actividades organizadas por la Iglesia. El potencial de los jóvenes está amenazado por el analfabetismo, el deseo de bienes materiales, una actitud superficial con respecto a la sexualidad humana y la tentación del abuso de drogas y alcohol. Habéis expresado vuestra preocupación por los numerosos jóvenes que han abandonado la Iglesia católica y se han pasado a sectas fundamentalistas, muchas de las cuales dan mayor importancia a las riquezas materiales que a las espirituales. Pido a Dios que, en respuesta a estas preocupaciones, sigáis comprometiéndoos en favor de los jóvenes, especialmente de los que corren mayor peligro, facilitándoles el acceso a la educación católica y a las actividades juveniles organizadas por la Iglesia, y ayudándoles a comprender mejor que sólo Cristo tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 63).

6. Por último, queridos hermanos en el episcopado, os pido que sigáis estimulando al clero y a los religiosos que dedican mucho tiempo y energías a desarrollar modos creativos y eficaces de anunciar el mensaje salvífico de Cristo. Aseguradles que su papel único de heraldos del Evangelio es esencial para el éxito de la evangelización integral. A este respecto, deseo expresar mi gratitud a los misioneros y a los religiosos del pasado, que llevaron a Jesús al pueblo filipino, así como a los que siguen dando a conocer su presencia hoy. Damos gracias a Dios porque, como afirmó el concilio Vaticano II, "el Señor llama siempre de entre sus discípulos a los que quiere (...) para enviarlos a predicar a las gentes" (Ad gentes, 23). Espero que todos los fieles de la Iglesia sigan impulsando a los muchachos y muchachas a responder a la llamada a esta "vocación especial", según el modelo de los Apóstoles (cf. Redemptoris missio, 65).

7. Queridos hermanos en el episcopado, pido a Dios que, al volver a vuestras Iglesias locales, os fortalezca en vuestro compromiso de una nueva evangelización integral, en vuestros esfuerzos por "presentar a Aquel que inaugura una nueva era de la historia y proclamar al mundo la buena noticia de una salvación integral y universal, que contiene en sí la prenda de un mundo nuevo, donde el dolor y la injusticia dará paso a la alegría y a la belleza" (Pastores gregis, 65). Encomendándoos a vosotros, al clero, a los religiosos y a los fieles laicos de Filipinas a la protección de María, Madre de la Iglesia, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.

 

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