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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
AL XVII ENCUENTRO INTERNACIONAL DE ORACIÓN POR LA PAZ,
CELEBRADO EN AQUISGRÁN (ALEMANIA)

 

 

Al venerado hermano
Cardenal ROGER ETCHEGARAY
Presidente emérito
del Consejo pontificio Justicia y paz

1. Me alegra particularmente enviar a través de usted, señor cardenal, mi saludo personal a los ilustres representantes de las Iglesias y comunidades cristianas y de las grandes religiones mundiales, los cuales se reúnen para el XVII Encuentro internacional de oración por la paz, que tiene por tema:  "Entre guerra y paz, las religiones y las culturas se encuentran". Deseo saludar en especial al obispo de Aquisgrán, monseñor Heinrich Mussinghoff, y a los fieles de la diócesis, que han colaborado en la realización de ese encuentro.

Cuando, en 1986, quise iniciar en Asís el camino del que el encuentro de Aquisgrán es una etapa ulterior, el mundo todavía estaba dividido en dos bloques y oprimido por el miedo a una guerra nuclear. Al ver la urgente necesidad que tenían los pueblos de volver a soñar con un futuro de paz y prosperidad para todos, invité a los creyentes de las diversas religiones del mundo a reunirse para orar por la paz. Tenía ante mis ojos la gran visión del profeta Isaías:  todos los pueblos del mundo en camino desde los diversos puntos de la tierra para congregarse en torno a Dios como una familia única, grande y multiforme. Esta era la visión que tenía en su corazón el beato Juan XXIII y que lo impulsó a escribir la encíclica Pacem in terris, cuyo cuadragésimo aniversario conmemoramos este año.

2. Aquel sueño tomó en Asís una forma concreta y visible, suscitando en los corazones muchas esperanzas de paz. Todos nos alegramos. Por desgracia, ese deseo no fue acogido con la prontitud y la solicitud necesarias. Durante estos años no se han realizado suficientes esfuerzos por defender la paz y sostener el sueño de un mundo sin guerras. Al contrario, se ha preferido el camino de la búsqueda de intereses particulares, derrochando ingentes riquezas para otros fines, sobre todo para gastos militares.

Todos hemos asistido al desarrollo del celo egoísta por los propios confines, por la propia etnia y por la propia nación. A veces incluso la religión se ha doblegado a la violencia. Dentro de pocos días recordaremos el trágico atentado contra las "Torres gemelas" de Nueva York.
Lamentablemente, además de las Torres, parecen haberse derrumbado también muchas esperanzas de paz. Guerras y conflictos siguen prevaleciendo y envenenando la vida de numerosos pueblos, sobre todo de los países más pobres de África, de Asia y de América Latina. Pienso en las decenas de guerras que aún se libran y en esa "guerra" generalizada que es el terrorismo.
 
3. ¿Cuándo cesarán todos los conflictos? ¿Cuándo verán finalmente los pueblos un mundo pacificado? Ciertamente, si se permite que reinen, con inconsciencia culpable, injusticias y disparidades en nuestro planeta, no se facilita el proceso de paz. A menudo, los países pobres se han convertido en lugares de desesperación y focos de violencia. No queremos aceptar que la guerra domine la vida del mundo y de los pueblos. No queremos aceptar que la pobreza sea la compañera constante de la existencia de naciones enteras.

Por eso, nos preguntamos:  ¿qué hemos de hacer? Y, sobre todo, ¿qué pueden hacer los creyentes? ¿Cómo promover la paz en este tiempo plagado de guerras? Pues bien, creo que estos "Encuentros internacionales de oración por la paz", organizados por la Comunidad de San Egidio, ya son una respuesta concreta a esas preguntas. Se realizan ya desde hace diecisiete años y son evidentes también sus frutos de paz. Cada año, personas de religiones diversas se encuentran, se conocen, alivian las tensiones y aprenden a convivir y a tener una responsabilidad común ante la paz.

4. Volverse a encontrar al inicio de este nuevo milenio en Aquisgrán es, una vez más, significativo. Esa ciudad, situada en el corazón del continente europeo, habla claramente de la antigua tradición de Europa:  habla de sus antiguas raíces, comenzando por las cristianas, que han armonizado y consolidado también las demás. Las raíces cristianas no son una memoria de exclusivismo religioso, sino un fundamento de libertad, porque hacen de Europa un crisol de culturas y experiencias diferentes. De esas antiguas raíces los pueblos europeos han tomado el impulso que los ha llevado a tocar los confines de la tierra y alcanzar las profundidades del hombre, de su dignidad inviolable, de la igualdad fundamental de todos y del derecho universal a la justicia y a la paz.

Hoy Europa, al ampliar su proceso de unión, está llamada a recobrar esta energía, recuperando la certeza de sus raíces más profundas. Olvidarlas, no es beneficioso. Presuponerlas simplemente, no basta para estimular el espíritu. Silenciarlas, agosta los corazones. Europa será tanto más fuerte para el presente y para el futuro del mundo cuanto más acuda a las fuentes de sus tradiciones religiosas y culturales. La sabiduría religiosa y humana que Europa ha acumulado a lo largo de los siglos, a pesar de todas las tensiones y las contradicciones que la han acompañado, es un patrimonio que, una vez más, se puede emplear para el crecimiento de toda la humanidad. Estoy convencido de que Europa, arraigada sólidamente en sus raíces, acelerará el proceso de unión interna y dará su contribución indispensable para el progreso y la paz entre todos los pueblos de la tierra.

5. En un mundo dividido, que impulsa cada vez más a separaciones y particularismos, hay urgente necesidad de unidad. Las personas de religión y cultura diversas están llamadas a descubrir el camino del encuentro y del diálogo. Unidad no significa uniformidad. Pero la paz no se construye en la ignorancia mutua, sino con el diálogo y el encuentro. Este es el secreto del Encuentro de Aquisgrán. Al veros, todos pueden decir que por este camino la paz entre los pueblos no es una utopía lejana.

"El nombre del único Dios tiene que ser cada vez más, como ya es de por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz" (Novo millennio ineunte, 55). Por eso, debemos intensificar nuestro encuentro y poner cimientos de paz sólidos y comunes. Estos cimientos desarman a los violentos, los llaman a la razón y al respeto, y cubren el mundo con una red de sentimientos pacíficos.
Con vosotros, amadísimos hermanos y hermanas cristianos, "continuamos con determinación el diálogo" (Ecclesia in Europa, 31):  que este tercer milenio sea el tiempo de la unión en torno al único Señor. No se puede soportar más el escándalo de la división:  es un "no" repetido a Dios y a la paz.

Junto con vosotros, ilustres representantes de las grandes religiones mundiales, queremos intensificar un diálogo de paz:  elevando la mirada al Padre de todos los hombres, reconoceremos que las diferencias no nos llevan al enfrentamiento, sino al respeto, a la colaboración leal y a la construcción de la paz.

Con vosotros, hombres y mujeres de tradición laica, sentimos el deber de continuar en el diálogo y en el amor como únicos caminos para respetar los derechos de cada uno y afrontar los grandes desafíos del nuevo milenio. El mundo necesita paz, mucha paz. La senda que, como creyentes, conocemos para alcanzarla es la oración a Aquel que puede conceder la paz. El camino que todos podemos recorrer es el del diálogo en el amor.

Así pues, con las armas de la oración y del diálogo, caminemos por la senda del futuro.

Castelgandolfo, 5 de septiembre de 2003

 

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