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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II CON OCASI ÓN
DEL CENTENARIO DE LA MUERTE DE LEÓN XIII
Venerados hermanos; ilustres señores y amables señoras:
1. Muy oportunamente el Comité pontificio de ciencias históricas ha querido
recordar el centenario de la muerte del Papa León XIII, de venerada memoria. En
efecto, este ilustre predecesor mío no se limitó a fundar la Comisión
cardenalicia para la promoción de los estudios históricos, de la que surgió el
actual Comité pontificio de ciencias históricas, sino que también dio un impulso
eficaz a las ciencias históricas mediante la apertura del Archivo secreto
vaticano y de la Biblioteca apostólica vaticana a los investigadores.
Por tanto, me alegra esta iniciativa y os saludo de buen grado a cada uno de
vosotros, que durante estos días habéis querido rendir homenaje a la memoria de
un Pontífice tan clarividente, poniendo de relieve sus méritos en particular en
el campo de las disciplinas históricas.
2. Como es sabido, la influencia de León XIII se extendió eficazmente a los
diversos ámbitos de la acción pastoral y del compromiso cultural de la Iglesia.
En ocasiones anteriores ya he hablado varias veces sobre algunos de ellos.
Pienso, por ejemplo, en la atención que el Papa Pecci prestó a los problemas
emergentes en el campo social durante la segunda mitad del siglo XIX, atención
que expresó de modo especial en la carta encíclica
Rerum novarum. A este tema de la doctrina social de la Iglesia dediqué,
a mi vez, la encíclica
Centesimus annus,
con amplias referencias a aquel documento fundamental (cf. nn. 4-11).
Conviene recordar, además, el fuerte impulso que León XIII dio a la renovación
de los estudios filosóficos y teológicos, en particular con la publicación de la
carta encíclica
Aeterni Patris, con la que contribuyó también de modo significativo al
desarrollo del neotomismo. Precisamente a este aspecto particular de su
magisterio me referí en la encíclica
Fides et ratio
(cf. nn. 57-58).
Por último, no hay que olvidar su profunda devoción mariana y su sensibilidad
pastoral por las formas tradicionales de piedad popular hacia la Virgen
santísima, en particular por el rosario. Lo subrayé en la reciente carta
apostólica
Rosarium Virginis Mariae, en la que recordé su encíclica Supremi
apostolatus officio y sus otras numerosas intervenciones sobre esta oración,
que recomendó "como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad"
(n. 2).
3. Sin perder de vista este amplio contexto teológico, cultural y pastoral en el
que se desarrolló la acción del Papa León XIII, el actual Congreso me brinda la
grata oportunidad de considerar la influencia de ese gran Pontífice en el ámbito
de los estudios históricos.
Como León XIII, también yo estoy personalmente convencido de que conviene a la
Iglesia iluminar, en la medida que sea posible, mediante los instrumentos de las
ciencias, la verdad plena sobre sus dos mil años de historia.
Ciertamente, a los historiadores no sólo se les pide que apliquen
escrupulosamente todos los instrumentos de la metodología histórica, sino
también que presten una atención consciente a la ética científica, que debe
distinguir siempre sus investigaciones. En su conocido documento Saepenumero
considerantes, León XIII dirigió a los estudiosos de la historia una famosa
advertencia de Cicerón: "Primam esse historiae legem ne quid falsi dicere
audeat, deinde ne quid veri non audeat; ne qua suspicio gratiae sit in scribendo,
ne qua simultatis" (Leonis XIII Acta, III, 268).
Estas palabras de gran sabiduría impulsan al historiador a no ser ni acusador ni
juez del pasado, sino a esforzarse pacientemente por comprenderlo todo con la
máxima penetración y amplitud, para delinear un cuadro histórico lo más fiel
posible a la verdad de los hechos.
4. Varias veces, durante estos años, he puesto de relieve la necesidad de la
"purificación de la memoria" como premisa indispensable para un orden
internacional de paz (cf., por ejemplo, el
Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1997, n. 3).
Quienes investigan sobre las raíces de los conflictos existentes en diversas
partes del planeta descubren que incluso en la actualidad siguen
experimentándose las consecuencias funestas de hechos que se remontan a los
siglos pasados. A menudo -y esto hace que la situación sea más compleja- esos
recuerdos "contaminados" se han convertido incluso en puntos de cristalización
de la identidad nacional y, en algunos casos, también de la religiosa. Por eso,
es preciso renunciar a cualquier instrumentalización de la verdad. El amor de
los historiadores a su propio pueblo, a su propia comunidad, incluso religiosa,
no debe entrar en competición con el rigor de la verdad elaborada
científicamente. A partir de aquí comienza el proceso de purificación de la
memoria.
5. La invitación a respetar la verdad histórica no supone, obviamente, que el
estudioso abdique de su orientación o abandone su identidad. De él se espera
sólo la disponibilidad a comprender y la renuncia a expresar un juicio
apresurado o, incluso, partidista.
En efecto, en el estudio de la historia no se pueden aplicar automáticamente al
pasado criterios y valores adquiridos sólo después de un proceso secular. Por el
contrario, es importante esforzarse ante todo por remontarse al contexto
sociocultural de la época, para comprender lo que sucedió a partir de las
motivaciones, las circunstancias y las consecuencias del período analizado. Los
acontecimientos históricos son el resultado de tramas complejas entre la
libertad humana y los condicionamientos personales y estructurales. Es preciso
tener presente todo esto cuando se quiere "purificar la memoria".
6. De estas reflexiones, ilustres señores y amables señoras, deriva con claridad
que es necesario, en primer lugar, reconciliarse con el pasado, antes de
comenzar un proceso de reconciliación con otras personas o comunidades. Este
esfuerzo de purificar la propia memoria implica tanto para las personas como
para los pueblos el reconocimiento de los errores efectivamente cometidos y por
los que es justo pedir perdón: "No se puede permanecer prisioneros del
pasado", advertí en el Mensaje citado (n. 3: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 20 de diciembre de 1996, p. 10). Esto exige a veces
mucha valentía y abnegación. Pero es el único camino por el que los grupos
sociales y las naciones, liberados del lastre de antiguos resentimientos, pueden
unir sus fuerzas con fraterna y recíproca lealtad, para crear un futuro mejor
para todos.
Ojalá que esto suceda siempre. Este es el deseo que confirmo con un recuerdo
particular en la oración. Al renovaros a cada uno mi vivo agradecimiento por el
servicio que prestáis a la Iglesia, os expreso mis mejores deseos en el Señor y
os bendigo de corazón a todos.
Vaticano, 28 de octubre de 2003
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